España, más allá de su crisis existencial

La recuperación económica no llega. La clase política acusa un serio desgaste. Los jóvenes quieren trabajo y Cataluña, ser independiente.



Carlos Rojas A. Editor (O) 11 Octubre 2014

Bastó conque la burbuja inmobiliaria estallase y que se acumularan 24 trimestres de crisis económica para que los españoles entraran en una peligrosa etapa de negación de todos los referentes de su nación moderna y consolidada.

La España de los milagros, de finales del siglo XX, requiere más que un diván para salir de la resaca existencial que la acongoja. No solo es la larga espera a que la depresión económica termine: los jóvenes quieren empleo y no verse como una ‘generación perdida’.

No. Hay un severo deterioro de su modelo de convivencia política que en 1978, cuando el franquismo se volvía historia, se convirtió en el paso fundamental hacia la plena integración de España con Europa, en su apremio por reivindicarse como una nación desarrollada.

36 años después, la monarquía, tan importante en aquel simbolismo de unidad y concordia,  acusa un acelerado desgaste. La reciente abdicación del rey Juan Carlos, en cabeza de su hijo Felipe, fue la única opción que le quedaba a una familia señalada por casos de corrupción y excesos, precisamente cuando sus ciudadanos pasan penurias económicas.    

El sistema bipartidista, símbolo de la ponderación, la estabilidad y la alternancia, empieza a abrirle paso a los cantos de sirena de un proyecto populista inspirado en los caudillos sudamericanos. La paradoja es que el modelo ejemplar de democracia y crecimiento económico, que España proyectó al otro lado de su charco, podría reprobar en las urnas de las próximas elecciones.

Dejando a los monarcas y a los políticos a un lado, quizás la más grave de las angustias de la Madre Patria es que su sueño de la unidad dentro de la diversidad acabe en una pesadilla.  El Gobierno español ha recurrido a todos los argumentos legales que están a su mano para detener el proyecto soberanista de los políticos catalanes.

Pero mientras los fallos constitucionales y las leyes hacen su trabajo, el anhelo de una de las comunidades más ricas de España parece haber ganado una sólida convocatoria popular.

¿Qué pasa si Cataluña se va del Reino? La discusión legalista ha copado titulares de prensa y alimenta la eterna hoguera de la política. Y así esta región se vea obligada a posponer su plan nacionalista, como ya ha ocurrido en el pasado, el dilema español no se zanjará.

José Ortega y Gasset, quizás uno de los más grandes ibéricos de todos los tiempos, señaló que una nación “es un proyecto sugestivo de vida común; una unidad de destino”. En palabras más sencillas, es un “programa que tiene mañana”.

Las certezas de ese futuro son lo que, precisamente, se cuestionan los españoles -sus élites, sus capas medias y también sus indignados- todos los días, desde que el milagro de fin de siglo se hizo escarcha.

El statu quo defiende con pasión la unidad española que está redactada en su Constitución, que hace 36 años fue de vanguardia. Lo hacen Felipe González y José María Aznar;  José Luis Rodríguez Zapatero  y Mariano Rajoy; el Rey y la poderosa Iglesia Católica.

Pero si al jurista Ricardo Chamorro le asiste la razón, los cimientos de 1978, ahora, ya no tienen mayor fortaleza. Para él, la Constitución solucionó el aspecto administrativo de la unidad, la paz y la libertad entre sus pueblos. Más de cuatro décadas después del cruento franquismo, esos pueblos tan distintos entre sí quieren más  que el reparto de su riqueza y la expansión de su desarrollo. ‘El café para todos’ terminó, develándose un problema mucho mayor: ese sentido de patria.

Tomás Pérez Vejo, historiador, antropólogo y analista descarnado de diario El País, parte de la premisa de que fracasó el Estado-nación y que ello no se debe a problemas administrativos o de concepción de las leyes, sino “a la incapacidad para conseguir que sus ciudadanos se sientan parte de una misma comunidad nacional”.

La nación no es una cuestión objetiva -señala-, sino que surge de los mitos de pertenencia que se construyen y se renuevan con el tiempo.
Tal vez la Transición de finales de los años 70 construyó en cierta forma aquel mito, dando forma a uno de los países más descentralizados de Europa. El problema es que, a partir de entonces, no hubo esa necesaria renovación. Es posible que España se haya concentrado demasiado en la integración europea. Y que el ‘boom’ económico que acompañó esa agenda haya amortiguado las inquietudes internas.

Hoy, en tiempos de recesión, Pérez Vejo habla del fracaso de la nación central y del despertar de los nacionalismos periféricos como el catalán o el vasco.

Pero también es cierto que esta crisis nacional no es inédita. España la vivió en los días de la Guerra Civil y hace más de cinco siglos, cuando los reinos de la península ibérica estaban dispersos y extenuados por su enfrentamiento con los árabes y el combate de las pestes. La unión de Castilla y Aragón, es decir del centro y la periferia, fue un primer intento exitoso  por consolidar lo que ahora se llama España. Fue un proyecto imperial porque la conquista de América así lo permitió.

Hoy es el Día Nacional de España, un momento propicio para que quienes luchan por la unidad de esta nación hallen el remedio para que la crisis derive apenas en un sobresalto.

El mito, en cuatro momentos

La Transición. En 1975, luego de la muerte de Franco y su dictadura de 40 años, España diseñó un modelo político de consensos bajo la figura del Rey y el bipartidismo.

El modelo autonómico. España se definió como un Estado de naciones. Se diseñaron 17 comunidades autónomas más las dos ciudades africanas de Ceuta y Melilla.

El milagro español. El retorno a la democracia, la integración europea y el desarrollo económico hicieron de España una nación prometedora a las puertas del siglo XXI.

La crisis. En octubre del 2008, la recesión económica se instaló en ese país generando graves consecuencias políticas y sociales. La recuperación ha sido difícil.

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