La bonanza cambió la fachada del altiplano

Les dicen despectivamente cholets (combinación de cholo y chalet), pero son la prueba de que algo cambió en Bolivia



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 11 Octubre 2014

Hoy es un buen día para regresar a ver a Bolivia. Hoy, Evo Morales será reelegido presidente de esa nación (la discusión solo gira en torno a con qué porcentaje lo hará, si con más del 60% o con un poco menos). Hoy, la reivindicación de lo indígena, de lo cholo, como señas de una identidad que cada vez da menos vergüenza –en un país lacerado por siglos por el racismo y el clasismo–, hará sentir su fuerza adueñándose por cinco años más del poder político. Por eso, hoy es un día propicio para avistar una manifestación concreta de esta identidad reconstituida: la Arquitectura Andina de Bolivia.

El Alto, bastión indiscutible de Morales –donde en las elecciones del 2005 y del 2009 ganó con más del 70%–, la segunda ciudad más poblada de Bolivia con aproximadamente 850 000 habitantes, es la cuna de esta propuesta arquitectónica y estética que no deja indiferente a nadie. No falta quien abomine de sus colores fuertes y de sus formas heterodoxas. Pero también están los que la encuentran fascinante, como Elisabetta Andreoli y  Ligia D’Andrea, autoras del libro ‘La arquitectura de Freddy Mamani Silvestre’. que fue publicado en marzo de este año.

La Arquitectura Andina de Bolivia, como su creador, Freddy Mamani Silvestre, prefiere que la llamen (en lugar de arquitectura neoandina, edificios transformer, cohetillos o cholets, como lo hace cotidianamente la gente), es un fenómeno económico y social que ha florecido entre las polvorientas calles de El Alto, a 4 000 metros de altitud.

De “tres o cuatro pisos más altos que la media, estos edificios pertenecen a un solo dueño o familia y son expresión de su éxito económico (con un costo que va desde 250 000 a 600 000 dólares). Además, son unidades de producción de renta: una docena o más de tiendas para alquilar en la planta baja; un gran salón de eventos en el segundo y tercer piso; dos o más apartamentos para alquiler o para los hijos de los dueños en el cuarto y a veces quinto piso; y encima de todo, la vivienda del dueño, de una forma y diseño que rompen con el resto del edificio: es la casa patronal o chalet”. Así describe Andreoli a la arquitectura que ha sido objeto de su estudio, en un artículo publicado en el quincenario boliviano Nueva Crónica.

Aunque en una entrevista vía correo electrónico, Mamani asegura que esta manifestación está relacionada únicamente con un renacer identitario, el también boliviano Sergio Larrea –quien actualmente cursa un posgrado en Estudios de la Cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito– cree que la arquitectura neoandina es la consecuencia lógica del “éxito económico que han tenido algunas élites aymaras en El Alto, que son comerciantes y, además, son el vínculo entre lo rural y lo urbano. Es todo esto lo que, sumado a una revalorización de lo andino y sobre todo de lo aymara, produce esta explosión”.

Freddy Mamani
Freddy Mamani
construyó su primer edificio de este estilo en el 2006.

Mamani y el trabajo que empezó a desarrollar en el 2006 serían excelentes representaciones, según Larrea, de un proceso social que comenzó a gestarse tan atrás como el año 1952, “cuando se dio la revolución que lleva a cabo el Movimiento Nacionalista Revolucionario; ahí los indígenas por primera vez acceden a la educación, al voto universal y a una serie de reconocimientos de ciudadanía”. O sea, que la lectura no puede ser tan simple: Evo Morales más que nada ha aprovechado y profundizado este proceso, pero no es el responsable directo de todo lo que lo rodea y lo ha vuelto posible.

De hecho, Mamani nació en El Alto –hijo de un albañil– y pudo estudiar ingeniería civil para luego montar su propia compañía constructora. Así ha cumplido su sueño de niño: “Ser famoso en algo, aportar a que nuestros pueblos marquen la historia siguiendo el proceso de cambio que vivimos hoy”.

Esta prosperidad que ahora le permite a Mamani disponer de jugosos presupuestos para crear, no solo en El Alto o La Paz, sino en Brasil o Perú, donde sus compatriotas triunfan como comerciantes, también es llamada por algunos la de la ‘chacra vertical’. De vivir en una economía agrícola incipiente, la élite alteña ha pasado a dominar ciertos ámbitos comerciales. Los pequeños terrenos en los que antes sembraban, y que estaban rematados al fondo por una humilde casa, ahora albergan construcciones verticales conformadas por un sinnúmero de habitaciones y compartimentos que producen para la familia y que nuevamente, al final, están rematadas por una vivienda, que ahora es un chalet, con techo de dos aguas y acabados vistosos.

Tras sus diseños están reminiscencias de la chacana o cruz andina,  del tapiz huari, el colorido y la geometría de los aguayos y chuspas (tejidos); con el hálito de la cultura tiwanakota presente en cada detalle.

Pero si bien su estética es lo que deslumbra, en su funcionalidad está encerrada realmente su complejidad. Edificios con canchas sintéticas de fútbol incrustadas en un cuarto piso, para el disfrute de sus dueños, hablan de una nueva conciencia de clase. Lo apunta certeramente Larrea: “Puede que Mamani y estas élites aymaras no solo reflejen la recuperación de una identidad, sino que también empiezan a jugar con las reglas de juego del capitalismo. Las construcciones indican que estos ya no son más los grupos dominados; que han pasado a ser los grupos dominantes. Estas élites están acumulando dinero, a la manera capitalista”, en un país que hoy vota nuevamente por el socialismo que Morales quiere vender como inmaculado, pero que como todo sistema tiene sus contradicciones. En este caso tan grandes y vistosas como edificios de colores.

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