La Ciudadanía universal es de escritorio

Tadashi Maeda, maestro del violín y japonés con alma pasillera, sabe lo que es vivir cual extranjero: construirse un estilo propio, chocarse con el idioma y abrazar culturas, para adaptarse antes que sucumbir



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 11 Octubre 2014

El primer contacto de Tadashi Maeda con alguien de afuera fue con una ‘gringa’, la esposa del maestro Suzuki -el mismo del método-. Sus padres le dijeron que debía pedirle un autógrafo: era extranjera, con otro idioma y otro alfabeto. Cuando el violinista salió de Japón al resto del mundo, todo se trastocó, él era el extranjero en EE.UU., en Suecia, en Ecuador...

En París no podía comprar un ‘croissant’ (no pronunciaba bien la palabra) y salía siempre con un ‘baguette’. Ahora se acuerda y ríe, sentado frente a una computadora que proyecta palabras en inglés, en español e ideogramas... Él, japonés, en una tarde fría de Quito, en plena Mama Cuchara, no escapa de ser extranjero, de ser el ‘chinito’ Maeda; pero está consciente de que a sus 42 años ya no tiene que imitar a nadie para ser ‘cool’.

¿Qué pasa  cuando te dicen el ‘chinito’ Tadashi?

Es una imagen física del asiático. No me molesta, en Japón no puedes diferenciar un colombiano de un ecuatoriano.

¿Has sentido rechazo?

Un ejemplo: Vivía en una urbanización, nunca me pongo corbata, salgo de casa y regreso muy por la noche con un montón de equipos y, lamentablemente, hubo cuatro robos en el sector e hicieron asamblea. Yo fui y alguien se paró y dijo, “seguramente es el chinito”. Antes de que yo abriera la boca, dos jóvenes respondieron: “No tienen idea de quién es. Es violinista, un gran músico”. Eso explicó todo, antes pensaban que tenía un chifa y una banda de robo.  También con mi especialidad musical, para muchos era raro ver a un chinito que toca el violín y hace pasillo, pero ahora nadie dice nada. Y hay veces en que la gente prefiere no hablarme y me siento un poquito mal. Pero la primera vez que vi un extranjero en Japón hice lo mismo, no recordaba el incidente hasta que me pasó y reparé en lo equivocado que estaba.

Y tú, ¿qué rechazas de la comunidad donde vives?

Por ejemplo, cuando voy al campo y me ofrecen chicha masticada la puedo tomar; en cambio, hasta ahora los músicos antes, durante y después del ensayo, antes y después de la presentación se toman los tragos hasta acabar el dinero... Yo no participo, pero no por extranjero, es mi estándar desde antes. No comparto el fanatismo por el fútbol; no lo odio, pero no me acerco a los estadios cuando hay partidos. La Plaza de Toros: antes bloqueaban las calles los vaqueros falsos españoles; además, respeto la tradición, pero me gustan los animales. Entonces, mi forma de rechazo, en lugar de protestar, es no participar. Intento no rechazar las cosas, pero hay algunas que personalmente ‘no me caen’; si fuera ecuatoriano tampoco me gustarían.

¿Qué has descubierto de ti, tras la relación con ‘el otro’?

En cuanto a la identidad,jamás contradigo el estilo que he construido, por supuesto que cambia con la edad y el contacto con la cultura ecuatoriana. Ahora que he vivido más tiempo afuera es al revés, cuando voy a Japón mis ‘viejos’ me dicen “no haga esto”, en relación a alguna costumbre de Ecuador; por ejemplo conversar con los meseros, en Japón no se hace...  En Ecuador me convertí en una persona que conversa con todo el mundo.

Extranjero en tu  tierra...

Por supuesto. No solo eso, también está la relación padre-hija, los estilos ecuatoriano y japonés son diferentes. Mi hija es pegada a mí, y en Japón sus amigas de escuela no hacían lo mismo. Es mucho más bello el estilo ecuatoriano. He sufrido una metamorfosis a diario, sin darme cuenta, salvo cuando estoy en Japón.

El extranjero lo es por costumbres y no por origen...

Depende de la edad y el estado civil. Algunos quieren mantener sus rituales. Cuando me intereso en la TV japonesa no conozco a nadie y me quedo con la TV ecuatoriana, es algo simbólico. Tras especializarme en música ecuatoriana, tuve que estudiar música de Japón, no por nostalgia sino como un fenómeno cultural. A mi esposa (japonesa) le interesa el budismo y la Biblia, son caminos para crear conciencia de las costumbres de lugares diferentes.

¿Te sientes aún con la condición de extranjero?

La diferencia la hace el pasaporte.

¿Piensas en la nacionalidad ecuatoriana?

No tengo problema con tener cualquier nacionalidad, agradezco la educación de Japón, de Norteamérica, de otros países. Mas no voy a obtener la nacionalidad ecuatoriana por mis padres, porque para su generación y su edad significa el abandono eterno de un hijo; no entienden que también los puedo visitar. Para ellos, es un símbolo del no regreso.

Pero como extranjero, ¿te sientes diferente del turista?

Obviamente. Pagar impuestos y cumplir obligaciones con entidades públicas significa vivir; los turistas no lo hacen. Nosotros contribuimos a la sociedad, de una manera u otra tenemos responsabilidades, aunque eso no me exonere de ser extranjero. A veces me dicen “cállate sobre política ecuatoriana”; pero tengo derecho y responsabilidad de expresar lo creo porque mis hijos están en esta sociedad, mi hija es ecuatoriana... Si un político dice algo inhumano, me expreso. Los turistas abren la boca, pero luego vuelven a casa.

¿Y de quien migra por necesidad u obligación?

Cuando llegué a este país pensé quedarme un año o dos, era joven, era un paso; pero se dio que estoy más de 15 años. Tenía que adaptarme: en vez de quejarme, llorar y escribir en Facebook; quería cambiar la  que sería también mi sociedad. Ahora, creo que el migrante está siempre esperando regresar a su tierra. Lo mío fue una decisión libre, la de ellos obligatoria.

¿Cuál es la situación del extranjero en el mundo globalizado y unido por las nuevas tecnologías, pero con fronteras físicas estrictas?

Triste. Yo abandoné la idea de tener patria y no solo hablo del país. Quiero volver al sentimiento de individuo, a mi responsabilidad de ser, no por ecuatoriano ni japonés, no por raza, ni por origen, ni por escuela. Estoy en desacuerdo con la discriminación; pero ya lo dijo Einstein, “es más fácil desintegrar un átomo, que un prejuicio”.  Yo también lo tengo en cierto grado, cuando te vi por vez primera tenía mis defensas, no debería expresarlas verbalmente, pero las tengo. Lo de bloquear con fronteras por el sentimiento de un pueblo es una pena: aceptar que solo lo de uno es bueno es un pensamiento retrógrado. Lo de los gobiernos es otra cosa... y yo no sé.

¿Qué opinas de los nacionalismos (no los musicales)?

Si alguien tiene ese sentimiento fuerte, no lo niego, lo entiendo; pero al mismo tiempo, justo debajo de mi piel, pienso: ¡pobrecito!

¿Te consideras un ciudadano universal?

No. Entiendo la idea, pero es una idea de escritorio. No soy ciudadano universal, porque nadie lo es. Quiero ser, sí; pero no yo solo.

¿En algún momento la humanidad estará lista para eliminar la palabra extranjero?

Sí, pero mucho tiempo después. Es algo para hacer desde la economía. Todas las cosas que hacen los gobiernos, dañar la naturaleza, romper derechos humanos, son por interés económico para mantener el sistema. Sin embargo, tengo una visión hacia otro lado: en lugar de unir y sumar territorios, lo que podría terminar en dos partes del mundo enfrentadas y en el fin de la historia; prefiero más países, como provincias autónomas, como barrios, como núcleos familiares... Todo pequeño, para que el poder se disperse, desaparezca. Pero no vendrá en mi vida.

Tadashi Maeda

Violinista y compositor. Director musical de la Fundación Teatro Nacional Sucre. Nació en Osaka, Japón, hace 42 años, y se crió en Tokio. De allí salió a los 18, para estudiar en la Universidad de Indiana, EE.UU. Continuó su labor en la Real Academia Sueca de Música. Llegó a Ecuador para enseñar, crear nueva música y subirse a los escenarios. Tiene dos hijos, uno japonés, otra ecuatoriana.

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