América del sur: ¿vocación de patio trasero?

La llegada de China y Rusia, tras la cumbre de la BRICS, prende la idea de que la región se independiza de EE.UU. Lo que no está claro en este juego de poder es qué ganarán los latinoamericanos.



Carlos Rojas A. Editor (O) 16 Agosto 2014

Es posible que todo sea pura novelería. Una aventura geopolítica pasajera y nada más. Mientras la historia se encarga de confirmar si Rusia y China llegaron a América del Sur para quedarse, es un buen momento para analizar el entusiasmo con el que los países de la región recibieron a estas dos superpotencias bajo la promesa de construir una alianza de dimensiones insospechadas. Es decir, el pasaporte al desarrollo y al juego diplomático en las  grandes ligas.

La cita de la BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), de julio pasado, con los presidentes del bloque de Unasur, dejó la imagen de que se perfila un nuevo orden global, donde EE.UU. ha perdido hegemonía. De cuán afectado está el liderazgo de la Casa Blanca en estos momentos se ha escrito mucho. De la poca importancia que el presidente Barack Obama, quizás el más popular para los latinoamericanos, ha dado a la región, también. Pero en lo que aún no se ha profundizado es en el grado de madurez con el que los gobernantes de la ‘patria grande’ perciben estos cambios geopolíticos y cómo se adhieren a estos.

El júbilo que se sintió el mes anterior en las jornadas de Fortaleza (Brasil) deja abierta una pregunta un tanto cruda: ¿América del Sur tiene vocación de ser patio trasero? Esta interrogante puede resultar un sacrilegio, pero es oportuna. Más allá de los intereses financieros, la explotación casi indiscriminada de recursos y las victorias diplomáticas de China y Rusia frente a EE.UU. por este coqueteo, no se ven otros vínculos que auguren una relación ‘ganar-ganar’ para los sudamericanos.

Seguramente se dirá que el intercambio comercial no es poca cosa y que eso beneficia a los pueblos. Pero la matriz de esta nueva relación es similar a la que EE.UU. estableció a finales del siglo XIX e inicios del XX, cuando diseminó su influencia por todo el continente. Es decir, un proyecto imperial maquillado con proteccionismo diplomático y profusas relaciones comerciales.

La doctrina Monroe de 1823 y las oportunidades diplomáticas y políticas que la Primera Guerra Mundial ofrecía a  EE.UU. es un buen punto de partida para esta reflexión.

El presidente James Monroe proyectó políticamente la idea de una “América para los americanos”, en donde EE.UU. se reservaba para sí el derecho de defender a todas las naciones del continente del colonialismo europeo, que estaba ya en un franco deterioro por las luchas independentistas.

Esa doctrina no fue necesariamente bien vista en el sur. El libertador Simón Bolívar siempre tuvo recelo de los procesos políticos de EE.UU. y más bien se inspiró en el modelo napoleónico a la hora de trazar los planos de la Gran Colombia. Es posible que el poco entusiasmo de los latinos explique el hecho de que muy a pesar de la doctrina Monroe, los británicos ocuparon las Islas Malvinas en 1833, España invadió República Dominicana (1861-1865) y Francia intervino en México (1862-1865).

Pero Washington no cesó en su determinación por influir en las Américas. En esa ciudad se realizó entre 1889 y 1890, la Primera Conferencia Internacional Americana.

La coyuntura de 1914 también es importante recordarla. David M. Kennedy, en su artículo ‘Over Here: The First World War and American Society’ (Aquí: La Primera Guerra Mundial y la Sociedad Americana) cuenta cómo entusiasmaron al presidente Woodrow Wilson (1913-1921) con la idea de crear una flota mercante para dinamizar el comercio con América del Sur y así romper la dependencia que la región tenía con Europa. El Canal de Panamá estaba ya en operación y los empobrecidos países, ávidos de relaciones comerciales.

Este pasaje de la historia fue otro hito hemisférico, pues de los intereses económicos de los EE.UU. surgió la Primera Conferencia Panamericana Financiera (1915). La fuerza de la costumbre hizo que esas citas continentales se reeditaran, hasta que en abril de 1948 naciera en Bogotá (Colombia) la Organización de Estados Americanos (OEA), conocida por los antiimperialistas como la ‘oficina del patio trasero’.

El gancho comercial y económico pudo más en la región que el sentimiento antiestadou­ni­dense. En los años en que Wilson ponía a navegar sus barcos, EE.UU. había jugado papeles y arbitrajes decisivos en episodios como la Revolución Mexicana (1910-1920). Y en países como Colombia aún estaba presente el trauma que significó de la separación de Panamá, por ­supuesto, con la venia de la
Casa Blanca.

La tortuosa relación entre el imperio y los países del sur se ha construido -durante un más siglo- a través del garrote y la zanahoria: injerencia política y militar y mucho comercio.

¿Acaso la matriz de la alianza  BRICS-América del Sur es distinta? Analistas como el ruso Nil Nikándrov no despejan esta pregunta y solo apuntan a decir que EE.UU. pierde influencia. Pero Diana Carboni, de la agencia IPS en Montevideo, sí habla de “un nuevo patio” al dar fe de la calidez con la que Vladimir Putin fue recibido por sus pares de la región. Antes de la cita en Brasil, él visitó Cuba y Argentina, donde afianzó la idea de los lazos comerciales.

Ningún mandatario regional se ha atrevido, con un poco de suspicacia, a reconocer que la llegada de Rusia coincide con esta suerte de guerra fría ‘light’ con EE.UU. por crisis como Ucrania o Siria, donde América Latina tiene muy poco que ver.

El plato fuerte fue la creación del banco de la BRICS como nuevo centro de financiamiento, lo que no ha llegado a ser el Banco del Sur. Eso ya no importa: Brasil es su garantía en el foro de países emergentes. Aunque vale recordar que el imperio brasileño, que surgió tras las independencias del siglo XIX, se construyó sobre políticas intervencionistas, como la anexión de territorios de sus vecinos, que también eran por entonces sus patios traseros.

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