La TV análoga está amenazada

La Internet cambió la forma de ver la pantalla chica. Los televidentes pueden mirar programas a la carta. Los modelos de distribución también mutaron.



Marcos Vaca Morales Editor digital 16 Agosto 2014

¿Cuándo la televisión abierta local dará el salto a una televisión social? La respuesta, sin conocer la realidad de las estaciones locales, es compleja porque el cambio implica desde inversiones tecnológicas, nuevas estrategias de mercadeo hasta un cambio mental de los ofertantes de contenido.

El cuestionamiento surge porque la televisión, al igual que otros medios tradicionales análogos, estaba (o está en muchos casos) amenazada por la ola digital. Los periódicos han tenido que convertirse, por ejemplo, en sitios web e incluso separarse como dos medios distintos y agregar a las redes sociales para interactuar con sus audiencias. Los canales han optado por el mismo camino (crear sitios web), pero han descuidado su principal formato: el audiovisual.

La aún baja penetración de la Internet en América Latina da respiro a las producciones análogas. Pero ya hay alertas cercanas. El Mundial de Brasil reveló que el público buscaba ver los partidos en su computadoras, dispositivos móviles y en los canales de TV oficiales.

La inercia propia del acceso a las redes sociales hizo que este evento deportivo sea considerado el Mundial de la doble pantalla. La mayoría de usuarios conectados seguía las acciones del partido en su aparato de TV y comentaba y veía otros comentarios en Twitter. El fenómeno, al menos en este lado del planeta, no tuvo una estrategia de fondo; solo ocurrió. Los contenidos (del Mundial) iban por un lado y los tuits por otro. Nadie de la TV se preocupó de capitalizar el contenido del televidente.

María José Arrojo B., de la Universidad de A. Coruña, España, plantea que la televisión social es un cambio sin precedentes en la historia de un medio de comunicación: “permite enriquecer el consumo lineal de un formato audiovisual mediante la participación activa del espectador” a través de las plataformas tecnológicas.

Arrojo se atreve a decir que la televisión social supone una revolución, no solo por la experiencia de consumo audiovisual, también modifica la estructura de los contenidos audiovisuales, las  políticas de programación y la relación establecida entre los diferentes agentes que intervienen. Todo esto afecta a la producción, promoción, distribución y financiación de los contenidos.

La televisión en la plataforma digital tampoco se preocupa por llegar a las “masas”, palabra derivada de la comunicación unilateral. En producción existen series a medida, para públicos apasionados por temáticas particulares. Aquí recae la importancia de la distribución. Las propias redes sociales trajeron la fama de ‘House of Cards’. La voz virtual del público viraliza el argumento y atrae a nuevos públicos. Así, por ejemplo, llegó ‘Orange is the New Black’ al país.

Terror
Terror
‘Hemlock Grove’ es una serie de terror. Tiene ya dos temporadas.

Todos estos enunciados sonarían teóricos en Ecuador si no fuera por la propia Internet. La llegada de Netflix (y en menor medida Crackle) abrió la puerta para descubrir otras formas de consumo, de distribución y de calidad de contenidos televisivos. La experiencia obliga a comparar y pensar si la TV tradicional está en agonía.

Netflix permite el ‘binge watching’ término que identifica la forma de ver maratónicamente temporadas enteras de una serie de un solo jalón. En los tiempos de la televisión local, las series empezaban con un capítulo piloto, el cual servía de test para ver la reacción del público. Del lado del televidente, si no veía el primer capítulo, corría el riesgo de no entender la trama de la serie y dependía del canal para que repitieran la temporada; se ofertaba contenidos verticalmente. Para evitar esa debilidad, los medios empezaron a producir capítulos independientes.

Ahora la TV en Internet es a la carta. El usuario escoge el momento y el capítulo que quiere ver. En la era de la TV tradicional, las series estaban divididas en aquellas de una hora o media hora; acuñadas en temporadas. Los nuevos formatos en Internet permiten otras experiencias.

Las series originales de Netflix ‘House of Cards’ u ‘Orange is the new black’ pueden verse en dos fines de semana (las dos primeras temporadas) y han permitido que se hagan anuncios de series con otros tiempos de duración desde programas de 12 minutos hasta de 24 horas. En Internet todo es medible y la información permite construir perfiles de usuario. De su aceptación depende la continuidad. El ejemplo estudiado en EE.UU. fue el de ‘Transparent’. Amazon ofreció a sus usuarios 10 pilotos de la serie y de acuerdo a los comentarios de la gente se avanzó en la producción.

Serie
Serie
‘Lilyhammer’ es una serie noruega y tiene dos temporadas.

En el monopolio de la TV tradicional, las series se construyen para que encanten a un alto porcentaje del público y se cocinaban fórmulas probadas; los guionistas apelaban a recetarios de giros dramáticos.

En Netflix están ‘House of Cards’ y ‘Friends’. Son de dos épocas distintas, pero muestran la forma de crear de cada época. ‘Friends’ tiene tres escenarios constantes y planos repetidos. ‘House of Cards’ tiene al menos seis escenarios y secuencias visuales creativas en cada capítulo. Obviamente, en lo dramático no hay comparación. Los guionistas de esta era de la TV (de EE.UU.) enriquecieron sus argumentos y la forma de contar una historia. El público ganó, incluso la TV tradicional ha sacado series de alta calidad como ‘Game of thrones’ y ‘Breaking bad’.

Estos argumentos hacen recordar la pregunta inicial: ¿podrá sobrevivir la TV local a estas nuevas formas de construir audiovisuales?

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