El arte obra los mejores mestizajes

William Ospina ha explorado la historia y las expresiones culturales de América, mediante el arte de la escritura, para comprender y narrar las fusiones y mezclas que enriquecen esta parte del mundo.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 18 Julio 2015

Pensar el mestizaje ha sido un deber adquirido por el intelectual latinoamericano. Tanto se deben al Caribe, a los Andes, a la Amazonía, como a los barcos. Mito y lengua se han fundido sobre estas tierras, como choque y diálogo. El escritor colombiano William Ospina ha sido, para nuestros días, quien más ha reflexionado el tema, a tal punto que se lo halla -piedra basal- en sus ensayos, novelas y poesía. Haciendo del arte de la palabra su lugar en el mundo, Ospina cita a Juan de Castellanos, al poeta Senghor, a Robert Irwing, a Germán Arciniegas,  a Hölderlin, Baudelaire, Borges, Rulfo... Él, siempre lúcido.

¿Cómo concibe su existencia el ser mestizo?

Conviene meditar que todos los seres humanos somos mestizos. Estamos hace tanto en el planeta que las fusiones, mezclas y aproximaciones, no solo raciales, sino culturales, son muchas; en esa medida, el mestizaje, si no estuvo en el origen de la humanidad, sí está en su desenlace. Por supuesto hay sectores donde es más evidente ese mestizaje, talvez porque es más reciente. Cuando hablamos de los indígenas americanos tendemos a pensar que son los pueblos originarios de América, pero no lo son; hasta donde sabemos, el ser humano no nació acá. Cuando llegaron los españoles había una diversidad extraordinaria en el mundo indígena americano. No se puede postular una unidad racial, menos cultural, en los pueblos indígenas; y la llegada de Europa hizo eso más complejo.

¿La conquista aún  es un trauma cultural?

Todavía es un fenómeno que padecemos porque no hemos acabado de pensarlo e incorporarlo a nuestro ser. En el V Centenario del Descubrimiento de América había grupos que querían salir a las Antillas para decirle a Colón que no desembarcara y borrar la experiencia de la conquista y el mestizaje; pero, por supuesto, era tarde. Ahora, es necesario mirar todo lo que fue eclipsado por la conquista. Las lenguas indígenas, las religiones, la idea misma de belleza, paisaje y cultura habían sufrido una imposición y quedaron sepultadas por otras culturas, memorias, tradiciones. Como no se dio precisamente un diálogo, el mestizaje se cumplió de la manera más primitiva, como una fusión física, nacida de la violación... Pero también de la seducción y del amor.

Pero los intentos de revalorar ese pasado se han cubierto, a veces, por el folclorismo o el decolonialismo...

Vivimos en un continuo descubrimiento de América, porque muchas cosas quedaron no suficientemente dichas. Para mí es importante el tema de la lengua. Suele decirse que la lengua permaneció en el continente y, en esa medida, pertenecemos de una manera culturalmente poderosa a la memoria europea greco latina; sin embargo, no se piensa en lo que pasó durante los siglos de la conquista. En ‘Las auroras de sangre’ escribí sobre el desafío  que significó para los primeros poetas españoles en América nombrar un mundo con las palabras del ‘otro’. Así comenzó el mestizaje de la lengua. Por fortuna, detrás de la cabalgata genocida de los buscadores de oro, vino la cabalgata más generosa y asombrada de los cronistas y poetas que querían conocer este mundo y cantarlo.

¿La integración, a veces, nos muestra bicéfalos o con síntomas de esquizofrenia?

Las culturas suelen ser necesariamente mixturas y cuando se han cumplido cinco siglos de la ocupación de un territorio por otra cultura ya es inevitable que esté fusionado... Esas fusiones se dan casi ni siquiera por la voluntad de nadie. Me gusta pensar en la Virgen de Legarda, porque suele ser vista no como simple expresión de la Virgen cristiana, sino como siglos de iconografía europea y americana. En fin, me parece que el mestizaje suele darse más a plenitud cuando ni siquiera se lo llama así, sino cuando ocurre como un hecho de las maduraciones ocultas de la cultura, de la necesidad de unos pueblos de hacer aflorar sus mitos y símbolos en el lenguaje del otro.

¿Se piensa al mestizaje como mito o superstición?

A veces, la mente racionalista llama superstición a formas distintas de acceder al conocimiento, como las formas religiosas o míticas y, por supuesto, a una manera poética de comprender el mundo y que lo descifra de manera poderosa. Creo que los mejores mestizajes culturales son los que obra el arte y los peores, los que obra la política, porque esta actúa como autoridad, imponiendo síntesis. Las verdaderas síntesis se logran en el arte, donde no hay violencia, sino el milagro de una flor nueva.

¿El mestizaje se expresa con políticas de Estado  y cuotas de interculturalidad?

Es una forma ingenua de entender el fenómeno, bienintencionada, talvez, y políticamente correcta y eso tiene un significado en términos electorales. Pero si uno contratara a un novelista, por ejemplo, a Rulfo y le dijera hágame una novela con todos los símbolos de la tradición occidental y todo el universo ancestral azteca, él nunca haría nada; pero si atiende al dictado de su propio ser, ese que creció en el ámbito de la lengua castellana y siente los hondos dioses muertos de los que hablaba Borges sobre México, y quiere contar su fábula personal... Bueno, él encuentra el balance perfecto entre el descenso al Hades de Ulises y el descenso de Juan Preciado. Lo hace de una manera creadora, en la que todo el mundo se reconoce y es difícil separar lo uno de lo otro.

Allí no hay el desgarramiento ni lo ‘naïf’ de representarnos con el indigenismo o el folclorismo...

El culto o la afición por la pureza del mundo indígena suele estar menos en los indígenas que en la antropología y la universidad. Es una forma de la nostalgia y de la lucha política y cultural; se piensa que resistir a ciertas tendencias de la política mundial exige reivindicar, como un contrapeso, las culturas de los sometidos. Eso tiene lugar en el orden de la política y la sociología, pero no tiene efectos más duraderos. Quizás es verdad lo que decía Hölderlin: “solo la poesía funda lo que perdura”. Siento que en la cultura de los pueblos siempre hay fusiones felices de eso que en manos de la mera política produce intolerancias. Por eso es infortunado que los gobiernos no comprendan cuán importante es el arte. La cultura no es un adorno para descansar de las cosas importantes, sino lo que permite a los seres construir su morada en el mundo y en el orden de los símbolos.

Mestizaje y modernidad son conceptos hermanos...

La cultura construye metáforas que son puentes entre tradiciones distintas, pero los procesos nunca son completos, siempre queda algo flotando y si algo caracteriza a la modernidad es esa escisión. Nosotros como hijos de América no podemos dejar de sentir esa escisión que expresó muy bien Baudelaire: “¡Yo soy la herida y el cuchillo! /¡Yo soy la bofetada y la mejilla! / ¡Yo soy los miembros y la rueda, / y la víctima y el verdugo!”. No acabamos de sentir que el verdugo y la víctima ya se transparentaron en una sola cosa, sentimos que esa discordia permanece en nosotros. Talvez sea una condición fatal de la época. No tiene porqué ser negativo que nuestra identidad esté escindida, y no en dos partes, sino en varias, y ahí sí que necesitamos el bálsamo del arte, así sea siquiera para ahorrar en psicoanalista.

William Ospina
Nació en Padua, Tolima (Colombia), en 1954. Escritor colombiano, reconocido con el Premio Rómulo Gallegos, por su novela ‘El país de la canela’, segunda parte de la trilogía completada con ‘Ursúa’ y ‘La serpiente sin ojos’. Además de una obra poética que incluye los libros ‘Hilo de arena’, ‘El país del viento’ y ‘¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?’ entre otros, se ha destacado como ensayista, sumando 17 títulos . Su más reciente novela es ‘El año del verano que nunca llegó’.

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