Emprender, un verbo que los políticos no procesan

La palabra emprendimiento se emplea con frecuencia en el discurso político. Su abuso puede provocar que el término pierda valor.



Pedro Maldonado O. (O) 18 Julio 2015

En el discurso político nacional, regional e internacional toma fuerza un término: emprendimiento. La palabra, que hace referencia a una especie cada vez más admirada y respetada, suena con frecuencia en intervenciones tanto de funcionarios públicos como de empresarios en Ecuador, España, Brasil, Chile, Colombia y otras latitudes.

El emprendedor se constituye en una suerte de héroe que se lanza al vacío, con una idea en su cabeza. Muchas veces se estrella contra el planeta, pero transforma esas caídas en enseñanzas de vida. Y esos golpes que recibe una y otra vez en su camino lo convierten en una persona más fuerte, más convencida de que sus ideas  y su esfuerzo lo sacarán adelante. Por eso el reconocimiento que recibe y el respeto que genera.

En el Ecuador de hoy, una frase sirve para ilustrar el mundo de los negocios nacientes:  “Emprender es como un partido de fútbol, en el que el emprendedor juega de visitante, con el árbitro en contra, con el público en contra y con una cancha en malas condiciones. Y aún así gana el partido”.

Es quizá esa perseverancia la que levanta la admiración en la sociedad y, claro, en los políticos. Ellos, que son una especie diferente a la del ‘entrepreneur’, escuchan y analizan a los emprendedores y su comportamiento, para luego, a manera de imitación, utilizar su lenguaje. ¿O no hemos escuchado todos esos discursos que incluyen términos como sinergia, innovación o alianzas estratégicas?

Como ejemplo está la frase "vamos a hacer un país de 15 millones de emprendedores”, que se repite con frecuencia en distintas intervenciones de las autoridades, por lo menos en el último año. De hecho, el 2015 fue nombrado en Ecuador como el Año de la Innovación y el Emprendimiento.

Pero ¿existe interés real de la clase política de aquí o de otros países? ¿Son conscientes los políticos de lo que significa emprender? ¿El término emprender se lo utiliza como una muletilla, para estar ‘in’ y para darle un toque actual a sus discursos?

Expertos en esta materia hacen su lectura. Xavier Ordeñana, catedrático e investigador de la Espae Graduate School of Management, con sede en Guayaquil, considera que el uso del término emprendimiento se ha intensificado, en el país y en el extranjero. “Por un lado es positivo porque significa que está en la agenda pública y privada. Sin embargo, en algunos casos puede caer en el sobre uso con el riesgo de que pierda su sentido y por lo tanto puede volverse una palabra difusa”.

Ordeñana piensa que el papel del emprendimiento como motor del desarrollo económico permite que se desarrollen políticas públicas. Sin embargo, el investigador y colaborador del estudio Global Entrepreneurship Monitor apunta que esas mismas políticas son tan amplias como las propias definiciones de emprendimiento. “Considero positivo que este término tome fuerza en el discurso político, con el riesgo de que el debate sea superficial, como puede ocurrir con otros términos como innovación, buen vivir o incluso redistribución”.

Una visión similar es la de Juan Francisco Cordero. Antes de hacer un juicio, este investigador y padrino de algunos emprendimientos en el sur del país aclara que la palabra emprender es muy amplia. Tanto que de su raíz han surgido otros conceptos como intraemprendedor o emprendedor social, que también se repiten en el discurso político.

¿Es una moda? Cordero responde sin rodeos: la gente, sobre todo los políticos, hablan de emprendedor en general, sin distinciones y eso hace que la palabra termine sobreutilizada. “Existe un abuso de este término, lo que hace que pierda cierta validez”, resume este investigador y exdirector de una agencia de incubación de empresas.

Datos y desafíos

El Global Entrepreneurship Monitor 2014 es el más reciente informe sobre la actividad emprendedora en el país y a escala global. Esta investigación anual muestra que el emprendimiento surge  -al menos en el Ecuador- más por necesidad que por una oportunidad cierta de hacer un negocio.

Los datos de este monitoreo muestran un hecho revelador: el índice de la Actividad Emprendedora Temprana, también llamada TEA, es menor en las economías desarrolladas. En el 2014, en Estados Unidos, la TEA fue de 13,8%; en Alemania llegó a 5,3% y en Suecia se ubicó en 6,7%.

En Ecuador, mientras tanto, el indicador fue de 32,6% (similar al de países como Camerún o Uganda), lo que significa que tres de cada 10 adultos iniciaron el año pasado trámites para montar su propio negocio.

Hay quienes ven este indicador como algo positivo, pero para otros representa una señal de que algo está ocurriendo en la economía de un país. “El emprendimiento surge cuando hay oportunidades y las oportunidades están en los sitios donde hay problemas. Ecuador tiene algunos problemas”. Así de claro es Guido Caicedo, otro de los responsables del estudio presentado en Quito en mayo pasado.

Las cifras, que siempre son frías, dejan al descubierto un desafío, enorme, para los hacedores de las políticas públicas de este o de cualquier otro país. También generan una oportunidad para salir del discurso -cómodo y oportunista- y hacer una inmersión en el mundo del emprendedor, para conocer los problemas que enfrentan, los trámites que los desaniman. Es además una oportunidad para entrar a aquella cancha en la que los emprendedores arriesgan tiempo y recursos económicos, y en la que tienen todas las condiciones  en  contra.

Ante esta realidad, aparecen más preguntas para la clase política que cada vez utiliza más la palabra emprendimiento en sus informes y ofrecimientos. ¿Los políticos entienden de verdad lo que se trata el emprendimiento? ¿Han emprendido ellos alguna vez? ¿Son conscientes de las dificultades que enfrenta  una persona que salta al vacío con una idea? ¿Tienen voluntad real de hacer que las cosas pasen? ¿O solo es un discurso político?

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