Federico Gonzalez Suárez y la Compañía de Jesús

Es admirable la decisión su decisión de abandonar una brillante carrera religiosa por atender a su desvalida madre; sin embargo, el destino le depararía una carrera meteórica en el campo religioso.



Amílcar Tapia Tamayo.* 01 Agosto 2015

“Viví en la Compañía de Jesús 10 años y tengo como uno de los más grandes beneficios que he recibido de la bondad divina, esos diez años de vida religiosa pasada en la sotana jesuita”. Así refiere en sus “Memorias íntimas” el obispo de Ibarra, monseñor Federico González Suárez, luego de que en 1872 decidió salir de la Compañía de Jesús para apoyar a su madre, en razón de ser hijo único.
Federico González Suárez nació en Quito el 12 de abril de 1844. Fueron sus padres Manuel María González Suárez, natural de La Plata, Colombia, y María Mercedes Suárez, quiteña, su prima hermana.

El niño nació débil y enfermo, por lo que su madre temió por su vida, como él mismo lo relata en sus “Memorias”. Su padre, al saberse muy afectado en su salud, decidió regresar a Colombia, en donde murió al poco tiempo. Su madre quedó viuda y en medio de una gran pobreza, razón por la que fue auxiliada por  personas caritativas, sobre todo por Francisco Xavier de Garaycoa, XXIX obispo de Quito, quien, con otras personas caritativas, “socorrían,  a gentes necesitadas, como por ejemplo a  Mercedes Suárez y su enfermizo hijo Federico González Suárez”. ( Beltrán, Camilo, Notas sobre la vida de Quito, 1844, BAEP, p. 65).

Su niñez fue muy crítica desde el punto de vista económico; sin embargo, su madre le enseñó las primeras letras, continuando su formación en la escuela de Santo Domingo.  Beltrán dice que el “niño Federico era un niño especial, dedicado al estudio alentado por su buena madre, quien no le podía ofrecer diariamente más que una simple vela de cebo con cuya tenue luz efectuaba sus tareas escolares arrodillado en el duro suelo de un piso de tierra”.  Más tarde, cuando en 1851 hizo su primera comunión a la temprana edad de siete años, recibió del canónigo Manuel Orejuela un ejemplar del libro “La religión demostrada al alcance de los niños” de Balmes, texto que sería su primera inspiración para seguir la carrera eclesiástica.

En 1855 terminó la primaria y logró el apoyo del obispo Garaycoa para continuar con sus estudios secundarios. Más tarde, en 1859 pidió ayuda al obispo José María Riofrío a fin de ingresar al Seminario. Sin embargo, en razón de que era hijo único y sostén de su madre, el prelado negó su pedido.

En 1862, los jesuitas, sobre todo el padre Francisco Javier Hernández, al conocer la gran aptitud del aspirante González Suárez, conceden una beca de estudios, confiándole de inmediato la enseñanza de literatura. En el Seminario enfermó de viruelas, logrando superar este mal gracias a los cuidados recibidos en la Orden. En otro ámbito, le hubiera significado la muerte, ya que para aquel entonces, esta dolencia era considerada muy peligrosa.

El alumno fue brillante, sobre todo en estudios filosóficos, razón por la que se ganó el respeto de sus compañeros y superiores. En 1863 le encargaron arreglar la Biblioteca Nacional, tarea que desempeñó con Abelardo Moncayo, quien fue uno de los políticos de mayor significación en las luchas liberales. No podemos olvidar que años más tarde, esta relación permitió al Obispo de Ibarra allanar el duro conflicto que se produjo entre la Iglesia y el gobierno liberal.

En 1871, un año antes de que saliera de la Compañía de Jesús, pronunció un discurso titulado “La Poesía en América”, el cual fue preámbulo de su carrera como historiador, escritor y orador. En esa ocasión señaló, entre otras cosas, “Soy el ínfimo de los ecuatorianos, pero a nadie cedo en amor a mi patria”. En sus postreros días afirmará que “Sólo leo las cosas de mi patria”.

En 1872 decidió salir de la Compañía. En sus “Memorias” no es muy explícito, pero en una carta el obispo Estévez de Toral, obispo de Cuenca, le dice al canónigo Daniel Cordero: “Recomiendo a usted ponerse en contacto con el señor Federico González Suárez de Quito, quien ha tenido el doloroso trance de abandonar la Compañía de Jesús debido a la grave situación económica de su madre Mercedes, la que se halla en peligro de indigencia. Vea usted cómo arreglar este asunto y provea a esta piadosa señora lo necesario. No podemos dejar que tan brillante candidato al sacerdocio trunque su carrera al servicio de Dios…” (Cartas inéditas del obispo Toral, BAEP, 1872)

Es indiscutible que los superiores de la Compañía debieron sentirse muy molestos con la decisión de González Suárez, quien, en un gesto muy humano, prefirió dejar la orden religiosa antes que abandonar a su madre. Fueron diez años que el futuro historiador pasó en el Colegio de la Compañía, en donde recibió una extraordinaria formación en el campo humanístico y teológico, lo que, de suyo, lo había convertido en un brillante candidato para ocupar las más altas dignidades dentro de ella. En la tarea mucho se empeñaron los directores de la comunidad, tal como lo demuestran las cartas al obispo José Ignacio Checa y Barba, al cual pedían no admitirlo en su diócesis para ordenarse como sacerdote diocesano. (Ver archivo de la Curia Diocesana de Quito, 1872).

El canónigo cuencano Cordero cumplió con el encargo de su obispo, razón por la que el seminarista González Suárez fue recibido por el obispo Estévez de Toral, quien lo ordenó como subdiácono el 4 de agosto, de diácono el 11 y de presbítero el 18, y lo consagró como sacerdote el 19 del mismo mes de 1872, de “manera callada, casi oculta”. Su primera misa la celebró el 22, en la hacienda del doctor Antonio Borrero, su padrino de vinajeras, localizada en el valle de Chaullabamba.

En noviembre hace llegar a Quito la primera remesa de dinero consistente en “unos pocos pesos ganados dignamente en su condición de Canónigo Racionero de la Catedral de Cuenca y que ahora aliviarán la pobrísima situación de su anciana madre que ha sufrido penas indecibles, primero por la ausencia de su hijo y luego por la angustia de saber que él nunca podría llegar al sacerdocio debido a los obstáculos que le impusieron”, decía en carta el canónigo Cordero al vicario general de la Diócesis de Cuenca, en diciembre de 1872. (Ibid. Cartas, BAEP, No. 24)

Es admirable la decisión de González Suárez de abandonar una brillante carrera religiosa en la Compañía de Jesús por atender a su desvalida madre; sin embargo, el destino depararía al nuevo sacerdote diocesano una carrera meteórica en el campo religioso, que le permitiría llegar a ser obispo de Ibarra, arzobispo de Quito y uno de los más encumbrados pensadores nacionales, al tiempo que defensor innato de la Iglesia ecuatoriana.

*Doctor en Historia, Máster en Antropología. Miembro de la Academia Ecuatoriana de Historia Eclesiástica. Escritor.

Un amigo liberal
Un amigo liberal
La jerarquía dispuso se “imponga una rigurosa observancia al novicio Federico González S., en razón de sus inoportunos tratos con el señor (Abelardo) Moncayo” (Rivera, Luis, Hombres ilustres del Liberalismo, BAEP, 1945, p. 87).
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