Cuero y Caicedo, el obispo patriota en Lima

Este mes se cumplen 200 años de la muerte del prelado, prócer de la Independencia y primer presidente del nuevo Estado de Quito.



Teodoro Hampe Martínez* (O) 20 Diciembre 2015

El tema del viejo hospital limeño de San Andrés sigue vigente, y cada vez con mayor intensidad, luego de la constitución del Patronato del Patrimonio de la Salud en el Perú. En este contexto, hemos escuchado la versión de algunos funcionarios del Municipio de Quito, manifestando la voluntad de llegar a un acuerdo con las autoridades peruanas y “rescatar” los restos mortales del obispo José de Cuero y Caicedo (1735-1815), que están enterrados desde su fallecimiento hace 200 años en dicho lugar.

El cuerpo del prelado criollo, quien fuera presidente del Estado independiente de Quito, yace en la cripta de ese hospital tras su muerte circunstancial, cuando iba deportado a España. Está plenamente comprobado que los restos de Cuero y Caicedo siguen reposando hoy en la cripta del Hospital de San Andrés, lugar de gran trascendencia para la historia de la medicina y la cultura autóctona peruana. Se sabía ya del hallazgo de la tumba por parte del equipo de investigación que hace muchos años dirigiera, por encargo de la Sociedad de Beneficencia de Lima, el ilustre historiador José de la Riva-Agüero.

En ese entonces (agosto de 1937), el diario El Comercio de Lima reportaba el descubrimiento de una bóveda subterránea fabricada con ladrillos, de seis metros de largo, e informaba también que se abrió la cripta edificada en el siglo XIX, en la cual los comisionados lograron hallar, dentro de una caja de madera, una osamenta que por diversos indicios correspondía a Cuero y Caicedo. 
Este togado empezó su carrera eclesiástica en Popayán, en cuyo Seminario obtuvo los grados de bachiller y maestro y en mayo de 1762 alcanzó el título de doctor.

Al ser considerado uno de los más cultos sacerdotes, pasó a Quito y prontamente fue nombrado canónigo penitenciario de esta sede. En 1764 regresó a Popayán, donde alcanzó las dignidades de Tesorero y Maestrescuela en el cabildo eclesiástico. En 1767 fue convertido en Deán, y dedicaba gran parte de su tiempo a leer diversas cátedras. Ejercía esta función cuando fue preconizado obispo de Cuenca (3 de julio de 1798), y mandó tomar posesión de la diócesis a un apoderado, poco más de un año después. Su permanencia en Cuenca duró hasta 1802, en que ascendió a la sede episcopal de Quito. 


Al estallar la revolución de la Independencia, fue de los más ardientes partidarios de ella, y se le nombró vicepresidente de la Junta formada el 10 de agosto de 1809. La verdad es que el obispo no había buscado el cargo y su naturaleza pacífica repugnaba el aceptarlo. Cuando le fue notificado el nombramiento, convocó al cabildo eclesiástico para consultar acerca de la aceptación. 


El cabildo, formado en su mayoría por canónigos viejos y realistas, fue de parecer de que ejerciera el oficio. Cuero y Caicedo tenía 74 años, pero gozaba de buena salud y se dice que, posesionado en sus funciones, empezó a complotar en virtud de un juramento secreto que había firmado.


Así fue que asistió al pronunciamiento en el convento de San Agustín y al juramento solemne en la Catedral, manifestando abiertamente que la proclama de la revolución era justa. Las acciones de la Junta soberana de gobierno fueron notificadas a los municipios de ciudades cercanas, que consideraron aquéllas como una rebeldía, por lo que decidieron enviar fuerzas militares desde Guayaquil, Popayán y Pasto para aplacar los aires de independencia de Quito. Tras la llegada de las tropas, el presidente de la Audiencia disolvió la Junta y ordenó la persecución y captura de quienes integraron el cónclave revolucionario. 


Los principales comprometidos en el movimiento fueron apresados y sometidos a proceso judicial. El obispo se libró de la cárcel; pero el fiscal Arechaga se manifestó cruel en sus acusaciones, denunciándolo como el mayor instigador de la revolución, aquel que despertaba el fervor patriótico del pueblo.

En abril de 1810 Arechaga terminó su visita y señaló en las conclusiones que, a su criterio, la sola presencia del obispo en los actos públicos de la Junta constituía un valioso apoyo moral a la revolución. Cuero y Caicedo llegó a defenderse con un informe en que condenaba aquel levantamiento por “criminal” y clamaba porque se restaurase la tranquilidad de la población, agobiada con la prisión de los implicados y con amenazas, persecuciones, confiscaciones, etc.


Poco más tarde, una serie de personajes y vecinos notables tomaron la resolución de formar una nueva Junta Superior de Gobierno, que contó con la decisiva participación del obispo. Cuando de ella se retiró el aragonés Ruiz de Castilla, la exigencia pública hizo que se ofreciera el cargo de presidente a Cuero y Caicedo, quien se vio obligado a aceptar por las instancias de todos. De este modo resultó el primer Presidente del nuevo Estado de Quito (11 de diciembre de 1811). Reunido el Congreso que debía organizar la flamante entidad política, el mandatario demandó que se resolviera si Quito reconocía al Consejo de la Regencia o, por el contrario, asumía pleno ejercicio de la soberanía. 


La asamblea, a pluralidad de votos, se pronunció por la independencia, recomendando la confederación con las provincias neogranadinas. 
Tal situación duró solo hasta noviembre de 1812, cuando los realistas entraron en la ciudad y pusieron a cargo de la gobernación y presidencia de la Audiencia al general Toribio Montes. Éste ordenó la confiscación de bienes de los enemigos del régimen y se dirigió al cabildo eclesiástico para que tocara a “sede vacante”, acusando a Cuero y Caicedo de abandonar su diócesis, presidir la Junta revolucionaria y abrogarse el Real Vicepatronato.

Fue despojado de todos sus bienes y enviado al destierro a España.En 1952 se publicó el manifiesto dirigido al Rey desde Lima por monseñor Cuero y Caicedo, con fecha 25 de setiembre de 1815. Como tantos otros documentos de la época, este se puede leer como un instrumento para despertar la compasión real, a cambio de mostrarse tornadizo y falto de rectitud en la conducta política.

Pero en el fondo notamos que el anciano togado sentía que no podía vindicarse. Por ello decía al terminar: “Aun cuando [...] el grito de tantos pueblos que me aclaman libre no sea suficiente, tengo el último recurso en esta miserable vida que es el de tener un Rey justificado y piadoso, cuyo corazón lo gobierna Dios y cuya inagotable clemencia se extiende aun con el más protervo de los mortales”.


En medio del destierro, el obispo patriota llegó durante el invierno de 1815 a la ciudad de Lima. Gobernaba entonces el Perú, con su característica “mano dura”, el virrey don José Fernando de Abascal. No pudo pasar de esta ciudad el achacoso Cuero y Caicedo. Sumido en la más terrible miseria y “sin un recurso para lo más preciso de su subsistencia y curación”, falleció de bronconeumonía el 10 de diciembre de 1815, cuando tenía ya 80 años de edad.


Doctor en Geografía e Historia; profesor de la U. Católica de Perú.

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