El cuerpo celeste de Patti Smith

Esta poeta y cantante no solo es una figura de culto roquero sino también una narradora sólida, que sabe cómo mezclar las dosis de nostalgia, sensibilidad y furia.



Juan Fernando Andrade* (O) 20 Diciembre 2015

Sylvia Plath está enterrada en el cementerio Heptonstall, en el condado de West Yorkshire, en el norte de Inglaterra, debajo de una insípida lápida gris. Patti Smith, que ha viajado desde Nueva York solo para visitarla, se para delante de la tumba y susurra: “He vuelto, Sylvia”, como si la poeta la hubiese estado esperando. 


Es invierno y los jardines del cementerio están cubiertos de nieve. Patti Smith toma fotos con su Polaroid y las guarda en los bolsillos de su abrigo. Varios días después, sentada en un tren o en un avión o en la habitación de un hotel, anota en su libreta estas palabras: “Tuve la incontrolable urgencia de orinar e imaginé un pequeño chorrito regándose, una parte de mí queriendo que ella sienta 
la cercanía del calor humano”.      


En el 2010, cuando publicó ‘Just Kids’, el libro autobiográfico sobre su amistad-hermandad con el fotógrafo Robert Mapplethorpe en una Nueva York setentera, desatada y peligrosa, quedó claro que Patti Smith no solo es una figura de culto roquero y una poeta under, sino también una narradora sólida que sabe cómo mezclar las dosis de nostalgia, sensibilidad y furia que componen los recuerdos. 


‘Just Kids’, escrita como una canción muy larga, se lee como una novela de aventuras sobre jóvenes románticos que llegan a la gran ciudad para encontrarse, y que cuando se encuentran se dan cuenta de que nunca se está preparado para tanto. Ese momento, esa edad, en la que piensas que eres invencible, hasta que llega ese otro momento, esa especie de accidente, tras el cual tu cuerpo deja de estremecerse. 
‘M Train’, el nuevo libro de Patti Smith, se publicó en octubre de este año y se vendió como una especie de continuación de ‘Just Kids’, esta vez dedicado a los años que compartió con el músico Fred ‘Sonic’ Smith, mejor conocido como el guitarrista de MC5. 


Se casaron en 1980, tuvieron dos hijos e hicieron música juntos, hasta que ‘Sonic’ murió de un ataque cardíaco en 1994. ­Haciendo números, no pasaron tanto tiempo juntos, 14 años no son demasiados, pero se nota que construyeron una vida y que esa vida se dilató a su propio ritmo. 


Aun así, ‘M Train’ recurre muy de vez en cuando a las escenas de pareja, todas tiernas y conmovedoras y más sobre la amistad y la complicidad que sobre lo que llaman amor, el tipo de secuencias que te convencen de luchar y defender lo que quieres; es evidente que Patti Smith no quiere explotar la memoria de su esposo ni exhibir la vida privada de su familia. Más que un ‘memoir’, este es un diario de viajes en el que parecería que la autora se está preparando para el viaje definitivo: la bitácora de una mujer que habla con los muertos y se rodea de fantasmas. 


La muchacha punk, convulsionada y andrógina que en 1975 lanzó ‘Horses’, su álbum debut, y quedó para siempre grabada en las sagradas escrituras del rock and roll, escribe a cuatro décadas de sus primeros gritos, a los 68 años de edad, con la intensidad casi ingenua de una groupie que viaja por el mundo, agradeciendo personalmente a los artistas que la inspiraron y terminaron de criarla. En Japón, mirando el monte Fuji, toma sake y brinda por los escritores Ryunosuke Akutagawa y Dazai Osamu.

“No desperdicies tu tiempo en nosotros, somos vagabundos”, le dicen ellos, y ella responde: “Todos los escritores son vagabundos, ojalá un día me cuenten entre ustedes”. En México, en la casa azul de Coyoacán, se acuesta en la cama de Frida Kahlo y observa las mariposas que el artista estadounidense Isamu Noguchi  regaló a la pintora mexicana, para que tuviera algo hermoso que mirar durante todos esos años que pasó acostada, según Patti Smith, Frida Khalo y Diego Rivera eran sus guías cuando tenía 16 años (algo que ahora sería como mucho, pero que obviamente funcionó para ella); en Montagnola, una pequeña villa en el sur de Suiza, le toma una fotografía a la máquina de escribir de Hermann Hesse; en la Librería Pública de Nueva York le toma una foto al bastón de Virginia Woolf; en la casa que ocupaba Tolstoi cuando estaba en Moscú capta la imagen de un oso embalsamado.

En los hoteles de Berlín y ­Detroit se encierra días enteros a ver series de detectives, desde la sofisticada ‘The Killing’ hasta la sobreexpuesta ‘CSI Las Vegas’. Y en Blanes, claro, capta con su Polaroid la silla en la que se sentaba a escribir Roberto Bolaño.      
El amor que Patti Smith siente por Roberto Bolaño es de conocimiento público y bordea la locura.

Ella fue una de las primeras en defender la obra del escritor chileno cuando se tradujo al inglés, una de las primeras en decir que ‘2666’ era nada menos que una obra maestra. Ahora parecería que quiere vivir en un libro de Bolaño, no ser Bolaño ni escribir como Bolaño, sino habitar una de sus historias: gastarse la vida buscando a Cesárea Tinajero o, como Auxilio Lacouture en ‘Amuleto’, limpiar las casas de los poetas que más le gustan para que ellos puedan seguir escribiendo. El problema es que la mayoría de autores que Smith idolatra con fanatismo religioso están muertos y entonces tiene que conformarse con visitar sus tumbas y tomar ‘polaroids’ que ordena como los misterios encadenados de un rosario.
“Queremos cosas que no podemos tener.

Tratamos de reclamar un cierto momento, un sonido, una sensación. Quiero escuchar la voz de mi madre. Quiero ver a mis niños como niños. Las manos pequeñas, los pies veloces. Todo cambia. Mi hijo ha crecido, mi padre está muerto, mi hija es más alta que yo, me despierto llorando de un mal sueño. Por favor, quédense para siempre, les digo a las cosas que conozco. No se vayan. No crezcan”.     
Ya se sabe: la gente que duerme en camas en llamas se junta con otra gente que duerme en camas en llamas. ‘M Train’ es un vagón trasatlántico y solitario en el que Patti Smith empieza a despedirse del mundo y a convertirse en un alma que espera poder mezclarse con otras almas: como alguien que pasa de ocupar una bolsa de carne a llenar un cuerpo celeste, infinito. 


Al final del cover de My Generation, de The Who, que incluyó en ‘Horses’, Patti Smith suelta una sentencia no menor: “Nosotros la creamos, hagámosla nuestra”. Se refería a una generación excitada que sigue alterando las mentes de miles de millones de niños o adolescentes a punto de explotar. ¿Cuántas mujeres escaparon de sus padres para convertirse en cantantes de rock gracias a Patti Smith?

Más de una, estoy seguro. Mujeres y hombres que se convirtieron en músicos o en poetas o en empleados de gasolinera, personas que se convirtieron en personas de verdad. ‘M Train’ tiene ese mismo poder de sugestión: lee muchos libros, escucha muchos discos y sal de tu casa, ya, lo antes posible, lo más lejos posible. Anda y visita los restos de la casa que tuvo Patti Smith en Rockaway Beach, en la península de Queens, Nueva York. Párate delante de esos troncos mojados y salados y di gloria a ti. G.L.O.R.I.A.    
Escritor y editor adjunto de la revista Mundo Diners. Autor de la novela ‘Hablas demasiado’.

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