La austeridad es sinónimo de libertad

El Hermano Isaías llegó recién a Quito, pero ya ha recorrido varias veces sus calles. Es religioso de La Toca de Asís, una orden que trabaja con gente que vive en la calle, y que predica y practica la austeridad.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 20 Diciembre 2015

El  Hermano Isaías me da un apretón de mano helado porque ha estado lavando la vajilla. Son las ocho y media de la mañana y en el convento de La Toca de Asís, dos gatos bebés se restriegan en todas las macetas, la gente se mueve ligera y en silencio, de una habitación a otra, y el sol ilumina y calienta el patio central, donde nos sentamos a conversar sobre la austeridad, algo que para él es mucho más que un concepto, es una opción de vida.


¿De qué es de lo único que no podemos prescindir para vivir?
¿Materialmente, dice?
Sí.
Pienso que teniendo en cuenta lo que las propias constituciones de los países nos presentan, igual que el catecismo de la Iglesia cuando habla de la dignidad humana, se trata de tener lo básico: una habitación y el derecho a la alimentación también. Una vez que se puede ofrecer a una persona estas cosas, ya tiene todo. No se necesita tener una vida de lujo, lo que importa también es estar integrado en la sociedad.


¿Y espiritual, emocionalmente, qué es lo básico que necesitamos para vivir?

Una vez un padre brasileño en la prédica nos preguntaba sobre la paz, que qué era. Si era ¿la ausencia de pelea, de guerra? Y nos decía que no, que la paz se vive justamente en medio de todo eso; y hoy la sociedad tiene todo este desorden, pero se trata de mantener la tranquilidad, la seguridad, de saber que dios está con uno. 


¿Cómo es la vida sin pertenencias materiales?
Para mí, como religioso, tener una pertenencia no cabe, porque yo soy una pertenencia de dios. Una vez que yo pertenezco a dios y me lanzo en él tengo la confianza de que me va a proveer de las cosas. Es un desafío hoy, precisamente por todo lo que dicen la sociedad, los medios: que las personas son lo que poseen. Pero no es así. Tantas personas que poseen tanto y no son felices… de hecho, ahí no está la felicidad.


Al momento de entrar a la orden, ¿de qué le costó más desprenderse?

Yo tenía unas colecciones de CD y eso creo que fue lo que me costó más… pero en realidad no me costó nada de lo material. Lo que sí me costó fue la familia; mi madre se puso a llorar mucho. Pero tenía la certeza de que algo más me amparaba y eso me dio fuerza para dar el primer paso. Y desde entonces cada año ofrezco algo: sea material, sea espiritual, sea mi orgullo…

Es muy común en esta sociedad consumista asociar la austeridad con tristeza, pero ¿cuál es la otra cara de la austeridad?

Doy un ejemplo: cuando se dice ayuno, la gente piensa que es sufrimiento, como se piensa también de la austeridad. La gente dice: ¡Cómo me voy a poner a sufrir! Y creen que todo esto es cuestión de poner cara triste, pero de verdad no es así. Yo puedo vivir la austeridad cuando encuentro un sentido en eso, es decir, si hay un porqué, siempre se arregla un cómo. Pero si lo haces sin sentido sí te vas a quedar triste. De nosotros, los religiosos, cuando hacemos los votos de pobreza, castidad o de obediencia, las personas piensan que somos las personas más aburridas de la faz de la tierra.


¿Y no?
¡No! Claro que no. Esto que hacemos es producto de nuestra libertad. Entonces, nosotros libremente elegimos consagrarnos a dios y eso es lo que nos hace felices.


¿Usted cree que libertad y austeridad son, de alguna manera, sinónimos?
Sí, cuando hay sentido en las cosas. Porque yo puedo ser austero por orgullo, y si es así, ciertamente me voy a resbalar, porque mi actitud no está muy bien basada. Entonces, austeridad y libertad caminan juntas.


Al uno no tener pertenencias ni apegos puede estar en cualquier lado, ¿no?
Sí, y las cosas materiales en realidad son las más fáciles de dejar. El problema mayor es dejar atrás las tradiciones y las ideas con las que uno es criado, por ejemplo; el orgullo; la manera en que pienso… eso es más difícil de dejar.


¿De qué otras cosas se puede disfrutar cuando se opta por la austeridad?
Vuelvo otra vez a la libertad. Pero no lo digo en un sentido anarquista, sino en cuanto a no vivir según los dictados del mundo, según la dicha del mundo. Y ahí el propio autoconocimiento favorece mucho.


¿No le parece que también hay vida y goce cuando uno se pone regalón, en medio de la abundancia?
Como el propio Cristo ha dicho, el problema no es tener las cosas, sino la manera en la cual yo las valoro, el lugar que ocupan en mi vida. Muchas personas tienen prejuicios contra los pelucones, pero no tiene por qué ser así si es que ellos son personas de bien, si son buenas gentes. Una vez que saben utilizar lo que tienen no hay problema. No es lo que tienen sino cómo lo tienen. Hay que tener cuidado para que de eso no dependa nuestra felicidad.


¿Está lista la sociedad contemporánea para asumir la austeridad o para vivirla de alguna manera?
Infelizmente vivimos la cultura desechable, incluso en las relaciones. Por eso entendemos como algo malo a la austeridad, a la penitencia, al propio sacrificio… Hay que tener en cuenta que la austeridad es también un acto de libertad, que puede llevar a la felicidad, porque no es que somos masoquistas (risas).
Pero pueden parecer.


Pero no lo somos. ¿Qué ocurre con el masoquista? 

Él sufre como una forma de encontrar el placer. La austeridad está más enfocada en beneficiar al prójimo, no a uno mismo.

Piense en un defecto, algún aspecto no muy simpático, de la austeridad.
Cuando no se tiene en mente un sentido mayor. Cuando no se va al encuentro del prójimo y termina siendo un hecho para que crezca mi ego, para decir: yo soy austero, yo puedo todo, mira cómo soy de santazo…

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