Delirio y pasión en Guayaquil

Por primera vez los dos equipos más grandes de Guayaquil juegan una final. Enuna urbe tan volátilmente futbolizada, el hecho ha creado una atmósfera singular.



Francisco Santana (O)* 20 Diciembre 2014

El delirio y la pasión, junto con todo eso que contienen -incluso la miseria- invaden Guayaquil porque, dicen los expertos (debemos considerar que siempre hay expertos para todo), que nunca antes en la historia del Campeonato Ecuatoriano de Fútbol, Barcelona y Emelec se habían enfrentado en la final. ¡Cuánta sapiencia!

Los equipos más populares de Ecuador, hijos predilectos del Astillero, jugaron el miércoles pasado el primer partido de
la final (ida y vuelta) y el clásico terminó en empate a un gol. Barcelona fue local, y la opinión de muchos espectadores es que Emelec jugó mejor, tuvo más oportunidades de gol y por momentos sometió a su rival; eso provocó que los fanáticos amarillos permanecieran en silencio mientras sufrían en las gradas del estadio, apretando.

Pero también suponemos, que por ambos lados se apretó bastante, se fumó (no solo cigarrillos), se bebió y se sufrió mucho en bonitas residencias, bares, cantinas, salones, tugurios, calles de polvo y cemento, en las aceras y en cualquier rincón donde los fanáticos prendieron un televisor. Qué deliciosa palabra que es prender, dicen en el cerro Santa Ana.
Guayaquil se achica

Guayaquil está apretada estos días. Parece pequeña con tanto alboroto, gozo y fiesta. Hay una coqueta alegría que no es posible esconder ni disimular. No le pidan a la gente que se comporte con sensatez, ecuanimidad y sin excesos. Todos, en algún momento, somos insensatos. También -hay que ser sinceros- en demasiadas ocasiones somos estúpidos y ridículos. Quizá la única oración que valga, la única cosa que los mortales debemos pedir a los dioses (cualquiera que estos sean) es: “No me permitas hacer el ridículo, sobre todo cuando llegue a viejo”.

En Guayaquil el fútbol no está viejo, aunque falta poco para que muera el año. El clásico ha puesto todo joven, hasta los precios de entradas para ver los partidos y los productos de consumo se renovaron. Es diciembre y los villancicos se confunden con las canciones de Barcelona y Emelec. No hay descanso para el oído. Sin embargo, mucha gente -demasiada- anda nerviosa. Es el tufo de la gloria y la derrota lo que se esparce como inquieta y maligna pelusa por el aire, se introduce por la nariz, origina estornudos y el rostro adquiere un tono rojizo. Es comprensible, nadie quiere perder, todos desean el triunfo. El hombre no está hecho para la derrota. Por suerte he podido comprobar que algunos seres humanos son indestructibles. Nadie quiere las migajas, la indigna cosa esa del fracaso. ¿A quién le gusta o prefiere perder? La historia recuerda y encumbra al vencedor. Tal es la estúpida condición del éxito que hemos fabricado.

Algunos sabios, ridículos videntes, dicen que se trata de ‘la final del siglo’. Inquietos y bamboleantes comentaristas deportivos despotrican, maltratan el tímpano con la odiosa, desprovista de imaginación, ya vulgar y común expresión: “Un sueño hecho realidad”. Vaya cosa para más ordinaria nenes. Esto es una suposición: se prefiere ser ordinario que desconocido.

La historia con Barcelona
Lo real es que la historia dice que Barcelona ganó más clásicos (65-61) y es dueño de 14 campeonatos. Sus credenciales, es probable que el color amarillo de su camiseta, la reciedumbre de muchos jugadores que se curtieron y pasaron por el equipo, y una distorsionada (falsa también podría ser) idea de lo popular -donde se incluye una patética asociación con políticos-, lo han transformado en el equipo con la mayor cantidad de seguidores del Ecuador. Para muchos representa el ídolo que consume sus pesadillas y una necesidad, algo extremo,
la razón de existir.

Emelec tiene 11 coronas. Es el actual y primer campeón nacional (1957). En 1961 fue campeón invicto, no perdió ningún encuentro. En algún momento de la fábula, que es la pequeña y trasnochada historia de nuestro fútbol, lo bautizaron como ‘El Ballet Azul’. Aquellos que tuvieron la dicha de observar y grabar en su memoria la belleza de su fútbol, dicen que la frase es adecuada y corresponde a una época gloriosa. Con la destreza, prestancia y calidad de sus jugadores forjó una hinchada que, aseguran los expertos, es la más fiel de Ecuador.

Por la noche, un tipo vestido de amarillo pasa en una moto y dispara tres veces, celebra el empate; lo acompañan dos motos más, en cada vehículo van dos personas. “Un solo Ídolo…”. En su grito se hace patente el delirio y la pasión. Volvemos sobre la idea del ridículo tan temido, la pequeñez y ordinaria locura de disparar en la calle. No hay dios que sirva ni paz que valga. No existe fuerza, ni siquiera moral, que sirva para combatir el espíritu del exceso, el exagerado sentido de la aventura. Parece que a los hombres les gusta la guerra, la estupidez.

Guayaquil, esta ciudad de cerro, ría, pantano y manglar, se revuelve por Barcelona y por Emelec, con la pasión contenida en un balón. La pasión nubla el entendimiento. En ocasiones uno se coloca una máscara y entonces solo queda la farsa. La gente viste de amarillo y azul, divide la vida en colores que no se pueden manchar ni traicionar. Si vives aquí, hay que tomar partido. Si te declaras neutral, los demás sospechan que eres de mentira. Te estalla la burla en la cara y la derrota será tu premio.

Siempre hay que jugar
El juego de pelota es el truco de una sociedad devastada, donde la miseria cocina las calles y recrea el sueño de que todavía es posible alcanzar la vana gloria a través de la ilusión que provoca el fútbol. No importa si no estás sobre la cancha, siempre hay que jugar. No importa si no naciste para competir, siempre hay que jugar. No importa si nadie te ama y tus ídolos te desprecian, siempre tendrás un hueco para jugar en las gradas, detrás de las mallas. Serás un ser común que vivirá de delirios en espera de la gloria que otros te regalarán.

Parece poca cosa, sin embargo, todavía muchos prefieren inclinar la cabeza y adoptar un ídolo. Algunos siempre elegirán no pensar. Se presume que es harto difícil cultivar la ­cualidad de pensar y cuestionar todo, incluso aquello que inunda de fuego el corazón. Todo este delirio y locura que se perciben en las calles también es la cultura de un pueblo. Nada parece alcanzar, ni los alcoholes ni los amores, para aplacar el fuego que consume la mente y la carne de los eternos hinchas, aquellos que pagan para mantener a sus ídolos, mientras pequeños, ellos aguardan por la gloria arrumados en cualquier lugar.    *Escritor  guayaquileño  que colabora para varias revistas del país.  En marzo del 2013  lanzó su libro ‘Historia sucia de Guayaquil’.

Barcelona, desde 1925
Fundado el 1 de mayo de 1925, por jóvenes españoles aficionados al Fútbol Club Barcelona y ecuatorianos miembros de la ‘Gallada de la Modelo’ del barrio del Astillero.  Fue en la casa del catalán Eutimio Pérez. Por eso se llama Barcelona.

Emelec, desde 1929
Fundado el 28 de abril de 1929 por el estadounidense George Capwell, superin­tendente de la Empresa Eléctrica del Ecuador. Capwell tenía predilección por el béisbol, su idea no fue formar un club que se centrara en el fútbol.

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