El regalo alimenta el propio ego

De paso por una misa en Quito, monseñor Julio Parrilla se da unos minutos, antes de volver a su Diócesis en Riobamba, para desmenuzar a la generosidad.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 21 Diciembre 2014

Por momentos, mientras la conversación avanza, es inevitable sentirse habitante de una dimensión desconocida, porque la voz de Monseñor Julio Parrilla es hipnótica. Como si lo estuviese haciendo para una de sus pastillas radiales de ‘Junto al Pozo de Sicar’, el padre Julio  reflexiona sobra la generosidad con tanta elocuencia que parece que hubiera leído el cuestionario de antemano. Pero no es el caso.

El cielo amenaza con caer sobre nuestras cabezas (truenos, rayos y centellas amenizan la tarde del jueves 18) y el padre Julio tiene que volver lo antes posible a Riobamba, donde vive hace casi dos años. Sin embargo, generosamente, se toma el tiempo de compartir de buena gana sus ideas sobre esta virtud, que se tergiversa y edulcora hasta la náusea en épocas de compra-venta navideña.

Etimológicamente, la generosidad no corresponde exactamente a la acepción que le damos informalmente hoy: dar; sino que tiene que ver más con una  buena predisposición del ánimo.
La generosidad es una virtud y como toda virtud supone una fuerza y, por tanto, un esfuerzo. La generosidad es un talante, una actitud ante la vida. Dar lo que te sobra es fácil, sobre todo cuando tienes mucho, pero darse uno mismo, comprometer la propia vida es otra historia.
 

Es decir que en esta época nos ponemos más regalones que generosos, ¿no?
En el fondo todos aspiramos a una cierta generosidad, porque cuando eres generoso te sientes más humano. Pero también hay una banalización de la generosidad.

¿En qué sentido?
En el sentido de que hay unas fiestas como las navideñas en las que parece que es obligatorio ser bueno por unos días, y muchas veces en esos días tratas de redimir la mala relación que tienes con la suegra, con tu hermano, con tu pareja. Entonces el regalo también nos ayuda a salir del paso e incluso al final alimenta el propio ego, porque acabamos teniendo un mejor concepto de nosotros mismos porque somos regalones.

¿Hay generosidad total?
Hay un concepto moralista de la generosidad que identifica al generoso con el absolutamente bueno y eso en este planeta no existe. Se puede ser generoso y al mismo tiempo una persona limitada. Siempre van a estar el egoísmo, el interés y también la torpeza. Pero dentro del límite humano creo que hay una intención amorosa del corazón que nos hace ser fundamentalmente generosos.

¿Qué detonó que asociemos esta necesidad de darnos cosas con la Navidad, en la que el mundo cristiano  celebra el nacimiento de Jesús?
En estas fechas nosotros tenemos la imagen del Niño Jesús, pero la imagen definitiva de Jesús en este planeta es la del crucificado; es decir, de aquel que muere por amor. Entonces la imagen de Jesús es profundamente generosa y por eso en este tiempo navideño queremos participar de su generosidad.

¿Por qué hemos decidido ser generosos solo una vez al año: en Navidad?
Porque una vez al año no hace daño (sonríe). Y ser generosos una vez al año no nos compromete demasiado. Por otra parte, nos tranquiliza en cuanto a nuestra autoconciencia. Ese concepto de la Navidad como un tiempo de bondad obligatorio es un empobrecimiento de la propia Navidad y también de la condición humana. El hombre no debe de medir la generosidad, como tampoco puede medir el amor.

¿En qué consiste la verdadera generosidad, si es que eso existe?
Sí, la hay. Y los que somos adictos al Evangelio nos damos cuenta de que hay una generosidad auténtica que es la entrega de la vida y el modelo es Jesucristo. ¿Qué hace Jesús que muere tan joven, tan roto y tan abandonado? Dar la vida y eso es lo que nos salva. Porque a ti te salva quien da la vida por ti, no quien te habla, promete, dice… y después no cumple.

Ese ‘dar la vida’ es sobre todo figurado, ¿no?
Por supuesto; la cruz es un imaginario. Hay muchas maneras de dar la vida. La cruz significa todas esas maneras. He conocido mujeres espléndidas,  capaces de dar la vida por el hijo discapacitado, capaces de dar la vida por un marido enfermo, capaces de dar la vida por su comunidad. Pienso en tantas mujeres consagradas a la vida religiosa; conozco a muchas para quienes el mundo empieza y termina en los enfermos. La generosidad ocurre mucho en la realidad femenina, pero también en la masculina.

¿Puede haber algo contraproducente en la generosidad o solo es positivo todo lo relacionado a ella?
La vida humana está llena de ambigüedad y contradicciones. La generosidad puede ser una virtud y a la vez generar actitudes no razonables. Como cuando tú tienes un hijo al que generosamente le das todo, y al final lo estás convirtiendo en el idiota de turno, que nunca será capaz de coger las riendas de su vida y sacarla adelante. Yo creo que la generosidad tiene que ser también razonable y hay que ubicarla en el contexto de la justicia y la equidad.

¿Hay estados o tipos de generosidad, o es una sola?
La generosidad es una sola, como inspiración, pero se puede realizar de muchas maneras. No es generoso el que más da, a veces el que más da puede ser un inconsciente y hacer más daño que bien. Es más generoso el que más ama.

¿En qué aspectos nos cuesta más ser generosos?
Lo que nos resulta más difícil es amar. Claro, a golpe de telenovela parece que amar es fácil. Pero amar es muy difícil y a la gente hay que decirle la verdad, porque sobre el amor decimos muchas tonterías y banalidades. Y tenemos un concepto tan apriorístico que sobre todo en este tiempo de Navidad tendemos a edulcorar. Amar es difícil, porque el amor es sobre todo un compromiso.

Denos un par de consejos prácticos para volvernos más generosos.
Hay tres pasos que coinciden con una pedagogía que la Iglesia aplica mucho, especialmente en América Latina. El primero es ver la realidad. Hay gente que no está capacitada para la generosidad porque tampoco conoce de cerca la necesidad y el dolor humano. Ojos que no ven, corazón que no siente. El segundo paso es la capacidad de juzgar esa realidad desde una perspectiva ética, y para los creyentes desde una perspectiva religiosa. Toda la realidad merece un juicio; cuando esa realidad se ilumina desde los valores éticos te das cuenta de que no puedes quedarte indiferente ante lo que ves. Y el tercer paso es el compromiso de la vida: actuar. No puedes ver, juzgar y no actuar. Hay que posicionarse en la vida; lo contrario es una cobardía o una inconsciencia que puede ser también interesada.

Monseñor Julio Parrilla
Monseñor Julio Parrilla
Nació en 1946 en Ourense, Galicia, España. Se ordenó sacerdote diocesano en 1975 en Salamanca. Tiene tres licenciaturas: Filosofía Pura, Filosofía y Letras y Teología. Es el Obispo de Riobamba hace un año y 10 meses. Vive en Ecuador hace 24 años. Rad

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