El divismo, una ilusión contra natura

El culto al cuerpo, a la juventud y a la celebridad construye la idea del individuo divinizado; el simulacro anula su esencia humana.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 22 Noviembre 2014

Su gesto es gracioso, corresponde, no libérrimo, con una actitud desenfadada ante las cámaras, a esas que seduce y de las que no quiere verse -jamás- distante.

El gesto es gracioso, pero desen­cajado, como si el rostro no empatase con la edad, como si quien gesticula se aferrara a la imagen que alguna vez fue y negase la proximidad del ocaso. ¡Ay, el divismo que se empeña en combatir al embate de Cronos y la ley de la gravedad!

El divismo, ese fenómeno de divinización del individuo por la admiración de la gente, ha consolidado a figuras en el imaginario colectivo, figuras que pretenden no ceder ante el tiempo, mantenerse vigentes en forma (la Duquesa de Alba, recientemente fallecida y otros  tantos ejemplos en el cine, la música, la TV). Actrices y actores, celebridades y‘socialités’ son sus instrumentos en estos días, propios de la sociedad del espectáculo. Su imagen resulta simbólica en la vida de la gente, tiene un efecto similar al de la iconografía religiosa y entre sus antecedentes están aquellos emperadores, que repartían estatuas suyas por todo el imperio, para mostrar su omnipresencia.

Mas no hicieron falta estampas ni mármoles para mantener el divismo, el impacto mediático y las formas del espectáculo lo siguen construyendo. Es más, se intensifica  contradiciendo el orden natural, cediendo ante el bisturí, buscando alfombras rojas y modas, aferrándose a la representación que de ellos se creó y de la que ya no pueden independizarse: una personalidad sustituida por la imagen, un ser humano sin más dimensión que la física.

Un culto triple construye y mantiene al divismo, pero también identifica su falsedad ante el paso del tiempo: el culto al cuerpo, el culto a la juventud y el culto a la celebridad.

El divismo deifica al individuo
El divismo deifica al individuo
desde una imagen icónica, de la cual, luego, este no puede desprenderse.

Convencidos -entre el mercado y el espectáculo- del deseo de ser bellos, porque solo ellos triunfan o son amados, las personas sufren la presión social por conseguir un cuerpo hermoso -según el modelo imperante- y joven. Y así se ha pasado del gimnasio y la dieta a los quirófanos.

“El culto al cuerpo es circunstancia de una sociedad tecnológica, occidentalizada y rica”, escribe Begoña Román Maestre, en el artículo ‘El culto al cuerpo: algunas reflexiones filosóficas’ (revista Bioética & Debate). El cuerpo como objeto es una posesión, de la cual se dispone o indispone a voluntad, que monopoliza todas las dimensiones humanas; cuando  toda relación social se centra y reduce al cuerpo y solo a él, las leyes de la naturaleza se someten a otras más arbitrarias. Solo mantenerse en forma, deforma.

En el contexto actual -apunta Román Maestre- mientras se propone la necesidad de respetar la intimidad o la decisión personal sobre sí mismo, el cuerpo debe ser lucido en público, como prueba de liberación de prejuicios. Pero esa liberación lo somete al mercado de las imágenes,  al reemplazo de sus partes; y la relación intrínseca del individuo concluye en el conflicto entre la voluntad y el natural desgaste físico (que siempre vence).

Y vence para volver a las personas reales, vulnerables al paso del tiempo. El colombiano Santiago Gamboa escribió para Cambio sobre el único tema en el que es radical e intolerante: “En el que no escucho razones: las mujeres de mi generación son las mejores. Y punto. Hoy tienen cuarenta y pico, incluso cincuenta, y son bellas, muy bellas, pero también serenas, comprensivas, sensatas y, sobre todo, endiabladamente seductoras, esto a pesar de sus incipientes patas de gallo o de esa afectuosa celulitis que capitanea sus muslos, pero que las hace tan humanas, tan reales. Hermosamente reales”.

Sin embargo, siguiendo la lógica  -si es que la tiene- del divismo, atrás ha quedado la idea de que la edad trae consigo experiencia y sabiduría, ha sido reemplazada por  una máscara. La juventud deja de ser una edad, una etapa de la vida, para ser presentada como una virtud. A ella se le atribuyen conceptos y características de idealismo, espontaneidad y  veracidad; sin reparar que allí se entrecruzan la inacción, resultado de una virtualidad y conectividad desmedidas;  y las claves de una sociedad sumida en el simulacro y ansiosa de celebridad.

Celebridad, el culto a la celebridad, el tercero que incide en la construcción del divismo y de quienes se aferran a esa ilusión. Para Zygmunt Bauman, en la ‘sociedad red’, el individuo tiene miedo de ser abandonado, condenado al ostracismo, desechado, simplemente por el sentido de pertenencia a un grupo de la comunidad. Pero “lo que realmente preocupa es la afirmación de temas, que yo llamo ‘nuevos intermediarios culturales’, cuya misión es crear la celebridad y su culto, para el bien de los negocios y de las ganancias”, dice el polaco.

Bauman considera que la sociedad de consumo crea la demanda de las celebridades y reconstruye el sistema de estrellas; especialmente para responder al ‘sueño’ de los lectores/espectadores, de aquellos que padecen lo que en inglés se conoce como ‘celebrity worship syndrome’. “Al final, la persona famosa en la sociedad líquida no es más que una mercancía”, propone Bauman. Una mercancía instrumento del divismo, que se opone al paso del tiempo, para perpetuar una imagen, una ilusión, y que en ello diluye su esencia humana.

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