Chimbacalle y su difícil camino a la recuperación

Este barrio tuvo su desarrollo con la llegada del tren a Quito. Entonces nacieron varias industrias y zonas residenciales. La recuperación arquitectónica y urbana actual no es suficiente.



Víctor Vizuete E. Editor 27 Junio 2015

Chimbacalle es un barrio largo y ancho, lleno de casas de poca altura y calles aletargadas. Sus 80 hectáreas están repartidas en varios ‘macrositios’, como la estación del tren y su entorno, la Ciudadela México, el barrio Los Andes y las ‘casas colectivas’, un hermoso conjunto habitacional de estilo inglés ubicado detrás del cine México, viejo refugio de estudiantes ‘peristas’ y obreros cansados, que estuvo a punto del colapso y ahora luce renovado.

Las ‘casas colectivas’ fueron un proyecto pionero de vivienda multifamiliar en Quito. En sus 28 departamentos de 54 m², distribuidos en dos bloques, se rodaron muchas escenas de ‘Ratas, ratones, rateros’, recuerda el arquiecto Diego Salazar.

Es un barrio tranquilo, lleno de esquinas sugerentes y muchos perros callejeros. Con rincones que atrapan, como las dos iglesias (antigua y nueva) del parque central; la delgada, larga y negra trenza de asfalto de la calle Alpahuasi; o las 250 casas de la Ciudadela México, que levantó el Seguro Social en 1940 y que están rodeadas por recovecos y pasajes sin salida (Pastaza, Jubones...) “donde los niños jugábamos a las escondidas”, según Gladys Córdova, una residente de toda la vida.

La importancia de Chimbacalle (‘calle hecho trenza’, referencia a la antigua calle Maldonado) como barrio histórico no tiene la trascendencia de otros, con más prosapia, como San Roque, San Juan, La Tola o San Sebastián, su vecino.

El arquitecto Fernando Flores señala que en la Colonia solo era una zona de tránsito entre la urbe y el Qhapag Ñan o Camino de los Incas (nuevo Patrimonio de la Humanidad), que empezaba donde hoy nace la Alpahuasi (calle del Chasqui) y llevaba hasta Cusco.

A inicios del siglo XX, con la llegada del ferrocarril a Quito en 1908, ese asentamiento sufre una explosión. Nace asociado a la dinámica de la locomotora y a la industria vecina, principalmente textil, junto con barrios obreros zonificados como tales en el Primer Plan Maestro de Quito, afirma el arquitecto Fernando Puente Sotomayor.

Este despegue se refuerza en 1914, con el funcionamiento del tranvía, que salía y llegaba desde y hasta esa estación.
Chimbacalle vivió, entonces, su época de esplendor. Fábricas como La Internacional (ahora  Colegio Quito), Tejidos Palacios, de Fósforos (luego el Retén Sur), Sombreros Yanapi, La Industrial (textil) y los Molinos Royal daban trabajo a más de 7 000 personas. Luego, junto a la Oficina de Estancos y el  Monte de Piedad, llegaron  Aga, Umco, Orangine, Somvalle.

La presencia de esas industrias y sus obreros hizo que en el sector se instalara el  Comedor Obrero municipal, donde se organizaban animados bailes semanales. “Los almuerzos eran tan buenos que bajábamos del centro a comer allí”, afirma Adrián Barahona, de 75 años, quien vivía en el centro antes de afincarse en Chimbacalle.

La dinamia del ferrocarril  también se reflejó en el equipamiento turístico y hotelero. Incluso hubo un hotel de lujo (La Estación) y célebres salones como El Botecito, Palace, Rancho Grande y La Chiquita.

La muerte del tren significó la agonía barrial. Las fábricas comenzaron a desaparecer, y los hoteles, restaurantes y comedores se marcharon con el silbido de las locomotoras.

En el 2002, el Municipio de Quito elaboró un plan especial de recuperación del barrio. El alcance del proyecto buscaba la rehabilitación urbano-arquitectónica del sector con fines turísticos. Los proyectos  fueron: conformación de una plazoleta al frente de la estación, con un puente peatonal sobre la avenida Maldonado para enlazarla con La Industrial; mejoramiento de vías y aceras; y construcción de estacionamientos. “Ninguno se ha realizado hasta el momento”, afirma Flores.

En lo arquitectónico, se rehabilitaron las instalaciones de la fábrica La Industrial, para el Museo Interactivo de Ciencias; el complejo ferroviario de la estación, para el turismo y museos; el cine México, para convertirlo en teatro; la vieja iglesia y el Comedor Obrero ahora con  función social.

No obstante, todo ello no fue suficiente para devolver al barrio la pujanza, la actividad y el dinamismo de los años 40, 50 y 60, cuando fue el centro económico de Quito, sigue Flores. “Existe un 40% de viviendas originarias con pocas trasformaciones (porcentaje alto en términos urbanísticos) y Chimbacalle se ha estacionado en el tiempo. Su componente poblacional, en su mayoría, está sobre los 50 años. Es un barrio que envejece”, dice Salazar.

Las calles están vacías. Atrás quedó el Chimbacalle de los bohemios del Pobre Diablo; de deportistas como los Loros Almeida; de  poetas como Ulises Estrella, Humberto Vinueza o Euler Granda; de artistas  como don Nicolás Delgado...
También los días azarosos del ‘Chicago Chiquito’, donde el ‘Carbonero’ y el ‘Negro’ Almagro imponían la ley a punta de trompón... son cosa juzgada. Aunque la inseguridad todavía es uno de los males del barrio, explica Manuel Rico, un conservado anciano de 93 años que se jubiló en la fábrica Umco y siempre vivió en la zona.

“En Chimbacalle solo se intensifica la actividad más de lo cotidiano en sitios y en momentos como los días de feria en el mercado o cada vez que en eventos se elogia a edificios patrimoniales como la Estación del Ferrocarril o el Teatro México”, apunta Puente.

Flores cree que la recuperación integral del barrio es  tarea difícil. “Para su rehabilitación se podría retomar el papel del turismo inducido por el propio tren, pues Chimbacalle tiene muchas cosas que mostrar, incluidos los edificios icónicos recuperados.  Pero, sobre todo,  hace falta resolver el aislamiento que se produjo con la ocupación de la av. Maldonado con el trolebús. Hoy, el único acceso es por la av. Napo desde el norte, sur y oeste, lo que produce el encierro y la incomunicación”.

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