Con la molotov, la protesta es incendio

El artilugio incendiario, que toma su nombre de un viejo bolchevique, mantiene su vigencia en las movilizaciones sociales y los conflictos urbanos.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 27 Septiembre 2014

Casi siempre, cuando una molotov estalla, estalla también una idea. La imagen ya es icónica. Sobre el pavimento, el protestante se impulsa frente al piquete policial; uno de sus brazos equilibra la acción de su cuerpo y el otro agarra en su extremo una llamarada contrapoder: un coctel con onzas de gasolina, de resistencia a la intimidación, de ira ante la prepotencia.

Usualmente herramienta de combatientes no equipados profesionalmente, fueron los fineses quienes bautizaron  ‘molotov’ a la bomba artesanal, como una referencia insultante al bolchevique Viacheslav Skrjabin, alias ‘Molotov’. En 1939, a  meses de iniciada la II Guerra Mundial, Stalin propuso la invasión de Finlandia; la llamada Guerra de Invierno dispuso bombardeos soviéticos sobre territorio finés.

El canciller Molotov -volteando la realidad con propaganda, intentando adornar con discursos las sentencias de sus acciones (tan actual resulta su táctica)- comunicó que su ejército no bombardeaba sino que enviaba alimentos, ayuda humanitaria. “Si Molotov pone la comida, nosotros pondremos la bebida”, fue el sarcasmo de los fineses. Su resistencia frustró a las fuerzas soviéticas, los ‘cocteles’ no solo complementaron la nefasta alegoría de la comida sino que inhabilitaron a los tanques del enemigo.  El arma resultó tan efectiva que la firma Alko produjo molotov a escala industrial: un total de  450 000.

Pero ese relato –como todos tiene un antes y un después. El antes propone el origen del coctel molotov (sin ese nombre) en la Guerra Civil Española y con su uso distribuido entre ambos bandos. Las falanges de Franco lanzaban bombas incendiarias contra los tanques T-26 y T-28 soviéticos que apoyaban a los republicanos; y estos, contra la artillería del bando nacionalista. Pero incluso desde antes, España sabía de la existencia de estos cocteles inflamables. En 1831, la Gaceta de Madrid reseñaba un encuentro entre piratas y un falucho guardacostas de Granada; “…el patrón del falucho arrojó varios frascos de fuego al contrabandista, de manera que la tripulación de este tuvo que arrojarse al mar…”

Desde ese entonces, hasta estos días de, colegiales apresados la molotov persiste inflamando, respondiendo, violentando, protestando.

Usada tal cual o en versiones mejoradas por la Polish Home Army, por las milicias de IRA o en las revueltas ucranianas del 2014, esta ‘granada del hombre pobre’ ha desarmado tanques, esparcido miedo y desatado enfrentamientos urbanos.

La semana pasada y su precedente se escucharon noticias del uso de varias molotov. En Jerusalén, palestinos contra judíos. En Tarragona, descono­cidos contra una mezquita. En Huancayo, un septuagenario contra quienes buscaban desalojarlo. En Canberra, un individuo contra un policía. En Kansas, otro sujeto contra el diputado Emanuel Cleaver. En Ferguson, manifestantes contra la Policía, después de que esta asesinara a tiros al desarmado joven afro Michael Brown. En Calais, pobladores contra inmigrantes. En Cancún, una represalia de Los Zetas contra el dueño de un prostíbulo. En Chile, carabineros detuvieron a estudiantes que poseían botellas de vidrio y ­bidones de combustible.

Más allá del efecto químico de la candela sobre el inflamable, prevalece la intención de quien arroja la molotov: un intento contestatario ante la maquinaria estatal o un mecanismo de agresión o una reacción ante la provocación. En Ecuador, requisas de ministros e intendentes hallaron botellas de cerveza, bolas de yeso, naftalina en secundarias de Quito, y propusieron tal hallazgo como justificativo para la acción policial.

La fórmula general para la fabricación casera de este artilugio termobárico enumera: un trozo de tela –a usarse como mecha–, una botella de vidrio delgada y gasolina; y  elementos secundarios como la parafina –prolonga la duración del fuego– y otro agregado  (aserrín, aceite de motor, grasa, vaselina) que hace de la mezcla algo más ­adherible e inflamable.

No. El yeso (aunque el ‘de París’ tiene usos explosivos) no es ingrediente de un coctel molotov. Afirmar lo contrario es comparable con reducir una marcha ciudadana a incidentes con las ‘fuerzas del orden’ y,  así, anular la carga de propuesta, de rechazo o de ideología que acarree una movilización popular.  Otra estrategia ‘molotoviana’ o ‘goebbelsiana’ para manipular la opinión pública.

El arma incendiaria, simple y efectiva, es considerada –junto con una veintena más de elaboración casera ilegal de fabricar y de poseer. Mas su uso en la protesta social y en los enfrentamientos de ‘guerrilla urbana’ la ubican en los bordes inexactos entre delito y rebelión.

El significado de la molotov como arma de resistencia y contrapoder ha calado dentro de la cultura popular. Si la banda mexicana homónima se preguntaba ‘¿Dónde jugarán las niñas?’, el deathcore estadounidense proponía al grupo Molotov Solution. Una corriente literaria ha asumido el nombre de la bomba para soltar -en la blogósfera textos breves y volátiles, políticamente incisivos, narrativamente contundentes; ficciones alejadas de la metáfora y escritas con acción, asfalto y víscera. ‘Call of Duty’ lo integró también en el arsenal del ‘videogamer’.

Las variables del arte contemporáneo también han bebido las ideas que se contienen en esta botella con líquido inflamable. El brasileño Cildo Meireles en su ‘Inserción en Circuitos Ideológicos: Proyecto Coca-Cola’ (1970) estampó sobre los frascos de cristal mensajes movilizadores para la protesta social; entre ellos, las instrucciones para armar un coctel molotov. Luego devolvía las botellas a su circulación masiva; era un sistema de comunicación alternativo al aparato oficial del  régimen militar.

Instrucciones
Instrucciones
Cildo Meireles indicaba cómo armar una molotov en su ‘Proyecto Coca-Cola’ (1970).

En la Internet abundan manuales de fabricación y videos explicativos de su funcionamiento. Mientras, en la calle real, los ingredientes se siguen buscando y los cocteles, elaborándose. La molotov existe y con ella esa idea, esa ‘chispa que incendia la llanura’.

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