Una pérdida no es el fin de la lucha

Con Pedro Restrepo se puede hablar de muchas cosas; es un conversador agradable e interesante; pero de lo que no se puede dejar de hablar, por nada, es de la perseverancia, esa que lo mantiene vivo.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 27 Septiembre 2014

El riesgo que se corre al conocer personalmente a quien uno admira es decepcionarse. Asumo el riesgo, y no es el caso ni de lejos... Pedro Restrepo supera con creces la idea que tenía de él. Su voz suave y clara es el empaque perfecto para sus ideas sencillas y lúcidas sobre la perseverancia; una palabra que se usa a la ligera, y que seguramente muy pocos –entre esos él– han hecho carne.
Me recibe en la casa en la que ha estado desde 1981, donde vivieron “los niños”, como él llama a sus hijos Carlos Santiago y Pedro Andrés. Ambos fueron desaparecidos por policías ecuatorianos en enero de 1988, en un caso que no termina de aclararse, pues sus cuerpos no han sido recuperados.

Ni él ni su esposa, Luz Elena Arizmendy (fallecida en 1994), pensaron nunca en dejar su casa, por no caer en lo que él ha bautizado como la ‘fuga geográfica’: “Los problemas no desaparecen porque uno se cambie de lugar”, me dice entre las muchas otras cosas sensatas que tiene la generosidad de compartir conmigo, la mañana en que lo visito, cuando han pasado 26 años, 8 meses y 15 días (lleva la cuenta) de la desaparición de sus hijos. Y él sigue luchando por encontrarlos.

¿Paciencia y perseverancia son sinónimos?
No son tanto sinónimos, como complementarios. O sea la perseverancia es insistir en una idea en la cual creemos y tiene que ser totalmente ayudada por una paciencia muy grande.

¿La constancia vence lo que la dicha no alcanza?
Yo creo que sí. Los tiempos en la vida pueden ser muy largos.

Se necesita humildad para estar dispuesto a esperar.
Todo tiene que ver con la importancia de lo que se pretende. Hay cosas por las que vale la pena luchar, como el caso de nuestros hijos. Pero hay otras  que aparentemente son muy importantes, pero que quizá no vale la pena lucharlas.

¿Por qué cosas sí vale la ­pena  perseverar?
Por la justicia, la libertad, la verdad, el honor, la dignidad y ante todo por la familia y el amor.

¿En qué situaciones vale más darse por vencido?
Por ejemplo, cuando se inicia una querella o un pleito que más tiene que ver con el orgullo o con la vanidad.

¿Qué ha alimentado su paciencia y perseverancia?
Creo mucho en la voluntad de uno mismo, en las convicciones y en el poder de la mente. Es algo que está ahí dentro de mí, y no solo se ha manifestado en esto que nos pasó.

¿En qué otros ámbitos?
Yo soy ingeniero mecánico y a los 23 años me pusieron de jefe de planta de una empresa textil. Era jefe de un señor que se llamaba Israel y tenía por ahí 70 años, y para él fue tremendo.

Supongo que no habrá querido obedecerle.
Él no quería ni verme, no me hacía caso, se burlaba. Entonces yo empecé a demostrarle que no era el enemigo y que tenía mucho que aprender de él. Para no alargarle el cuento, a los cuatro años de trabajar juntos, yo me vine al Ecuador y este señor lloraba porque no quería que me fuera.

¿Cuánto tiempo le tomó ganarse su confianza?
Un año o un año y medio.

¿Diría que la paciencia es su mayor virtud?
De pronto, sí. Pero es muy aburridor hablar de virtudes y más desde el punto de vista personal. Yo creo que tengo una cualidad, que es ser positivo. Tengo fe, creo en la gente, doy oportunidad y soy facilitador.

Volviendo a la desaparición de sus hijos, ¿qué ha sido lo más duro de la espera de todos estos años?
Lo que se presenta a diario. En la mente ver las caras de esos dos niños, ver sus alegrías, su amor, su proyección de vida.

¿No ha pasado un día que usted no piense en ellos?
No, no ha pasado. Y cada vez que pienso  en ellos mis ojos se encharcan. Porque es algo que uno nunca puede aceptar que haya sucedido. Tanta lucha, tantas cosas que han pasado; y se ha conseguido cosas, porque tampoco es cuestión de negarlo. Pero, por ejemplo, en este momento saber que uno no puede llevar una rosa a un lugar (se quiebra)…

Dicen que Churchill dijo que si uno está atravesando el infierno, la única opción es seguir adelante, ¿qué opina?
Es muy real. Luz Elena, por ejemplo, se rompió al principio, pero luego fue muy importante en esta lucha. Una mujer de mucha chispa, de una facilidad de expresión, de una desinhibición muy grande para tratar con el poder de tú a tú. En ese año que murió ya era prácticamente Luz Elena de nuevo y ahí vino otra tragedia (el accidente). Otra vez fue el infierno, pero había que seguir adelante.

 ¿Qué es lo opuesto a la ­perseverancia?
La impaciencia y el desánimo, pero también el pesimismo. En el caso nuestro, era empezar una lucha con un poder enorme, como la Policía. Uno diría que es imposible. Y la mayoría de gente ve eso.

Y deserta.
Claro, dice: no soy nadie; soy un átomo frente a esto. Y resulta que no, que el poder puede tener las armas, el dinero, el tiempo… nos puede abrumar. Pero el ser humano tiene la paciencia, el amor, la verdad, la inteligencia y la indignación ante la violación de sus derechos.

¿Cuánto de terquedad hay que tener para perseverar?
Mucha. Para pararse 19 años en una plaza, con una bandera, como familia, sin una organización detrás ni nada, hay que tener mucho de terco.

Y no aceptar nunca un no por respuesta.
Exactamente. Ni medias respuestas o una salida fácil. Y yo creo que los grandes cambios en la humanidad son fruto de la terquedad. Un buen científico es una persona que persiste en su idea, hasta que sale con ella o aporta a que otros lo hagan.

¿La perseverancia anida en el corazón o en la cabeza?
En ambas partes, pero en el corazón primero. En la cabeza están las herramientas para no desesperarse y no dejarse vencer. Crear ideas es también parte de la perseverancia. Por ejemplo en el caso nuestro, Martha (su actual mujer; hermana de Luz Elena) ha generado cantidad de ideas para pancartas, para frases, para acciones y eso lo genera el cerebro.

¿Qué le ha dado a usted esta constancia en la búsqueda de sus hijos?
La vida. Donde yo no hubiera luchado me habría muerto. La única forma en que yo podía dormir era haciendo un balance de lo que había hecho ese día por buscar a mis hijos. Ya sea haber escrito una carta, haber visitado a alguien, aunque no me hayan recibido… lo que sea.

¿A qué se parece más la perseverancia: al amor, a la rabia, a la templanza?
Diría que más bien al amor, porque puede tener un componente de rabia, pero a veces la rabia también puede llevar a que la perseverancia se destruya.

¿Cuántas veces hay que perder para ganar?
Las que sean necesarias. La perseverancia tiene que ver con que no siempre se gana. La mayoría de las veces se pierde. Pero no hay que considerar a una pérdida como el fin de la lucha, porque así no se llega a donde se quiere.

Si usted pudiera hablar con sus dos hijos, ¿cuál sería la lección más importante de toda esta espera que quisiera compartir con ellos?
La perseverancia (sonríe).

Pedro Restrepo
Nació en 1943 en Andes, al suroeste de Medellín, Colombia. Ingeniero mecánico de profesión, tuvo una carrera exitosa en Colombia y en Ecuador, hasta fines de los 80 cuando dos sus hijos desaparecieron, y él y su esposa decidieron dedicarse por completo a su búsqueda. Aquejado por una artrosis muy agresiva, ha tenido que volver a aprender a usar las manos; y lo logró. Estos días se lo ve como nuevo.

 

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