La papa milenaria, regalo andino contra el hambre

Un breve recuento de la expansión de este tubérculo, que desde territorio americano sedujo a las monarquías europeas y salvó sus reinos



Flavio Paredes Cruz. Editor 28 Junio 2014

Solo un regalo de los dioses precolombinos podía atravesar los mares, multiplicarse en miles, acabar con hambrunas, convertirse en moneda durante la fiebre del oro en Alaska, ser el primer juguete anunciado en la TV estadounidense, sortear el frío siberiano como el licor nacional de Rusia, iniciar la astrocultura como vegetal cultivado en el espacio por la NASA... Y continuar siendo base alimenticia desde hace 10 000 años.

Y sí, la papa -regalo de Viracocha a Manco Capac y Mama Ocllo, emergidos del Titicaca- ha hecho todo eso. Originaria de los Andes -qué duda cabe, por más que su paternidad se dispute entre Perú, Bolivia y Chile, territorios ocupados por el expansivo Tahuantinsuyo-, la papa fue sustento material, mítico y espiritual de los incas, acaso un tanto relegado por la primacía del maíz.

Tuvo dos vías de entrada a Europa: o fue por las patrias mediterráneas o fue por la isla británica y Países Bajos. En la primera el mérito es de los conquistadores españoles y en  la segunda, del pirata titulado ‘sir’ Francis Drake.  Una de las estatuas dedicadas a este último lo eterniza con la mano derecha en el mango de su espada y con una planta de papa en su izquierda; reza la leyenda del monumento: “Diseminador de la papa en Europa, en el año del señor 1586, millones de personas que cultivan la tierra ben­dicen su inmortal memoria”.

En Europa la novedad asustó a muchos. Había quien la ligaba a la lepra, la malaria, la magia negra, la lujuria; y había quien -al ser un alimento no mentado en la Biblia- se opuso inquisitorialmente a su consumo; la llamaban ‘manzana del diablo’.

Pero otros más santos aceptaron sus dones. En España los primeros comensales y cultivadores de papa estuvieron en conventos y hospitales de indigentes, era comida para pobres. En 1577, Santa Teresa de Ávila escribió una misiva al Convento del Carmen, en Sevilla, para agradecer unas papas que le enviaron. También fue sustento útil para marinos y soldados.

En la antigüedad
En la antigüedad
Antoine Parmentier (1737-1813), ofrece un ramo de flores de papa a Luis XVI, tras la hambruna de 1785.

Fue la soldadesca prusiana la que vigilaba los sembríos  de papa cuando Federico II ‘El Grande’ emitió un edicto que obligaba a su cultivo. Es solo uno de los emperadores, reyes y dinastías que ataron sus nombres al desarrollo de la papa. En Versalles, Luis XVI y María Antonieta lucían la flor púrpura de la planta en sus cabellos y vestidos, como estrategia de persuasión para su cultivo, bajo consejo de Antoine Parmentier, quien sobrevivió en prisión con una dieta estricta de patatas. Y cuenta el anecdotario que cuando el navegante inglés Walter Raleigh presentó la papa ante la corte de Isabel I, los cocineros reales prepa­raron una ensalada con sus hojas, desechando el tubérculo, con resultado desastroso.

En esa misma isla, la Revolución Industrial y el aumento de las tasas urbanas hicieron de la papa cuestión capital; como alimento de poblaciones en crecimiento acelerado, la papa ayudó a la expansión y dominio del mundo por parte de Europa entre 1750 y 1950, es decir, contribuyó al ascenso de Occidente.

La papa fue igualmente decisiva en la historia de Irlanda, país que la adoptó para combatir el hambre y también, paradójicamente, protagonizó la Gran Hambruna cuando sus sembríos fueron arrasados por una plaga. Tal es su incidencia en el imaginario irlandés, que James Joyce la colocó en el bolsillo de Leopold Bloom, en su ‘Ulises’. Mientras Bloom monologaba y se preguntaba sobre la humanidad, el origen y la vida, necesitaba asegurarse de que la papa seguía en su lugar, talismán de compañía y protección.

Si bien lo que comemos nos define como individuos y sociedad; solo comer la papa no significa valorarla. En medio de esta historia de conquistas territoriales bajo la espada, la cruz y la pluma, y de otras marcadas por el gusto o la necesidad, la papa -el cuarto alimento básico según la FAO, tras el maíz, el trigo y el arroz- humilde e indómita, nativa o mejorada, milenaria en edad y variedad, persiste...

La visión de un cronista de Perú*

“Sus orígenes. El dominio del hombre autóctono sobre ella (la papa) está extraviado en el olvido. Manco Capac, el Grande –dadlo por averiguado– comió, semejante a nosotros… Y el pueblo también comía papas, como el Hijo del Sol. Hasta el brillante y suntuoso Huayna Capac y sus hijos pleitistas, Huascar y Atahualpa y sus antecesores, se nutrieron del tubérculo inmortal.
Los españoles la comieron también con gran contentamiento y regocijo, a la usanza nativa… Luego comieron papas nuestros libertadores. Fue a base de papas que lleváronse adelante las heroicas campañas libertarias. San Martín y Bolívar, Sucre y toda la pléyade las comieron con gusto. Después, siguió nutriendo a nuestras eminencias.

Al gran señor y al pueblo soberano, desde la tierna infancia. ¡Las papillas, son papa! Además, nuestra querida papa criolla cumplió misiones altruistas extensas. Todos sabemos de corrido la exitosa aventura de monsieur Parmentier salvando del mortuorio a punta de papa a millones de europeos famélicos en circunstancias de espantosa apetencia… ¡y el mundo agradeció, la adoptó! ¡La papa fue de fama mundial!”

*Del cronista peruano Adán Felipe Mejía y Herrera (1896-1948), quien rescataba la peruanidad de este tubérculo.

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