¿Es el Estado el que nos va a llevar a la felicidad?

Un movimiento para que los Estados provean la felicidad del pueblo recorre el mundo. La idea, sin embargo, no es nueva.



mpallares@elcomercio.com   Martín Pallares Editor 07 Septiembre 2014

Cuando el presidente Nicolás Maduro creó el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo Venezolano, o cuando en el Ecuador el Gobierno introdujo en el Gabinete la figura de la Iniciativa Presidencial para la Construcción de la Sociedad del Buen Vivir, no se estaba creando nada nuevo. La idea de que la felicidad es un bien que debe ser proveído por el Estado no es nueva. 

En el 2010, el gobierno británico de David Cameron introdujo el “índice de la felicidad” en el sistema estadístico del país con el fin de implementar políticas que hagan a la sociedad británica más feliz.   En 1972 el rey del pequeño Bután, Jigme Singye Wangchuck, estableció de la mano de expertos canadienses, el concepto de  “La felicidad nacional bruta” o “La felicidad interna bruta”, como indicador que mide la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el Producto Interno Bruto, como respuesta a las críticas de la constante pobreza económica de su país.  


El concepto de la felicidad como herramienta para legitimar liderazgos autoritarios es también antigua. El dictador soviético Joseph Stalin, quien se refería a sí mismo como “el constructor de felicidad”,  puso mucho interés en inventarse estadísticas que probaran que el pueblo era feliz. Inmensos carteles con campesinos sonrientes sentados en tractores  eran frecuentemente colocados por la maquinaria de propaganda de la Alemania nazi o en la Albania de Enver Hoxha.


Dentro de esta línea quizá el último gran episodio es el de la campaña por la felicidad emprendida por la Junta Militar que desde mayo gobierna con mano de hierro a Tailandia. Ahí, el jefe de la Junta, el general Prayuth Chan-ocha colocó una canción a la felicidad en YouTube que se ha convertido en un éxito.Entre los convencidos de la felicidad colectiva hay un idea  en común: el dinero no puede comprar la dicha.


En un artículo en el New York Times publicado en el 2008, el experto David Leonhardt, ubicaba el nacimiento de este movimiento por la felicidad en un documento publicado en 1974 por el profesor Richard Easterlin, de la Universidad de Pennsylvania. Según la tesis de Easterlin, que se hizo un clásico de las ciencias sociales, la gente de los países pobres lograba la felicidad una vez que podía satisfacer sus necesidades básicas.

Pero una vez satisfechas esas necesidades, las ganancias posteriores ya no lograban aumentar la felicidad.  Para explicarlo Leonhardt ponía este ejemplo:  ser dueño de iPhone no te hace más feliz porque entonces querrás tener un iPad. El ingreso relativo, es decir cuánto se obtiene  de ingresos comparado con los otros que están alrededor,  importa mucho más que el ingreso absoluto, sostenía Easterlin. Pero la tesis de Easterlin, conocida también como la ‘Paradoja Easterlin’,  se vino al piso a mediados de los años 2000 con la aparición de una gran cantidad de evidencias que señalaban que estaba mal concebida. 

Según la explicación de Leonhardt, se descubrió que Easterlin confundía la sensación de estar feliz con la de llevar una vida feliz o satisfactoria. Varios estudios, entre ellos uno del célebre profesor de la Universidad de Nueva York, William Easterly, apuntan a que a las personas con mayor ingreso absoluto sienten que tienen una vida más satisfactoria. El título que Leonhardt le puso a su artículo era una forma de resumir el hallazgo: “Talvez el  dinero sí compra la felicidad, después de todo”.


Pero ¿qué hay tras toda esta cruzada moderna de convertir a la felicidad en un bien nacional? Ashley Frawley es una académica británica de la Universidad de Swansea que se ha dedicado por completo a la tarea de desentrañar este fenómeno al que llama “el movimiento de la felicidad”. En diálogo con EL COMERCIO, vía correo electrónico, Frawley  sostuvo que esta obsesión con la felicidad va ligada a una ansiedad frente al progreso, porque el progreso es desestabilizador del status quo.

El dinamismo del sistema capitalista y su potencial para hacer a todos ricos fue uno de los postulados a favor del capitalismo y en contra del socialismo durante la Guerra Fría.  “En lo más profundo de esta preocupación con la felicidad existe una idea, muchas veces no verbalizada, de que el capitalismo no debe crecer.  Pero, ante la ausencia de otras alternativas, la respuesta es simplemente ‘armonizar’ estos procesos”, sostiene.  Quienes están embarcados en este movimiento de la felicidad,  ante  la ausencia de un socialismo real, piensan que el capitalismo no debe “seguir pregonando que te va a hacer más rico”.  

En definitiva, sostiene Frawley,  lo que hay, es un oculto deseo de regresar al antiguo “ethos protestante” que mira mal la riqueza material.
Para Frawley este mensaje de que la felicidad se puede conseguir con lo que se tiene es profundamente retrógrado. “Este pensamiento es completamente contrario a las clases trabajadoras y aboga por reducir las expectativas”.En el fondo, el gobernante que lanza esta tesis está asumiendo la posición de un rey   que piensa que las masas no deben aspirar nunca a ser reyes y que sus aspiraciones materiales deben convertirse en espirituales.

Marc de Vos, un pensador belga que también ha escrito sobre el tema, afirma que hay una lógica totalitaria en todos estos sistemas que pregonan que los burócratas están en mejor posición que la gente para decir qué es lo que puede llevarlos a la felicidad.
“No es accidental que este movimiento por la felicidad albergue a un grupo de pensadores que quieren cambiar la economía abierta por una forma de desarrollo planificado, usando el concepto del buen vivir como un nuevo velo para introducir algunas viejas ambiciones colectivistas. Y no es accidental que, en su centro, el movimiento introduzca recetas que llevan la impronta de Estados proveedores y de Estados controladores”, sostiene. Marc de Vos concluye  y dice que hay estadísticas más que fiables que señalan  que los estados de bienestar parecen ser los que más difícilmente producen felicidad.  

 

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