La plaza mayor, corazón del país

La Plaza Grande, por su importancia, es el corazón de la ciudad capital y, por lo tanto, ­corazón del país y de la nacionalidad



Alfonso Ortiz Crespo (I) 07 Septiembre 2014

Fernando el Católico, en la Instrucción que envió desde Valladolid el 2 de agosto de 1510 a ­Pedrarias Dávila, cuando este se
aprestaba a asumir la Gober­nación de Castilla del Oro, recalcaba el orden que debía imperar en el trazado de las poblaciones. Señalaba que “fechos los solares para plaza, como el logar en que hobiere la iglesia, como en el orden que tovieren las calles; porque en los logares que de nuevo se facen dando la orden en el comienzo sin ningún trabajo quedan ordenados e los otros jamás se ordenan”.


El proceso urbanizador de España en América no tiene parangón en la historia de la humanidad, pues en menos de tres siglos se establecieron millares de poblaciones, desde California hasta Tierra del Fuego. Generalmente aplicaron un modelo en cuadrícula regular o damero, con manzanas edificadas de borde a borde y plazas dispuestas equilibradamente para diferentes menesteres.


La Plaza Mayor es, en este modelo, el elemento estructural fundamental. Es el centro de la ciudad. No solamente es centro geométrico sino centro vital y centro simbólico. Habitualmente la Plaza Mayor es el elemento generador de la ciudad y su trazado; no se inserta en el conjunto sino que se parte de ella como elemento ordenador de la ciudad, imbricado en el organismo urbano. No puede entenderse a la Plaza Mayor como algo independiente. Es consustancial con la ciudad y su trazado, su por qué.


La ciudad se organiza a partir de ella: “Comenzando desde la Plaza Mayor y sacando desde ella las calles”, recogerá más tarde las Ordenanzas de Felipe II de 1573. Esta legislación, al decir de Leonardo Benévolo, será por una parte un compendio de las nociones teóricas de la cultura de su tiempo y por otra el balance de una experiencia ya consolidada. Describen y confirman un modelo útil en el terreno operacional, recogiendo y codificando la normativa anteriormente publicada.


Al mismo tiempo, la Plaza Mayor es el centro sobre el que confluye toda lo vida de la ciudad. Es el lugar de encuentro para todas las funciones sociales, desde las derivadas del ejercicio del poder, hasta las de diversión y esparcimiento. A su alrededor, y abriendo a ella sus puertas, se sitúan los edificios del poder y de la religión. Allí se administra, se hace justicia, se comercia, se celebran los festejos. Cumple una función centrífuga y centrípeta.


Siendo un elemento fundamental de la cuadrícula, está tan bien insertada que, por lo general, es resultado de dejar una manzana sin edificar, añadiendo el correspondiente cuadro al espacio público formado por las calles. Sin embargo, no es una simple manzana vacía, paradójicamente este vacío es un enorme contenedor.


Este modelo de ciudad incluye una forma típica de parcelación. Consistía simplemente en dividir las manzanas en cuatro partes cuadradas iguales, llamada cada una solar y “dejando tanto compás abierto que aunque la población vaya en gran crecimiento se pueda proseguir y dilatar en la misma forma”. Algunas de estas parcelas eran destinadas a usos especiales.


Los solares alrededor de la plaza, y a veces integrando más de uno, se destinaban a las actividades directivas y religiosas. Los que sobraban, se repartían a los capitanes y a los principales funcionarios de la ciudad, los más lejanos se repartían entre los fundadores y los vecinos. En la periferia se situarían los servicios que producían inmundicias: carnicerías, pescaderías, tenerías y otras oficinas, así como los hospitales para evitar contagios.


El repartimiento de solares era la norma que antecedía a la forma que tendría la nueva población. Por esto se obligaba a llevar hecha la “... planta del lugar con plazas, calles y solares a cordón y regla empezando por la Plaza Mayor sacando las calles a puertas principales dejando espacio previsto para crecimiento...’’La antigua Plaza Mayor de Quito, conocida tradicionalmente como Plaza Grande, no por su tamaño sino por su importancia, es el corazón de la ciudad capital del Ecuador y, por lo tanto, corazón del país y de la nacionalidad.


A su rededor, a lo largo del primer siglo de vida colonial se fueron localizando los edificios más representativos del poder: al costado sur la Catedral como símbolo del poder de Dios, al este el Cabildo en representación del poder del pueblo, al oeste las Casas Reales -donde despachaba la Real Audiencia  los asuntos administrativos y de justicia por delegación del Rey- y al norte, compartiendo con casas particulares, al igual que el Cabildo, el Palacio Episcopal instalado ahí en 1653, sede del poder de la Iglesia.

Algunos de estos edificios han llegado hasta nosotros con modificaciones, otros desaparecieron totalmente y fueron reemplazados varias veces. La Catedral, iniciada en 1562, ha sido remozada varias veces. El Municipio decimonónico, lamentablemente fue derrocado en 1960, inaugurándose el edificio actual en 1977.


Si bien la Audiencia de Quito intentó desde su instalación ubicarse en la Plaza Mayor, esto no fue posible sino hasta 1612. La fachada neoclásica del Palacio de Gobierno se levantó en 1842, por orden de Juan José Flores, y luego de muchos trabajos a lo largo del siglo XIX albergó también el Congreso. En 1960, la reconstrucción ordenada por el gobierno de Ponce Enríquez transformó radicalmente al Palacio, entre estas la ampliación del mismo con un tercer y un cuarto pisos para residencia presidencial.


Pero no solo los edificios evolucionaron. Con la dinámica de la sociedad, también se modificó la propia plaza. Escenario privilegiado de múltiples expresiones populares, lugar de encuentro de la población, a ella acudían los vecinos para participar en fiestas y mascaradas, juegos de cañas, corridas de toros, luminarias, suntuosas ceremonias civiles y desfiles, procesiones religiosas o para reunirse presurosos al llamado de la campana de la Catedral para defender los derechos de la ciudad. No pocas veces se ­levantaron en ella patíbulos ­para la ejecución de delincuentes, rivales, enemigos o patriotas, escenificándose funestas ejecuciones o exhibiéndose las cabezas de los ajusticiados en picas.


La plaza se convirtió en el sitio más prestigioso de la ciudad y atrajo a pudientes familias para que fijaran en ella su residencia. Fue el más activo e importante espacio de mercado de abasto (tianguez), por esto en sus costados norte y este se crearon soportales, para dar abrigo a los viandantes, así como para las cajoneras, abriéndose tiendas en las casas. Desde la independencia hasta nuestros días es el espacio
por excelencia para las manifestaciones políticas y revueltas, es el espacio donde el pueblo exterioriza sus anhelos frente al poder.


La plaza no era más que un cuadrado de tierra con una fuente de piedra al centro,  donde los aguateros proveían de agua al vecindario. Se mantuvo sin cambios más de tres siglos, hasta que el presidente García Moreno la transformó con un sencillo jardín, el cual formaba una estrella con ocho avenidas y en su centro la fuente. Así, el mercado pasó a la plaza de San Francisco.


En 1888, la Municipalidad resolvió rendir homenaje a los héroes de la independencia, bautizando con nuevos nombres a las tradicionales plazas de la ciudad, designándola oficialmente Plaza de la Independencia. En el mismo año, el Congreso Nacional decretó la erección de un monumento con el mismo objetivo. El diseño se encargó en 1892 al escultor italiano Juan Bautista Minghetti, colocándose solemnemente la primera piedra en 1898, pero diversas dificultades económicas y técnicas impidieron su inmediata construcción.


En 1902, con la presencia del arquitecto suizo-italiano Lorenzo Durini Vasalli y sus hijos, se facilitó la ejecución de la obra, la cual fue contratada en mayo de 1904. El monumento se trabajó en Italia en talleres de Carrara y fundiciones de Génova y a pesar de la distancia, los lentos sistemas de comunicación y transporte, al fin la obra pudo inaugurarse solemnemente el 10 de agosto de 1906, con la presencia del General Eloy Alfaro. Luego se mejoraron los jardines y se ­cercó la plaza con una alta verja de hierro, con portones de piedra en las esquinas, inaugu­rándose la obra en el primer día del año 1910.


A mediados de la década de 1940 la reja fue retirada y el parque remozado. Las fuentes de hierro que se habían colocado inicialmente en cada cuadrante, se reemplazaron por pilas de piedra tallada, acordes con el gusto neocolonial del momento. Medio siglo después se concluyó un profundo proceso de conservación y restauración del monumento, se intervinieron los jardines, se mejoraron las caminerías, se multiplicaron los espacios de descanso, se mejoró la iluminación y equipamiento, se integró la calle Chile a la superficie de la plaza, tal como 50 años antes se había hecho con la calle Espejo.    

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