“En el fútbol también hay demonios”

Joseph Blatter pasó de ser uno de los hombres más influyentes del mundo a uno de los más criticados. El dirigente de la FIFA llevó al fútbol a niveles de difusión nunca antes vistos pero el costo ha sido muy alto.



Alejandro Ribadeneira (O) 06 Junio 2015

Lo vi cercado de su regio séquito de cortesanos, repartiendo sonrisas y apretones de mano en los pasillos del estadio Internacional de Yokohama, el 21 de diciembre del 2008.

Decía pío y todos se esforzaban por escucharlo y satisfacerlo. Daba un paso y una turba lo imitaba, pendiente de su majestad. Es que Joseph Blatter era eso, un emperador que gozaba abiertamente de su cargo, tal como ese divertido rey Luis que interpretó Mel Brooks en ‘La Loca Historia del Mundo’.

¿Se acuerdan de esa película, cuando Luis hacía lo que le daba la gana y luego miraba a la cámara y exclamaba: ¡qué bueno es ser rey!? Blatter ha sido igual. Nunca pernoctaba en hoteles de menos de cinco estrellas. Nunca se trasladó en autos que no sean limosinas o de embajador.

Lo recibían en cada país con honores de Jefe de Estado, con la reverencia y el temor que inspira un conquistador. Incluso le encantaba hacer chistes en los actos solemnes como sorteos de eliminatorias y coquetear con Shakira o Irina. A Blatter solo le faltaba mirar fijamente a la cámara y espetarnos esto: ¡qué bueno es ser el presidente de la FIFA!

Sí, realmente le placía su papel de monarca del fútbol, porque presidente de una ONG oficialmente de vocación social no era. Y no me refiero solo al hecho protocolario de, por ejemplo, premiar a Cristiano Ronaldo y a todo el Manchester United luego de vencer a Liga de Quito en la final de Clubes de aquel año, sino al hecho de disfrutar sin reservas de la materialización de sus designios.

El Mundial de Clubes, por ejemplo, fue su mercantil idea para sacar más dinero del que dejaba la Copa Intercontinental. Blatter, experto en multiplicar los panes y en amplificar el sonido de la caja registradora, tumbó el tradicional duelo entre el ganador de la Champions y de la Copa Libertadores para imponer este Mundial de Clubes, un microtorneo sin pies ni cabeza (¿qué hace ahí el campeón de Nueva Zelanda?) pero que negocia mercadería: los kioscos de la FIFA vendían banderitas de Liga a los japoneses.

Esa vena de comerciante ha sido muy explotada por Blatter, quien llevó al fútbol al hipermercantilismo. La FIFA no se comporta como una ONG sino como una trasnacional que supera fronteras para generar recursos. Percibió 4 000 millones de dólares por el Mundial de Brasil, 66% más que lo ganado en el Mundial de Sudáfrica. ¡Y en Quito estamos espantados porque el metro puede costar 1 400 millones de dólares!

La nota máxima de esta expansión en la era Blatter fue que Rusia y Catar ‘ganaron’ las sedes de los próximos mundiales. Mercados nuevos, jugosos pero, después de todo, eslabones para la meta final que añoró Blatter, la que misma que una vez sedujo a Alejandro Magno, Napoleón y Hitler: conquistar la India y China.

Blatter también pasará a la historia como el presidente de la FIFA más  extravagante de todos, pues desde 1998, cuando asumió la conducción del organismo, no dejó de generar polémicas con sus desopilantes ideas. Una vez pidió agrandar los arcos para que haya más goles. Sugirió que las jugadoras debían usar uniformes más sexys, pantalonetas más ajustadas y camisetas con escotes si querían atraer auspiciantes. Quiso que el Mundial se jugara cada dos años, solo por la empresarial idea de ganar el doble en el mismo lapso. Un genio.
Ni qué decir cuando se burló en público de Cristiano Ronaldo, al mismo crack que premió en el 2008 como el mejor jugador del Mundial de Clubes, al acusarlo de preocuparse más del peluquero. Blatter era eso: te ponía la medalla y luego te trataba como bufón.

Todo esto y mucho más hubiera sido muy anecdótico si no fuera porque Blatter, en realidad, era el CEO de una banda de ladrones. Sus amigos en la FIFA están arrestados o implicados en sobornos, en un escándalo que prácticamente pone fin al largo reinado de este suizo de origen más bien humilde pero que profesionalizó el oficio conocido como dirigencia.

¿Fin? Quién sabe. Blatter, hasta el momento, está libre de culpa o al menos no existen las pruebas. Imagino la noche en que los jefes del FBI decidieron arrestar a los siete jerarcas de la FIFA en Zúrich, con los agentes tirándose de los cabellos porque no tenían las pruebas para arrestar al pez gordo, al que han estado investigando desde el Mundial del 2006, cuando ya hubo quejas por la sorpresiva derrota de Sudáfrica ante Alemania por el viraje de Oceanía a última hora.

Blatter comenzó a ser presionado y dijo esto:  “La sociedad está llena de demonios, y en el fútbol también los hay”.  Fue auto-premonitorio.
Quizás nunca aparezcan las pruebas en contra de Blatter que no sean chismes y supuestos. Pero hoy es imposible que el suizo pretenda desentenderse de los actos de sus amigos, presos por sobornos en la concesión de derechos de televisión, justamente la clave que explica esta expansión financiera de la FIFA.

Blatter fue secretario de la FIFA desde 1981 hasta 1998. Es decir que fue el escudero del brasileño Joao Havelange, que convirtió al soborno (la ‘coimisión’ diríamos aquí) en el modus operandi para enriquecer su cuenta personal, tal como quedó revelado en el 2012. Blatter al parecer supo moverse mejor que su mentor pues no ha dejado huellas: nadie ha dicho que Blatter solicitó su tajada. No todavía.

Eso no quita que sea el responsable moral de esto. Por eso, su imagen se ha derrumbado y su imperio ya no existe. Bueno, precisemos: no existe su reinado porque la FIFA sigue ahí, con sus dirigentes y sus millones. Alguien tendrá que sacrificarse y dormir en los hoteles de lujo, viajar en las limusinas y colgar las medallas en el cuello de los campeones.

Renuncia
Renuncia
Blatter dejó la presidencia de la FIFA, en el momento más alto de la investigación del escándalo de corrupción.
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