Miguel Varea y su larga diatriba contra el poder

El Centro Cultural Metropolitano hace una retrospectiva de la obra del pintor, uno de los más importantes de la neofiguración local.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 06 Junio 2015

Quizá Miguel Varea, ese genial escribano de letra de molde, sea el archienemigo secreto de su propia obra. Una biografía desmesurada y sus maneras coloquiales han desviado la atención de cuanto periodista ha pasado por sus exposiciones o su estudio. Periodistas que terminan regodéandose en las delicias que les regala la persona y diciendo poca cosa de la obra poderosa que nace del artista. Obra que lleva casi 50 años cuestionando al poder (de cualquier tipo), sin creerle una sola palabra.

La retrospectiva ‘Al modo del más ke nunka’ que el Centro Cultural Metropolitano ha organizado, y que estará abierta hasta el 12 de julio, es la ocasión para dejar, por un momento, de lado a Miguel, el personaje hipnotizante; es decir, es la oportunidad para hablar de él por interpuesta persona, que en este caso sería su obra.

Miguel Varea
Miguel Varea
Sus obras se enmarcan en la neofiguración.

Trecientas piezas, de diferente formato y con técnicas variadas (grafito, lápiz de color, óleo, tinta, serigrafía, acrílico, aguafuerte...) se hermanan en una suspicacia  de carácter poético que les da un volumen especial, característico de todo lo que ha sido tocado por su mano. Son pinturas, dibujos o grabados que se antojan etéreos a primera vista, pero en los que se intuye la densidad del plomo por la cantidad (y calidad) de información que contienen.

Es lógico porque, como apunta el poeta y crítico de arte Cristóbal Zapata, la obra de Varea está nutrida de lecturas: “Gombrowicz y Macedonio”, o Pitágoras y Leopoldo Marechal, entre muchísimos otros. Sus largas disquisiciones insomnes son el caldo de cultivo para las ideas que luego su mano traza. Porque la obra de Varea es una obra de ideas, que no ideológica; por ejemplo, nunca sus cartulinas, papeles, paredes, puertas o lienzos se ‘contaminaron’ con el indigenismo que tan bien pagaba todavía en la época en que empezó su carrera plástica.

Tras la destreza de filigranista que muestran incluso los ‘garabatos’ improvisados en hojas sueltas hay una disciplina difícil de identificar con Miguel, el personaje. No así en Varea, el pintor, cuya dedicación es admirable. Jornadas de 15 o 18 horas en su taller leyendo, pintando, dibujando. Sobre todo, dibujando. Eso explica el dominio de la técnica.

Pero ni la pintura ni el dibujo ni el grabado de Varea son fruto de artificios estiticistas. Hay en su trabajo, como se dice en inglés, un ‘statement’ (algo así como una declaración): Con el poder no se transa; al poder se lo vigila, se lo señala, se le baja el cable a tierra, y, por último, si es necesario, se lo desdeña.

Cuadros
Cuadros
Obra de Miguel Varea

Zapata lo explica de esta manera: “Varea ha ejercitado como un hábito de higiene personal el inconformismo permanente con los dogmas y doctrinas de cualquier secta o sistema, y desde esa radical disidencia ha desarrollado una poética personal sustentada en una caligrafía, una tipografía e incluso una ortografía propias (cambia la c y la q por la k)”.

Pero no es solo con su tipografía que ha creado un lenguaje propio, sino con lo que tiene que decir, lo que sus personajes, de rostros abotargados, nos están contando, a veces de frente, a veces de manera disimulada. O sea, a la manera de su Estétika del Disimulo, que se plantea la vida desde lo no dicho o lo entredicho.

‘Karikaturas del Bokón’.
‘Karikaturas del Bokón’.
La pieza ‘Karikaturas del Bokón’ recoge sus publicaciones en el semanario de ese nombre que editaban sus hijos. Fotos: Armando Prado / El Comercio

Y si no es descabellado asociar el trabajo plástico de Varea con el de la escribanía, es porque -involuntariamente- se ha erigido en un escribiente. No por la obviedad de los textos  -alucinantes y alucinados- que dibuja, sino por el registro del acontecer social que viene realizando por décadas.  Así, por ejemplo, los cuadros de los últimos ocho años, dan cuenta del malestar que le provoca lo que en el 2011 ya calificó de “intoxicación masiva de comunicación llamada política”. De ahí nacen cuadros como ‘La patria hasta en la sopa’ o ‘Prócer’.
Igual con los asuntos públicos, como con los de la vida privada, de la familia, que es donde germinan las semillas de todos los tipos de poder; esa ‘cosa’ a la que le tiene alergia.

Como toda su obra, los dibujos de Varea son potentes y abundantes en este ‘statement’, tanto en contenido como en forma. “Ha extremado las posibilidades del dibujo”, dice el literato y crítico de arte Hernán Rodríguez Castelo.

En esos extremos, en esos esperpentos, es en donde se muestra toda su potencia. Una fuerza hecha de preguntas, de cosas no dichas o entredichas; una fuerza que no se nutre de certezas, porque ese es el lenguaje del poder, uno que no tiene cabida en la obra de Varea.

Miguel Varea
Nació en Quito en 1948. Empezó en su adolescencia con la acuarela, influenciado por un profesor; pronto pasó al dibujo. Estudió arte dos años en la Universidad Central, hasta que Velasco Ibarra la cerró; nunca volvió. Está casado con la artista Dayuma Guayasamín. Su obra se enmarca en la neofiguración y es uno de los pintores ecuatorianos vivos más destacados. Vive en Sangolquí.

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