El muro se derrumbó...

Hace 25 años, la caída de la pared que dividía Berlín simbolizó el fin del enfrentamiento entre ideologías



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 08 Noviembre 2014

El siglo XX fue breve. Algunos historiadores argumentan que la centuria se inició en 1914, con el advenimiento de la I Guerra Mundial, y concluyó en 1989, con la caída del Muro de Berlín. El fin de la medición deja en claro la trascendencia del derrumbe de esos 41,9 kilómetros de longitud en hormigón.

El inesperado anuncio se escuchó al final de una conferencia de prensa. Eran las 18:57, del jueves 9 de noviembre de 1989. La palabra de Günter Schabowski, portavoz del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana (RDA), ponía fin a los 28 años, dos meses y 27 días de esa barrera vigilada desde 302 torres y 31 puntos de control. Golpe a golpe, trepada tras trepada, euforia más euforia, el muro, que rodeaba Berlín occidental y convertía a la ciudad en un territorio aislado en medio de la RDA, cedía, caía.

El éxito tuvo muchos padres. Los polacos y los católicos resaltaron el rol de Juan Pablo II. Los húngaros lo atribuyeron a las reformas comunistas que abrieron el Telón de acero. Los rusos dieron el crédito a Gorvachev; los estadounidenses, a Ronald Reagan. 25 años han pasado. Es el mismo tiempo que transcurrió desde la Toma de la Bastilla hasta la Restauración borbónica; el mismo entre el inicio de la I Guerra Mundial y la explosión de la Segunda.  

El optimismo bañó a muchos. Para unos era el movimiento ineluctable de la democracia universal; para otros, el indicio de que la administración  de los recursos reemplazaría al gobierno de los hombres. Hubo quien preveía el fin de la historia; mientras, la socialdemocracia, un creciente entendimiento entre los pueblos. Con el fin de la Guerra Fría y del enfrentamiento entre ideologías, se pensaba en la paz posmoderna, en el mundo libre, en un nuevo orden.

25 años han pasado y un cuestionamiento se posa sobre esos ‘vientos de cambio’ que cantaba The Scorpions. ¿Se han cumplido las promesas? o ¿ha sido una ilusión más del gatopardismo? Mientras la actitud predominante en Europa del Este y Rusia hacia el sistema del pasado comunista ha sido una mezcla de olvido, negación y represión; un pensamiento generalista optó por decir que el eje del poder mundial pasa por EE.UU., su capacidad económica, fuerza militar y difusión de valores. Y, si bien el colapso de la Unión Soviética propició que EE.UU. tenga un rol más intervencionista en asuntos mundiales, esta consecuencia produjo, a la vez, el incremento de la hostilidad contra ese país, desde Oriente Medio y Latinoamérica.

Las preguntas y las escasas respuestas sobre el significado de este cuarto de siglo se ventilan ante los ojos de la ‘generación de los dos derrumbes’, definida por acontecimientos que se produjeron adheridos al sistema capitalista: la caída del Muro de Berlín, como producto de su victoria ante el socialismo soviético; y el ataque a las Torres Gemelas, con el cual se cayeron los emblemas de la economía internacional, una economía blandengue según la posterior crisis del 2008.

Tras el fin de la Guerra Fría,  Francis Fukuyama, hegeliano y triunfalista, identificó la caída del muro con el fin de la historia (propuesta antes por Hegel, tras la victoria de Napoleón I, en Jena (1807) y asumida por lo menos tres veces más desde entonces). La historia terminaba, para Fukuyama, pues empezaba el imperio de la globalización neoliberal en un mundo unipolar, en el que el resto de Estados asumirían el nuevo modelo político, económico y social de la democracia liberal.

Las críticas académicas en su contra -más sensatas- adujeron que los acontecimientos para la desaparición del comunismo y el triunfo del liberalismo, simplemente, confirmaron el cierre de un capítulo de la humanidad y el inicio de otro. Fukuyama, para postular el fin de la historia -por ejemplo-, no prestó atención a la incidencia de las religiones y los nacionalismos. Es decir, desplazó de su mirada todo lo que luego ha ocurrido en Oriente Medio y que ha reconfigurado los movimientos de la geopolítica presente.

Además, esa nueva utopía neoliberal, que siguió a la muerte de la utopía comunista, también ha pataleado en las aguas del fracaso. La crisis económica que explotó en el 2008 removió las estructuras del sistema capitalista.

Arte
Arte
Obra pintada en la cara occidental del muro por el artista callejero francésThierry Noir, fue el primero en hacerlo.

La victoria de 1989 frente al monopartidismo, al igualitarismo extremo, al control antidemocrático de la sociedad por parte del poder, trocó en una preocupación por el ‘homo economicus’, que no dio chance a una economía orientada al bien común. Pero la geopolítica actuó de diferente modo frente a socialistas y a defensores del liberalismo económico global. Para los segundos, su sistema financiero aún resiste, aunque endeble tras el 2008. Además, los Estados del primer mundo y sus agrupaciones, no contemplaron otra salida que perpetuar el modelo económico… Ninguna institución se trazó la misión de salvar al bloque socialista, no les convenía; se podía imaginar el fin del mundo, pero no el fin del capitalismo.

También desde su orilla, Slavoj Zizek se muestra pesimista, trágico. Para el esloveno, todas las formas de izquierda del siglo XX, el comunismo estalinista, el Estado de Bienestar socialdemócrata, los sueños de la democracia directa (movilización permanente, consejos de comunidades locales, auto organización de la gente), no llevarán a la solución; lo que mira en el horizonte es la desaparición gradual de la democracia, no un golpe fascista, sino mecanismos irrelevantes...

 

...y todavía persiste la imposibilidad de una tercera vía

Tras 1989 apareció la nueva utopía de la democracia liberal, pero esta se ha ido descosiendo durante el cuarto de siglo. Una mentalidad libertaria entró de cajón en un mundo globalizado y multicéntrico.

Zizek retoma que, en este callejón sin salida, capitalismo global significa nuevas formas de ‘apartheid’: “Los bienes circulan cada vez más, pero para las personas, incluso tras la caída del Muro de Berlín, ahora surgen nuevos muros. En África del Norte, el muro de Cisjordania, la frontera entre EE.UU. y México”.

Para Zizek hemos entrado en un periodo en el cual se han ido formando múltiples centros de capitalismo global. En EE.UU., Europa, China y tal vez Latinoamérica, los sistemas capitalistas se han desarrollado con orientaciones específicas: el neoliberal, el que queda del Estado de Bienestar, el autoritario y el populista, respectivamente. También en la necesidad de establecer reglas de interacción entre estos centros locales y los peligros que esto conlleva.

Muro
Muro
Otra de las pinturas es la realizada por la alemana Birgit Kinder: ‘Trabant’.

Durante la Guerra Fría –continúa el esloveno- las reglas del comportamiento global estaban claras, garantizadas por las locuras de las superpotencias. Hoy, las nuevas y las viejas potencias se están probando, tratando de imponer su visión de las reglas globales, experimentando con ellas a través de otras naciones y estados más chicos. Se trata de una lucha geopolítica por el control de un mundo desregulado y multicéntrico, que enfrenta una contradicción: la imposibilidad de crear un orden político global que se corresponda con la economía capitalista global. “Desde la caída del Muro de Berlín y el surgimiento del mercado global han empezado a surgir nuevos muros por todas partes, que separan pueblos y culturas. Tal vez la propia supervivencia de la humanidad dependa de resolver esta tensión”, dice.

Fukuyama guardó algo para el después de su fin de la historia: el periodo posterior sería muy triste. Para esa etapa, el estadounidense predecía que la lucha por el reconocimiento, la determinación de arriesgar la vida en aras de una meta abstracta, la lucha ideológica mundial que llama al valor, a la imaginación, al idealismo, serían reemplazados por el cálculo económico, la permanente solución de problemas técnicos, las cuestiones ambientales y la satisfacción de sofisticadas demandas del consumidor.

Y es a eso a lo que se ha volcado la sociedad, a apartar la vista de la realidad del mundo, para ubicarla en la comodidad de sus fantasías consumistas, aumentadas por una existencia en la hiperconcetividad virtual y tecnológica, o para vivir la tensión de ‘cultura restrictiva en economía permisiva’ o viceversa.

Historia
Historia
Gabriel Heimler pintó Der Mauerspringer (El saltador de muros). La pieza es considerada un monumento histórico.

De acuerdo a Zigmunt Bauman,  con la caída del Muro de Berlín nada estaba completamente seguro, porque se empezaba a vivir la incertidumbre de una globalización deslocalizada. Para Bauman, la lucha contra ella es el si(g)no cultural de la ‘modernidad líquida’. Esta halla sus vertientes tras el derrumbe de la pared, la llegada de la ‘paz fría’ y de la era digital, en la cual las redes han reemplazado a las estructuras. En la modernidad globalizada y sin muros de contención, lo social y culturalmente sólido se transforma en fluido: se adapta con facilidad a las realidades cambiantes y a sus recipientes.

En estos 25 años, para Mark Lilla el pensamiento político ha sido despistado y vano, por lo cual nos encontramos en una era ilegible, cuyas señas son una amorfa Unión Europea y unos EE.UU. cuya atención se viró hacia el Islamismo y el sueño de fundar democracias en países árabes. Según el politólogo, historiador y catedrático, la primacía de la autodeterminación del individuo por sobre los lazos sociales tradicionales, la indiferencia en asuntos de religión y sexo, y la obligación ‘a priori’ de tolerar a los otros, hablan de esta como una era libertaria. Un pensamiento que entró de cajón, sin debate público ni votos, y en el cual la única libertad que se pierde es la  de elegir nuestras libertades.

Así, ve al libertarismo no como ideología, sino como dogma. Se inicia con principios liberales, la santidad del individuo, la prioridad de la libertad, la desconfianza en la autoridad pública, la tolerancia; pero no tiene gusto por la realidad ni curiosidad por saber cómo llegamos acá y hacia dónde vamos, no tiene interés en las instituciones y nada que decir sobre la tensión, necesaria y productiva, entre la propuesta individual y la colectiva. La ideología –dice Lilla- requería trabajo, debate, revisiones, refutación y resistencia; el libertarismo, no: es una mentalidad, un ánimo, una presunción.

Esta situación es deudora de la dicotomía de democracia buena y totalitarismo malo, que dominó Occidente durante la Guerra Fría y encegueció a los teóricos frente a la posibilidad de más formas de gobierno. Eso –sostiene Lilla- llevó a la asunción ‘naïve’ de que tras el colapso soviético, los países empezarían naturalmente a hacer transiciones de la dictadura y el autoritarismo a la democracia; pero esa confianza se evaporó, pues se vio que bajo la clave de las elecciones, cosas no placenteras pueden crecer. Contrario al avance hacia la democracia liberal, Lilla apunta que los sistemas de gobierno asumieron la reaparición de formas clásicas no democráticas: el islamismo político con la norma teocrática; tribus y clanes que dominan en Estados pos coloniales en África y Oriente Medio; el mercantilismo despótico de China.

Tras la evaporación de las aspiraciones, la ruina del pensamiento político actual reposa en la falta de voluntad para preguntarse por un plan B. El fin de la Guerra Fría destruyó cualquier confianza en las ideologías, pero también destruyó la voluntad de entender.
Así, el cuarto de siglo que cumple la caída del Muro de Berlín coincide con la desilusión por las democracias neoliberales, con un individuo que ha roto con su tejido social y con la necesidad de pensar un nuevo orden mundial. Tal pareciera que la solución para la comprensión del mundo -en crisis constante desde 1989 (Bauman dixit)- estaría en una tercera vía, y que para ella -como dice el italiano Antonio Negri- “no es el momento de leer el manifiesto de Marx, sino de escribir otro”.

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