Utopía: la búsqueda incómoda de un nosotros

Es difícil pensar en alguien que pueda hablar tanto y tan cómodamente, con fundamentos, de la utopía como el cineasta Pocho Álvarez; y lo hace sin concesiones ni tapujos, como buen utópico de combate.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 08 Noviembre 2014

Es un mar de ponchos rojos, moviéndose manso y poderoso. Es el olor de la tierra, mezclado con el de las cebollas, el ajo, el sudor. Es su padre atendiendo, sin cobrar un centavo, a quienes buscaran alivio físico en su ciencia.  Es la utopía, materializándose un sábado cualquiera de su infancia, en el patio de su casa. Pero con tres o cuatro años, Pocho Álvarez no tenía idea de que eso que para él no era más que una escena doméstica se llamaba así. Lo que sí supo, pocos años después, es que ya no podría vivir sin tratar de alcanzarla.

Sentado en la sala de su casa, junto a lo que parece un altar que rinde honor a los sitios por los que ha pasado y que está  instalado en lo que debería funcionar como chimenea, este hombre amable y transparente se dispone a hablar de la utopía (para hacer honor a la fecha).

Pocho Álvarez es un referente del documental ecuatoriano, con decenas de películas en su haber y la vena contestaria intacta. Sus documentales sobre la resistencia a la explotación minera en Íntag, por ejemplo, han sido bajados varias veces de Youtube, por la consultora española Ares que da servicios al Gobierno ecuatoriano. Abogado de pobres, Quijote de causas perdidas, soñador...

Protegidos por la presencia enorme de una planta preciosa que él llama Manos de Oso –y la ciencia dice que se llama filodendro–, comienza esta larga conversación que Pocho siempre lleva al terreno de la política, sin ocultar su antipatía por los políticos de turno.

Empezamos hablando del gran complejo ecuatoriano y luego pasamos a su padre, Antonio José Álvarez, o el doctor Pepito como le decían los indios de poncho rojo que lo iban a ver cada sábado en su casa de Riobamba para que los atendiera a cambio de nada (pero ellos insistían en pagarle con los alimentos que sembraban), que fue quien lo embarcó en este viaje de las utopías.

¿Con qué se come la utopía?
Con los soñares.

¿No es un poco cursi seguir hablando de utopías?
Verás, sin las utopías no nos podemos explicar como seres humanos ni como sociedad. En el caso del Ecuador, en la búsqueda de utopías como país, la historia nos ha negado muchas veces la posibilidad de ser ese gran país que queremos ser. Y Benjamín Carrión señaló eso: somos un país que perdió su territorio, pero no perdió por el Caín del sur (Perú).

¿Si no?
Perdió por su propia conformación de no país.

¿Por qué no nos podremos conformar con lo que somos, sin renegar; sin buscar utópicamente ser otra cosa?
Hay un problema del reconocernos en lo que somos. Como ecuatorianos, no nos aceptamos. La utilización de la diferencia como ejercicio de exclusión y no de inclusión es parte de la tragedia del equinoccio andino.
Hay quienes dicen que lo perfecto es enemigo de lo bueno, ¿se puede aplicar esta idea a nuestra inconformidad permanente?
Lo que pasa es que nuestras utopías no tienen que ver con el ‘nosotros’. Sino con un modelo que no es nuestro. Nuestras utopías miran a otras latitudes, y no corresponden a nuestras raíces.

O sea que es un imposible aún más imposible.
Por ejemplo, la canción ‘Patria, tierra sagrada’ es la reivindicación de la hidalguía; una canción de 1920, de cuando se buscaba blanquear al Ecuador, porque los indios estorbaban. Y ahora la Revolución Ciudadana recupera esa canción que habla de la hidalguía; nunca me supe esa canción, porque los hidalgos no existen en el Ecuador. Aquí existen indios.

Mestizos.
Sí, mestizos, cholos, negros ¡¿De dónde los hidalgos?! Es una utopía, que es un copy-glass, un copy-paste. Entonces mientras seamos así, vamos a seguir siendo falsos.

¿Cuándo tuviste tu primer deslumbramiento utópico?
Yo tuve muchas fracturas en mi vida. La muerte de mi madre fue una fractura muy temprana, cuando yo tenía, 13 o 14 años. Ahí se me eclipsó el universo de la madre; porque no volver a decir ‘mamá’ es complejo para todo ser humano. Talvez esa fue la primera utopía que busqué:  reconstituir la alegría en mi existencia. Pero quien me contagió de las utopías fue mi padre.

¿Cómo?
Mi padre fue médico pediatra, pero él renegó de la Medicina, porque decía que no podía ser mercantilizada, porque para él la Medicina era una vocación de servicio. Él me decía: si tú quieres hacer plata, no se te ocurra ser médico. Mi padre hizo de la Medicina su existencia, para su realización humana, pero al mismo tiempo tuvo que renegar de ella, porque se dio cuenta de que en este sistema todo se vuelve mercancía; todo entra en la lógica del mercado. Él fiel al juramento hipocrático.Ese era mi padre (señala un busto pequeño de Hipócrates que está en una esquina de la chimenea). Él creía en un mundo que podía ser respetuoso del otro.

¿La utopía no es solo un nombre distinto para el cielo cristiano o el nirvana islámico? ¿No hay un pensamiento profundamente religioso ahí?
La religión de alguna manera contamina a la utopía, porque la religión está al servicio del poder. Y así como el poder político contamina a las utopías, porque se vale de las utopías para reproducirse, lo mismo pasa con la religión.

¿Te han servido tus utopías, como se supone que dijo algún famoso, para seguir caminando?
O sea, sin las utopías no podría caminar. Y hay utopías de mercado, llamémoslas así, para tratar de explicar didácticamente cómo la política y el mercado se juntan para destrozar lo que significa la utopía. Si sales de Quito, en Machachi está un letrero inmenso que dice: Aquí se construirá la planta de Coca Cola, la felicidad. Vas camino al aeropuerto y ahí hay otra felicidad, que es la que ofrece el Ministerio de Bienestar. Pero la utopía no es la felicidad ni la comodidad.

¿Qué es?
Es la búsqueda incómoda de un nosotros.

Tu obra en su conjunto, ¿va tras proyectos utópicos, se alimenta de ellos?
Yo me alimento de la gente, de sus sueños. Y, obviamente, solo trato de ser fiel a ese soñar y al mismo tiempo potenciar ese soñar con elejercicio del arte, que en este caso es comunicar estéticamente.

A la hora de narrar, ¿no son un poco aburridas las situaciones utópicas, perfectas?
Lo más imperfecto es la búsqueda de la utopía. Es el peregrinaje por lo utópico lo que interesa; porque ese peregrinaje es la realización de uno mismo. Y la realización no tiene que ver con rodearse de comodidades. No hay utopía en la compra de un carro; a lo mejor es la realización entre comillas de una forma de existencia, pero el carro no te resuelve el yo profundo, que cada vez más necesita de otros intentos. La utopía no es la comunión de los cristianos, es siempre una búsqueda.

¿No puede ser más que una búsqueda, entonces?
Siempre va a ser búsqueda, si es que es utopía. Ahora, si estamos yendo tras los objetivos de un sistema social y político... Obviamente la Revolución Ciudadana es ya el punto final.

¿Ya llegamos a ese sitio llamado utopía?
Un montón de izquierdosos que están en el Gobierno y que han sido absorbidos por la derecha creen que están haciendo la revolución. Y cuando vos le ves al poeta Javier Ponce no entiendes en qué recoveco de la historia se perdió. Él era defensor de los indios y de las utopías y ahora resulta que ya no hay utopías, que lo que hay es la Revolución Ciudadadana y eso no es utopía. Hay que rescatar esa esencia de la generación de los 70; el Manuel Chiriboga definía perfectamente de qué se trata y por eso decía: hay que ser inconformes hasta con nuestra propia inconformidad. Solo eso te permite moverte.

Si no, te vuelves status quo.
No puedes institucionalizarte; y eso es lo que busca este Gobierno: institucionalizar un formato de vida.

¿Por qué las búsquedas utópicas siempre terminan en autoritarismo?
Porque el poder necesita pelear por su permanencia como supremo. Es decir, la democracia en el Ecuador es Correa; el socialismo nuevo se llama Correa. Y todo lo que significó la lucha de muchas generaciones termina en un ciudadano que siempre estuvo ausente de esas luchas, que se llama Correa.

Cuando a la escritora Margaret Atwood le preguntaron sobre la utopía, ella preguntó: ¿Qué hacemos los que no calzan en nuestro proyecto utópico?
Incluirles; siempre incluirles.

¿Y si no quieren?
Hay que abrir espacios de inclusión. No necesariamente se incluirán, pero lo que sí no puedes hacer es excluirles. Hay que convivir con ellos.

¿La democracia es utópica?
Es una utopía, por eso es que permanece en nuestro imaginario. Y es absolutamente imperfecta, porque además no obedece a los intereses de la vida. Es contraria a la vida.

¿Por qué?
Estoy hablando de esta democracia, la que vive el mundo este momento… Es que lo que nosotros hemos visto como práctica democrática está en contra de la vida. Es democrático conmemorar la caída del Muro de Berlín, ¿y también guardar silencio ante la construcción del muro de la frontera de Estados Unidos con México, o del muro de los israelitas con los palestinos? Entonces vos dices: ¿dónde estamos?

Una utopía ya realizada, ¿necesariamente se convierte en distopía?
Eso es lo terrible, porque se vuelve institucional. Se vuelve Estado. La Revolución de Octubre, esa gran utopía: arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan... Todo eso llega a ser Estado y es el acabose.

Entonces la utopía para poder ser, ¿debe ser anárquica?
La utopía no tiene reglas, es la vida misma y construye vida, si no, no es utopía. La utopía se inventa los mañanas para no reproducir las tragedias del pasado.

Menciona dos o tres momentos nefastos que se han producido a nombre de la utopía.
Los avances tecnológicos que han significado el avance del poder a través de las armas; eso destroza la ciencia y la creatividad del ser humano.

Otro.
La libertad y la democracia, a las que se supone que ya hemos llegado con el ‘American way of life’, que ha destrozado la búsqueda de la libertad y la democracia.

Casi por definición nuestras utopías son causas perdidas, ¿o no?
Al contrario, quien no busca la utopía es una causa perdida. Y quien institucionaliza la utopía como un ejercicio del poder, no solo que distorsiona lo que significa el soñar, sino que además de eso tarde o temprano implosiona, que es lo que le va a pasar a Rafael Vicente.

Pocho Álvarez

Riobamba, 1953. Se llama César Antonio, pero desde siempre ha sido Pocho, porque su madre siempre le dijo así (igual que llamaba a sus queridas gatas: todas bautizadas Pocha). Egresó de Sociología de la Central; estudió cine en la URSS, pero no pudo soportar el Estado-Iglesia que lo imponía todo y se regresó. No sabe cuántos filmes ha hecho, pero se cuentan por decenas; sobre todo documentales.

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