La disciplina lleva a la alegría

Fabián Zurita está en plenos preparativos para un período de ascensiones.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 13 Marzo 2016

Debe ser difícil vivir en Quito y no saber quién es Fabián Zurita. Desde mediados de los años 70, cientos de niños y adolescentes han pasado por sus ya legendarios campa­mentos (Aire Libre), para subir montañas, para dejar la casa paterna por al menos un par de semanas durante las vacaciones de verano, para aprender técnicas de supervivencia, para hacer nuevos amigos, pero sobre todo para hacer de la disciplina un modo de vida, aunque sea temporal. Por eso también es difícil pensar en alguien más adecuado que Fabián para reflexionar sobre lo que significa la disciplina.


Cuando la conversación ya ha avanzado varios minutos, me cuenta que estaba hecho al dolor de que yo llegaría tarde a la cita, que se sorprendió gratamente de que no fuera así y que, por el contrario, apareciera puntual (en realidad, dos minutos antes) en la puerta de su oficina. Esa es una de sus virtudes, manías y frustraciones: la puntualidad. Una característica que lo define –él dice que para bien y para mal– y que ha forjado a pulso, a base de disciplina. Entonces, puntuales y re­lajados, nos disponemos a conversar iluminados por la vibración alegre e intensa de los colores verde y celeste de las paredes de su oficina. 


¿No siente ni un poquito de curiosidad por los placeres de la indisciplina?
No.


¿Por qué?
Me he acostumbrado a mi lema, que es: ‘Alegría en el esfuerzo, no en la comodi­dad’. 
Yo  vivo intensamente eso. Una farra, por ejemplo... no puedo, por mi trabajo y, además, porque lo noto vacío.


No le encuentra la gracia.
Sobre todo no me llena, no me llena… quizá por este lema que me impuse toda la vida: Las verdaderas alegrías solo brotan del esfuerzo, no de la comodidad. Claro que es algo personal, puede haber otras personas que no sientan así. Pero yo lo sentí desde niño, por eso me hice montañero. Llegar a una montaña es puro esfuerzo, horas y horas y estás ahí arriba un minuto, te emocionas y hasta lloras, pero bajas y se acabó. Ese gozo es algo que no se puede comparar con nin­gún goce de la indisciplina.


¿La disciplina es solo sinónimo de esfuerzo, aburrimiento, dolor?
Es sinónimo de alegría también, porque la disciplina ayuda a evitar muchos problemas, muchas cosas que pueden causar dolor.


¿Sabe que existía una varilla de caña que se llamaba disciplina y servía para azotar a la gente?
La disciplina para darse en la espalda que usan los ascetas conocí yo. No sé en qué sentido la usaban; supongo que para dominarse, controlarse.


¿Está de acuerdo con ­causarse dolor para autocontrolarse?
No creo que eso sirva para controlarse. Soy más partidario de los aspectos positivos que del castigo. Claro que he estado influenciado toda mi vida por lo que llamo la filosofía de la montaña.


¿Por qué cuesta tanto el autocontrol?
Porque somos perezosos, vagos y nos gusta solo la comodidad. Y para disciplinarse hay que dominarse, para mí es esa la clave.


¿En algún momento de su vida fue cómodo, perezoso?
Así, por largas temporadas no. No, no… no me ha gustado nunca la pereza. Por ejemplo, irme a la playa y estar tendido toda una mañana en la arena es algo que no puedo hacer.


¿La disciplina aplicada a rajatabla, de alguna manera, nos extirpa el deseo?
Depende de las cosas y las ideas en las que ha entrado la disciplina; porque si yo formo mi carácter a base de disciplina, eso me ayuda a que me vaya bien en la vida, a triunfar en los aspectos que necesito. Nunca consideré una traba a la disciplina, sino una ayuda, un estímulo para seguir adelante con más facilidad.


¿Si no se practica a rajatabla no es disciplina?
No a rajatabla, pero sí hay que seguirla, pensando en el bien de los demás también.


Es decir, la disciplina no entendida como prohibición sino como un medio de convivencia.
Sí, por el bien de los demás sobre todo. En el campamen­to lo enfoco así: te disciplinas porque esta disciplina tuya va en beneficio de tus compañeros.


Se suele confundir la disciplina con la obediencia ciega, y no son lo mismo.
No estoy de acuerdo con eso y nunca he estado de acuerdo. A los chicos siempre hay que explicarles por qué se exige lo que se exige; cuando les digo que tiene que haber silencio por la noche, por esto, por esto y por esto otro, me entienden. Pero no es a rajatabla ni tiene que ser así como los militares. Eso nunca en la vida.


Y también se confunde mucho con maltrato.
Con maltrato, claro… Pero  es todo lo contrario. Ya le repito, la disciplina como camino a lo positivo es lo que yo he vivido en mi vida personal y en mi trabajo, sobre todo con los campamentos.


¿La niñez y la juventud de hoy son más o menos disciplinadas que las de los años 70 y 80, cuando comenzó con los campamentos?
Tremendamente indisciplinadas las actuales, gracias a la tecnología; gracias, digo entre comillas. Yo comparo los campamentos de antes con estos y ahora es mucho más duro; viven en las nubes. Por ejemplo, en el campamento tenemos varias actividades y una de ellas es que salgan en silencio absoluto hasta un bosque y se pongan a escribir algo. ¡Cómo les cuesta ir en silencio! No son capaces de dominarse, les cuesta horrores.


¿Antes era más fácil?
Muchísimo más, porque no había tanta cosa; el chico actual no puede porque su mente está llena de miles de cosas, de los juegos electrónicos, de teléfonos, de televisores, de todo lo imaginable. Su mente está atrofiada, no es libre ya, como éramos de niños nosotros. Entonces no puede concentrarse.


¿Alguna vez le ha costado disciplinarse en algo?
Dejar de fumar me costó mucho esfuerzo, pero me sirvió la disciplina. Verá, le cuento la historia. Me ayudó la montaña; yo fumaba hasta 10 (cigarrillos) diarios. Decía: tengo que dejar de fumar, tengo que dejar… pero no dejaba. Entonces me hice un truco porque no concebía que nunca más iba a fumar un tabaco. No concebía, creía que iba a volverme loco. Un día dije: solo mañana después del desayuno no voy a fumar. Pucha y qué alegría, porque pude. Luego dije: hoy todo el día no voy a fumar.


Y, ¿de ahí?
Me hice el propósito de no, no y no… después ya iba tres días, cinco días. Y tenía un grupo de montaña que se reunía los viernes. Ahí fue la prueba más dura para mí, porque (en las reuniones) venían las cervezas, el 40, el cigarrillo. Como dirigía la reunión, dije que tenía que salir a otra reunión o no me acuerdo qué dije y salí. Ese fue mi mayor triunfo. Luego fui poco a poco diciendo: ahora tengo que aguantar 15 días, ahora dos meses, ahora tres meses. Era durísimo para ir ablandando. Hasta los dos años, después le juro que soñaba que fumaba, pero lo logré. ¡Nunca más! Ahora me da asco.


Haga ahorita un manual básico y exprés de auto­disciplinamiento.
Primero es la constancia, eso es clave. Yo me río un poco de las promesas de los primeros de enero, todo el mundo espera ese día para hacer propósitos, lo cual es ridículo. A ver, la otra cosa sería tener una buena motivación y la otra es por alegría, porque la disciplina le va a llevar a la alegría.


¿Qué es lo mejor que le ha dejado la disciplina?
Paz interior, porque como he renunciado a tantas cosas estoy en paz. Y para mí, digamos, la paz, aunque parezca medio raro, es más valiosa que el amor incluso, a veces. Porque el amor es tan complicado, es tan difícil…

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