La (imposible) vida a imagen y semejanza del arte

El mundo regido por otras normas, o simplemente sin normas, es la propuesta que desde las vanguardias artísticas se ha venido haciendo; algunas veces funcionó, otras no.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 15 Mayo 2016

Nietzschianos (no literales, de espíritu). Desencantados. Necesitados de un ‘hombre nuevo’. Este podría ser el identikit básico de los hombres y mujeres que intentaron, con mayor o menor éxito, cambiar el mundo desde finales del XIX e inicios del XX, con ideas, con imágenes, con el cuerpo en movimiento. Desde distintas trincheras y manifestaciones varias, sin embargo, tenían un objetivo común: mejorar la vida siguiendo las reglas (y también las no-reglas) del arte.


La idea es seductora y, además, no es descabellada. Por lo menos no lo es del todo. Ha funcionado. Aunque no lo tengamos permanentemente presente, Occidente es hijo de las vanguardias artísticas del siglo XX, quizá mucho más que de sus revoluciones políticas. Esa es la tesis del antropólogo colombiano Carlos Granés, quien con sus dos libros más recientes (‘El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales’, Taurus 2011; y ‘La invención del paraíso. El Living Theatre y el arte de la Osadía’, Taurus 2015) pone en discusión esta posibilidad: un mundo hecho a imagen y semejanza del arte.


Con ‘El puño...’, Granés deja sentada la hipótesis plausible del éxito extra artístico de las vanguardias. “Los vanguardistas quisieron cambiar el mundo, las sociedades, pero no con herramientas políticas tradicionales, sino a través del teatro, la música, el cine, la literatura, la pintura”.  Y demuestra que lo hicieron trastocando tradiciones y permitiendo que, por ejemplo, el amor y el sexo libres comiencen a reinar; y cómo no ver los resultados de  la legitimación de la banalidad que nos heredaron.


¿Más ejemplos? Está John Cage, cuya particular forma de entender la vida influyó en la música del siglo XX. No por cómo suena, sino por lo que propone: no hay ninguna barrera que oponga el arte a la vida.  Con Duchamp, por ejemplo, Cage compartía la idea de borrar la distinción entre arte y vida; de ahí que destinara buena parte de su tiempo y su energía a difundir el pensamiento dadaísta.


En una entrevista dada en 1991, un año antes de su muerte, Cage decía:  “Cuando escucho eso que la gente llama música, tengo la impresión de escuchar a alguien que está hablando de sus sentimientos, de sus ideas, de sus relaciones. Pero cuando escucho el sonido del tráfico, aquí en la 6ta Avenida, no siento que alguien está hablando sino que el sonido está actuando. Y eso me satisface totalmente, porque no necesito que el sonido me hable”. En resumen, Cage abogaba por el mero hecho de existir como arte, la actividad más nimia como arte. Esa era, ¿sigue siendo?, la propuesta.


Es crucial recordar que “la cuestión –dice Granés– no era transformar las estructuras del Estado; la cuestión era transformar la vida”. El tema es indiscutiblemente actual, sobre todo en este país en el cual el Estado intenta jugar ese papel transformador desde ese ámbito (aunque esté demostrado que no funciona así) y que ya va por su noveno Ministro de Cultura, que empieza a ejercer desde mañana. Además hay una legión de artistas y gestores culturales que, a fuerza de realidad, ya están más decepcionados que ilusionados, pero que siguen expectantes el desarrollo de una promesa: cambiar la vida –la de ellos y la del resto– cambiando las condiciones de producción y de difusión del arte.  


Porque el arte sí puede, en alguna medida, cambiar la vida; eso está comprobado. Y, sin embargo, también pasa lo contrario, que solo con arte nada o muy poco cambia; o, incluso, se logran los efectos contrarios a los deseados. Granés también reflexiona sobre la faceta utópica de este intento; lo hace en ‘La invención del paraíso...’.


El Living Theatre, la compañía estadounidense de teatro fundada por Judith Malina y Julian Beck a inicios de los años 50, es el ejemplo que escoge el colombiano para mostrar la complejidad que encierra la puesta en práctica de la vida vivida como arte.


Lo hace utilizando dos momentos: uno tragicómico protagonizado por la compañía en Estados Unidos, donde sus presentaciones aunque levantaban revuelo y podían terminar en desmanes y encarcelamientos no pasaban de ser una anécdota. O por lo menos así se entendió y vivió el fenómeno en ese momento; ya luego se verá que derivó en unas ansias de libertad que pocos años después harían lo suyo en la sociedad estadounidense.


Otra fue la historia del mismo Living Theatre en los 13 meses de su estadía en Brasil (a inicios de los 70), cuando con su obra emblemática Paradise Now (que invitaba a un anarquismo pacifista) desquició a la dictadura militar brasileña que ordenó su expulsión del país argumentando que la compañía teatral era “absolutamente perniciosa para los intereses nacionales”, según recoge Granés en su libro.


Sin embargo, este episodio en el que “la cultura le torció la mano a la política” se puede leer solo como eso: un episodio. El mundo no cambió, o al menos no en la medida que los 39 integrantes de la compañía se proponían, gracias a un repertorio de obras de teatro experimental y provocador.


Pero sí cambiaron algunas visiones del mundo; a veces para mejor, a veces solo para reforzar el sistema contra el que el Living Theatre luchaba. De manera imprevista, su credo artístico imbuido de los espíritus hippie y yippie empezó a combinar con el capitalismo más descarnado.


En la búsqueda frenética del ‘hombre nuevo’ de repente, “el capitalismo y la vanguardia se reconocieron como aliados, la revolución se convirtió en fórmula y la rebeldía en campaña publicitaria. Nacía y triunfaba el pop, y el rebelde vanguardiasta se convertía en un asiduo de las tiendas de moda transgresora”. Y si cambiamos hippie por hispter o vanguardias por arte contemporáneo es inevitable esbozar una sonrisa (de Monalisa).


Granés aventura una hipótesis para este maridaje, a primera vista contradictorio: el “individualismo obstinado” de la vanguardia cultural y su gusto por todo lo nuevo conformaron la argamasa que la unió al mercado. Sin embargo, aún cabe preguntarse, como lo hace Granés, con optimismo ¿puede el arte transformar la sociedad?, ¿generar cambios políticos?, ¿alterar la conciencia? Puede, pero nunca tanto.

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