¿Radicalización islámica o islamización del radicalismo?

El radicalismo no tiene relación directa con el Islam, sino con factores sociales e identitarios, y tiene raíces anteriores al nacimiento de al-Qaeda o del EIIL y su ‘Yihad’



Arturo Cabrera Hidalgo* (O) 08 Mayo 2016

Es fácil restringir el análisis del radicalismo islámico en Europa a la situación actual en el Medio Oriente, a los intereses de determinados grupos terroristas o a una religión, pero también es ingenuo y peligroso.


Se trata de un fenómeno complejo que, al tener gran parte de su origen en occidente, termina  también manifestando sus consecuencias en occidente. Es una forma de expresión extrema que debe ser analizada y afrontada bajo distintos marcos contextuales -sociológico, cultural, político, económico e inclusive histórico-, considerando todas las variables y actores involucrados. No hacerlo tiene un costo y en el caso de Europa se lo está pagando con intereses, en un círculo vicioso en el que la violencia extremista de los últimos ataques terroristas incrementa la discriminación e islamofobia, que a la vez generan mayor extremismo y violencia.


Muchas de las políticas actuales generan mayor tensión entre Europa y el mundo islámico y son incapaces de combatir el extremismo o el terrorismo. Al contrario, los legitimizan a los ojos de quienes día a día se suman a un radicalismo que, en esencia, no tiene relación directa con el Islam, sino con factores sociales e identitarios, y que tiene raíces anteriores al nacimiento de al-Qaeda o del autodenominado Estado Islámico o EIIL y su “Yihad”, mal traducida en occidente como “guerra santa.”


Parafraseando al politólogo francés Oliver Roy, no se trata en realidad de una radicalización del Islam, sino de una islamización del radicalismo, lo cual prostituye principios que son comunes a la ética judío-cristiana, para llevar a cabo una revolución nihilista, que niega de hecho toda creencia o principio y que puede considerarse inclusive un fenómeno propio de una generación, en un contexto regional y mundial específico.


Ninguna de las dos principales corrientes del Islam, Sunita o Chiita, es por principio violenta. La politización de tendencias conservadoras de cualquiera de las dos sí puede generar violencia, lo que para analistas como el turco Taha Akiol terminaría siendo simplemente una politización de la violencia. En ese contexto y en una cultura global que hace apología de la violencia, una doctrina radical basada en la hostilidad tendría su atractivo, como ha sucedido con nacionalismos y extremismos nazis o comunistas.


Hablamos de consecuencias de dos guerras mundiales; de un colonialismo sangriento con divisiones y fronteras forzadas que generaron confrontaciones, exclusión y opresión; del irresponsable forcejeo de la Guerra Fría en la región; de la violencia provocada entre sunitas y chiitas con ocupaciones e intervenciones injustificadas; del apoyo a dictaduras y regímenes corruptos y criminales, y del abuso, rechazo, e inclusive segregación de las migraciones que llegaron a reconstruir Europa, cuyos hijos y nietos no están ni ahí ni allá, pero continúan viviendo en guetos, discriminados y segregados como hace 50 años, pese a contar con pasaportes o ser nacionales franceses, belgas o británicos.


En palabras de Robert Leiken (Council on Foreign Affairs) son “ciudadanos en nombre, pero no cultural o socialmente”, con una potencial “asimilación antagónica” y que, además, viajan por el mundo sin requerir visa.  La periodista y analista Nuray Mert afirma, sin equivocarse, que para entender el radicalismo islámico solamente una rápida lectura de los impactos que tuvo la Guerra Fría en los países islámicos y en sus luchas de poder internas puede ser mucho más útil que intentar encontrar respuestas en la teología islámica.


Por décadas se ha abonado el terreno para que movimientos radicales de carácter político, que buscan legitimarse a través de la religión, puedan manipular a una generación impotente, tanto en su tierra como formando parte de una diáspora. En Europa, se trata de una segunda o tercera generación de inmigrantes, reclutados y adoctrinados no solamente en mezquitas, sino a través de internet, redes sociales e inclusive en universidades. De entre ellos habrían salido 4 000 de los 20 000 combatientes extranjeros del Estado Islámico, fascinados por la Yihad, la búsqueda de reivindicación e inclusive de venganza, no por el Islam. También de ahí salió Samy Amimour, uno de los atacantes del teatro Bataclán que realizó más de mil recorridos como conductor del Bus 148 de París, sin que se pudiera percibir su radicalismo y peligrosidad, como tampoco se lo hizo tiempo atrás, cuando se planificó el asesinato de Theo van Gogh en Holanda, por parte de un exitoso estudiante de origen marroquí, y en otros tantos casos similares.


Podemos aceptar que se trata también de una compleja situación generacional, pero que no por ello terminará en una o dos generaciones, menos aún si se siguen alimentando radicalismos, como lo hacen recientes acuerdos anti-inmigración promovidos por la Unión Europea, o sesgados procedimientos de denuncias en números telefónicos y sitios de internet específicamente creados contra el extremismo “islámico.” Medidas que fácilmente pueden ser calificadas como políticas islamofóbicas y xenófobas, que contribuyen a temer que lo peor está aún por venir.  


Finalmente, si la ignorancia del tema es parte del problema y causa de la falta de políticas más efectivas y eficientes, debe empezarse a confrontarla.


* Investigador, PhD de la Universidad de Leiden, MPA de la Universidad de Harvard, especialista en temas de seguridad e inteligencia internacional.

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