Sociedad Civil y Estado: La lucha sin fin

Frente a una sociedad civil que se va haciendo global, los Estados buscan nuevos mecanismos de control; la relación es difícil y, sin embargo, aún parece necesaria.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 03 Mayo 2016

“El poder de los sin poder”, así bautizaba Václav Havel (primer presidente de la República Checa) a lo que había acontecido en Europa del Este para que cayera el Muro de Berlín, en 1989. Esos ‘sin poder’ eran  los millones de seres humanos que conformaban las sociedades civiles de aquellos países. Desde entonces, sostiene el politólogo mexicano José Fernández Santillán (Letras Libres, 2001), el mundo vive un renovado auge de la sociedad civil, término enrevesado y difícil de asir, pero que en cualquiera de sus compresiones remite al poder. Un poder que, además, le ¿quita? al Estado.


No son pocos quienes plantean la relación entre sociedad civil y Estado como una sempiterna disputa. En alguna medida lo es, pero la mayor parte del tiempo lo es de una manera concertada, cobijada bajo las formas de la hegemonía: es decir, el consentimiento -por infinidad de motivos y en diferentes grados- de una de las partes a ceder poder a la otra. 


Simplificando al máximo: la sociedad civil otorga la administración de la cosa pública y el uso legítimo de la fuerza al Estado a cambio de que este le garantice orden y seguridad. Hasta ahí, todos estaban más o menos de acuerdo. Es impreciso -a no ser que uno sea libertario o anarquista- asegurar que la sociedad civil necesariamente sea rival del Estado, pues este último nació de ella, de sus propias necesidades de organización. Pero los roces de la convivencia son innegables. 


Los siglos mudaron de números y la sociedad civil empezó a crecer, a complejizarse, a fastidiarse y a mostrar su desacuerdo con que el Estado controle su vida de la forma en que lo hace; con el tiempo también las estructuras paquidérmicas estatales han demostrado que difícilmente pueden seguirle el ritmo a los pies ligeros de una sociedad civil variable, indefinible e incontrolable. Y así entramos en el siglo XXI, con una sociedad civil que para no pocos Estados equivale a un gran dolor de cabeza. 


El sentimiento es mutuo: la sociedad tampoco simpatiza con el Estado; quizá con la excepción de países como Corea del Norte en donde todo es ‘felicidad’ porque no existe sociedad civil. Así lo asegura Human Rights Watch en su brevísima sinopsis de ese conglomerado humano, que tampoco tiene medios de comunicación independientes.


Los medios de comunicación son clave a la hora de evaluar la salud de una sociedad civil. A más medios temerosos, amenazados o (auto)censurados menor calidad de ciudadanía. En el siglo XIX, por ejemplo, prensa y sociedad civil constituyeron una dupla inseparable sin la cual no existiría la esfera pública que hoy nos acoge a todos y nos permite hacer uso y abuso de ella. Actualmente, es difícil no identificar una dinámica similar entre redes sociales y sociedad civil; nuevas formas y plataformas de comunicación han promovido nuevas reivindicaciones y maneras asociativas y una creciente participación de distintos actores sociales. La sociedad civil está viva y es poderosa. Aunque no todos piensan igual.


Entre quienes se preocupan de lo que más bien entienden como la debilidad actual de la sociedad civil está el filósofo italiano Giorgio Agamben, para quien el perpetuo estado de excepción en el cual viven muchas sociedades ha minado la capacidad de actuar de los ciudadanos, sometiéndolos, a nombre de la seguridad, a un sinnúmero de servidumbres que fortalecen la que él llama tiranía estatal. La semana pasada en una nota el El País,Agamben aseguraba: “Hay dispositivos como el control de las huellas digitales (…) que se implantaron para controlar a los criminales y ahora se aplican a todos. Desde la perspectiva del Estado, el ciudadano se ha convertido en un terrorista virtual”.


En el artículo ‘Dark days for civil society’, publicado por Foreign Affairs el año pasado, se encuentran datos que abonan al pesimismo de Agamben: del 2012 al 2015 más de 90 leyes que constriñen la libertad de asociación o reunión han sido propuestas o aprobadas en todo el mundo. El mismo artículo recuerda que el hostigamiento estatal a la sociedad civil es tan antiguo como la historia de ambas estructuras, sin embargo, las formas y las vías se han modernizado.


A la par que los ciudadanos encuentran nuevas formas de organización y de expresión, los gobiernos se dan modos de restringir los espacios públicos políticos y el acceso a la información. Todo se hace legalmente; como ejemplo están los mínimos campos de acción que se está dejando a las ONG. De hecho, Rusia y Kirguistán han compartido modelos de leyes para lograrlo. Hay algo que hace temible a las sociedades civiles, en todo el mundo: su inclasificabilidad, que las hace difíciles de controlar.


El economista venezolano Moisés Naím, en su artículo ‘The anti information age?’, publicado en The Atlantic el 2015, también se suma a los preocupados. Ante la creencia generalizada de que las redes sociales han potenciado la transferencia del poder de los Estados a la sociedad civil, él advierte que igualmente los gobiernos están irrumpiendo en la vida de la sociedad a través de nuevas tecnologías que controlan la información. La censura florece en el siglo XXI, la era de la información, asegura. 


Del siglo XXI también es la sociedad civil global, a la que se refiere John Keane en su libro ‘Global Civil Society’. Esta nueva estructura consiste en un ensamblaje de grupos que operan más allá de las fronteras nacionales.

Se trata, obviamente, de una entidad en formación, cuyas relaciones con los Estados aún son poco claras. Su accionar es permanente, pero se nota más, por ejemplo, en un escenario de devastación: donde haya un terremoto o una guerra nunca faltará la presencia de Médicos Sin Fronteras y/o de la Cruz Roja Internacional (o la Media Luna Roja). O la veeduría por los derechos humanos que está a cargo de Amnistía Internacional; la libertad de prensa tiene a sus mayores defensores en Reporteros Sin Fronteras. 


Los representantes de esta sociedad civil global están en una infinidad de ámbitos y van en aumento; no obstante, esta profusión juega en su contra, pues como dice Keane, al ser todo y estar en todo se podrían convertir en nada. 


En todo caso, es a esa misma sociedad civil, poderosa y algo atolondrada, a la que evoca Enrique Krauze en su artículo ‘¿Dónde está la sociedad civil?’ (Letras Libres, 2015) cuando escribe: “(…) muy pronto advertí que por todas partes, en cientos o miles de actos heroicos, aparecía el milagro de la fraternidad. Aunque el gobierno –como de costumbre– reaccionaba tarde, reaccionaba mal o no reaccionaba, la sociedad civil (que esos días comenzó a llamarse así) encontró su vocación. Ella sí reaccionaba. ¿Quién no admiró las hazañas de los “topos”? ¿Quién no se conmovió frente a Plácido Domingo, removiendo escombros en Tlatelolco?”. 


Está hablando del terremoto que azotó México en 1985. Esa es la sociedad civil a la que le pide que despierte, 30 años más tarde, para ayudar a combatir al crimen organizado y a “(…) la corrupción, la impunidad, la inseguridad cotidiana (…)”. Una sociedad civil que ante el vacío de institucionalidad e ideas –sea en México, en Grecia o en cualquier parte– no tiene otra opción que arremangarse y actuar, mientras su paquidérmico ¿socio? recién empieza a pensar en mover alguna de sus pesadas patas.

Esta semana, un activista rememoraba
Esta semana, un activista rememoraba
el desastre de Chernóbil, en Ucrania. Foto: AXEL HEIMKEN/ EFE-EPA
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