Yumbo recuperó su libertad

El osezno regresó al territorio de los Yumbos, ­donde nació. Tres instituciones se encargaron de su recuperación durante dos años.

Redacción Tendencias (I) 21 Noviembre 2015

Entre plantas de banano y árboles de café, un llanto agudo captó la atención de Milton Reldón y Noé Morales, quienes trabajaban la tierra en la comunidad de Santa Lucía, en el noroccidente de Quito. Un pequeño osezno de pelo negro, ojos muy abiertos y rodeados por una mancha blanca, y con dientes de lactante los miraba fijamente. Daba pasos inseguros hacia la plantación y retrocedía para buscar refugio en el bosque nublado.

A poco más de 45 km de Quito, sumergidos en medio de la neblina se levantan -por cada hectárea- más de 200 especies de árboles cubiertos por epifitas y lianas. Es territorio de osos desde hace más de cinco millones de años y, también, un espacio que fue habitado hace siglos por los Yumbos. El plantígrado recién nacido, de mes y medio, fue bautizado con el nombre del pueblo preincaico, al haber sido encontrado cerca de uno de los senderos construidos por los mismos.

Han pasado más de dos años y Reldón mira con alegría y ojos cristalinos como Yumbo emprende camino -corriendo- hacia su tierra natal. El pasado 9 de noviembre fue reinsertado en las laderas de las montañas que se elevan entre Yunguilla y Santa Lucía, dos comunidades que se dedican a la conservación y los proyectos sustentables, desde hace 20 años. Reldón recuerda el momento en que lo arropó con una chaqueta caliente después de titubear -junto con Morales- durante horas, sumido en la incertidumbre y con miedo de encontrarse con la madre.

El cuerpo del osezno estaba infestado de parásitos externos y huevos blancos de moscas. Pesaba 3 libras y se lo veía débil y cansado. No hallaron rastro de la madre, por lo que procedieron a llamar a Santiago ­Molina, ecólogo, quien les indicó que debían alimentarlo con leche materna... No había otra opción.

Tanya Riederer, quien estaba dando de lactar a su hija, fue la madre adoptiva de Yumbo, al que le dio su leche durante cinco días antes de que lo entregasen a la Policía Ambiental. “Cuando sacas a un animal que todavía está con cuidado parental, sabes que no va a poder regresar en, por lo menos, dos años, cuando podrá valerse por sí solo”, dice Molina. El 30 de abril del 2013, el Fondo Tueri -en el centro veterinario de la Universidad San Francisco de Quito- recibió a Yumbo deshidratado, decaído y con mucosas pálidas, a pesar de los cuidados de la comunidad. El oso andino se encuentra vulnerable según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

La amenaza principal es la deforestación. Sobre las montañas, en el noroccidente de Quito, por donde cruza la carretera Calacalí- La Independencia, el paisaje es un mosaico de pastizales que fragmentan al bosque en pequeñas áreas. Molina afirma que cada uno de estos mamíferos necesita 800 hectáreas para sobrevivir, “ahora se encuentran al límite”. Durante siete años captó, con cámaras trampa, imágenes de 30 individuos en el Distrito de Quito. El Centro Ilitío, un refugio ubicado en las faldas del volcán Cotopaxi, pasó a ser el nuevo hogar del oso por dos años y Sebastián Kon, su nuevo padre adoptivo.

Yumbo compartió celda con Ukumari, un oso traumado por acción de los humanos. Su miedo enseñó a Yumbo a temer a las personas y a subirse al árbol cuando sentía peligro. Kon cuenta que en las noches, mientras dormían, los alimentaba con bromelias. Con la caída de ceniza del Cotopaxi, Yumbo fue trasladado al Zoológico de Guayllabamba, donde armaron todos los ­preparativos para que pudiese ser liberado.

El día de su liberación, Yumbo portaba un collar con rastreador satelital donado por el Zoológico. Apenas se abrió la puerta de la jaula, un oso grande y fornido salió disparado, sin mirar atrás, hacia el bosque donde había nacido. Yumbo será el ícono de las comunidades, dice Molina. Sin embargo, permanece la incógnita de qué ocurrió con su madre.

Yumbo, oso recuperado
Yumbo, oso recuperado
Yumbo fue rescatado por Noé Morales y Milton ­Reldón, quienes lo cuidaron. Foto: Cortesía de la cooperativa de conservación y desarrolla comunitario sustentable santa lucía.
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