Guardianes, a los pies del volcán

Los guardaparques vigilan, día a día, las zonas y las especies vecinas del Cotopaxi

Redacción Tendencias (I) 05 Septiembre 2015

‘Alerta amarilla. Prohibido el paso’. El cartel de metal barnizado sobresale en medio de un paisaje gris. A lo lejos, Edwin Llumitasig y otros seis guardianes del Parque Nacional Cotopaxi están inmersos en nubes de polvo blanco, que se elevan cada vez que su escoba peina el pavimento. Mascarillas, gafas y pasamontañas cubren sus rostros.

Lo que hasta hace tres semanas fue un lugar colorido por la llegada de visitantes y las artesanías de los lugareños, ahora tiene tonos de recuerdo en la visión de Edwin. Una cortina de cenizas transformó el Parque en una película antigua, 
en sepia. La restricción al paso de turistas solo fue el inicio de la transformación.

Foto Cotopaxi
Foto Cotopaxi
volcán cotopaxi 2


En la entrada sur del Parque, en el Control Caspi, una casa construida con madera y techo de teja, que una vez fue de color ocre es el refugio de 16 guardaparques que aún se encuentran en las faldas del segundo volcán en actividad más grande del mundo. Al entrar se disimula en algo el olor a azufre que impregna el ambiente exterior. 

Mientras se reúnen en la sala, conversan y planifican las actividades del día, una voz -a través de una radio sobre la mesa del comedor-  repite: “Me copian...”. Las risas opacan la incertidumbre que reina en cada integrante de esta gran familia. Viven el día a día, a la espera de la posible catástrofe, cuenta Sonia Enríquez, educadora ambiental del Parque, después de tomar un sorbo de té. 
Los guardaparques cumplen  turnos: dos noches a la semana duermen en ese refugio. En el cuarto de Llumitasig y de sus compañeros solo hay tres camas tendidas y una maleta llena de ropa al lado de la puerta. 

Foto: Cotopaxi 3
Foto: Cotopaxi 3
Ceniza del volcán Cotopaxi


El hombre, de 28 años y padre de familia, lleva toda una vida disfrutando de la naturaleza y un año trabajando como guardaparque. Las maletas, el kit de emergencia y los vehículos -explica- están preparados para salir precipitadamente en caso de requerirlo. Sonia sonríe y dice que se siente más tranquila: ahora, tras los simulacros, el tiempo de evacuación bajó de cinco a tres minutos.

Sus actividades ya no son las mismas de otrora. En 1975, el Cotopaxi fue declarado Parque Nacional; pero ahora se enfrentan a una situación nueva, una en la que deben aprender a vivir con el volcán en proceso eruptivo. Antes se dedicaban al control, a salvaguardar a los turistas y al monitoreo de  la flora y fauna; ahora la vigilancia -para que ningún curioso ingrese- y la limpieza son los quehaceres más exhaustivos. Las capas de ceniza, aparte de ser riesgosas para la salud, cubren los paneles solares que les brindaban agua caliente, ahora se deben a los fogones. 

Cotopaxi 4
Cotopaxi 4
Ceniza del volcán Cotopaxi


El monitoreo de plantas y animales persiste en su cronograma a pesar de la situación. Mientras se pone el overol verde militar de guardaparque y la mascarilla, Vinicio Vallejo cuenta que han encontrado algunos animales muertos... caballos, venados y conejos. Si llegasen a ver un desplazamiento de animales, para ellos  sería el indicio de su evacuación; y, si estuviesen en el campo cuando el Cotopaxi erupcionase, buscarían refugio en los puntos más altos, como en el volcán Rumiñahui. 

Vinicio asegura sentirse preparado para la evacuación. Sin embargo, una de sus preocupaciones es quedarse aislado 
si el lahar destruyese el puente del río Cutuchi.

“Cada mañana que me levanto para trabajar, salgo confiando en Dios. Si es que algún día llegara a pasar, espero que mi familia quede a buen recaudo y que la institución reconozca el trabajo que estamos haciendo”, dice Llumitasig, mientras se retira de la boca la mascarilla de color rojo encendido. 

Los motores en marcha de las camionetas y motos reflejan la ansiedad de los guardaparques por cumplir con las actividades del día. Se suben a las camionetas, Llumitasig corre detrás y cierra la puerta. Los vehículos se pierden en un horizonte de pinos. La calle queda desolada, otra vez. Un manto de ceniza se levanta bruscamente y cae, delicada, sobre el asfalto.

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