Tras el rastro de Charles Darwin en Galápagos...

Mañana se cumplen 155 años de la publicación del ‘Origen de las Especies’, escrita por el naturalista inglés. Galápagos fue fundamental para probar su teoría.

Arturo Torres. Editor (I) 22 Noviembre 2014

La estatua de Charles Darwin en el museo de Ciencias Naturales de Londres es solemne y ceremonial, pero no le hace justicia al hombre que en 1835 llegó a las islas Galápagos como un aprendiz de investigador.

Mañana, 24 de noviembre, se cumplen 155 años de la publicación de ‘El origen de las especies’, el libro que cambiaría la historia de las ciencias naturales y descifraría el mayor misterio de la vida. Darwin publicó la obra en 1859, 28 años después de haberse aventurado a explorar el mundo con la tripulación del navío HMS Beagle.

La misión del Beagle, capitaneado por Robert Fitz Roy, era determinar la longitud de numerosas islas oceánicas y continentes.  El navío bajaría por la costa oriental de Sudamérica, subiría por la costa occidental, cruzaría el Pacífico hasta Tahití y circunnavegaría el planeta.

El barco zarpó el 27 de diciembre de 1831 de Inglaterra. La víspera, Darwin había sufrido un ataque de ansiedad y palpitaciones cardíacas.

Durante toda su vida padecería esos síntomas, así como afecciones gastrointestinales y brotes profundos de agotamiento y depresión, según él mismo relata en su autobiografía.

Las enfermedades obligaron a este intrépido investigador a quedarse recluido en su casa durante el último tercio de su vida.Esta, precisamente, era la imagen más difundida de Darwin: un hombre enjuto y pálido, barbado como un patriarca, entrado en sus últimos años de vida. Dista mucho del joven que llegó a Galápagos, a los 26 años.

“Era un muchacho como cualquier otro, lleno de inquietudes, no sabía exactamente qué hacer con su vida, ni hacia dónde iba a caminar, no sabía lo que quería”, relata el científico inglés Godfrey Merlen, estudioso de  Darwin.

Mapa
Mapa
El Bergantín Beagle

La imagen del explorador está mejor representada en una estatua que desde septiembre pasado aparece sentada en un pequeño mirador, a un costado de la estación Charles Darwin en Puerto Ayora, en Santa Cruz.

El escultor ecuatoriano Patricio Ruales trabajó la efigie basándose en los datos que recibió de Merlen. “Quedó en mis manos revisar todos los detalles de la estatua, desde las botas hasta el cabello, la ropa, incluyendo su postura, que recreamos con base en una escultura que existe en la universidad de Cambridge. De Inglaterra recibimos mucha ayuda de Randal Keynes, su tataranieto, y descendiente directo de Darwin”.  

La figura de tono gris, que fue elaborada en fibra de vidrio, muestra a un Darwin joven con una lupa y un cuaderno de notas. El naturalista anotaba todas sus observaciones, sobre todo de las particularidades de escarabajos, cucarachas y otros insectos que recolectaba.

Charles Darwin nació en Shrewsbury, Inglaterra, el 12 de febrero de 1809; fue el quinto hijo de Robert Darwin y Susannah Wedgewood. Uno de sus abuelos era el patriarca Erasmus Darwin, autor, médico e inventor, de ideas radicalmente progresistas, incluso llegó a apoyar a las colonias rebeldes durante la revolución americana contra los ingleses.

Charles Darwin
Charles Darwin
Archivo/ EL COMERCIO

En vista de que no fue un buen alumno en el colegio, su padre lo envió junto a su hermano, Erasmus, a la universidad de Edimburgo a estudiar Medicina, carrera que abandonó, pues no soportaba ver las operaciones quirúrgicas, que en esa época aún se practicaban sin anestesia.

Entonces, empezó a estudiar religión para ser párroco, bajo los dogmas de la Iglesia Anglicana, en esos tiempos todavía no dudaba de la verdad literal de la Biblia...

Las islas fueron eslabones para la evolución

Durante tres años, Charles Darwin estudió en la Universidad de Cambridge, donde siguió Geología y Botánica con el reverendo John Steven Henslow. Él influyó notablemente en su carrera científica y le dio las primeras certezas sobre su verdadera afición a las ciencias naturales.

Paradójicamente, fue Henslow quien le dejó un mensaje informándole que el capitán Robert Fitz Roy estaba dispuesto a compartir su camarote con algún joven que le acompañara como naturalista voluntario en el Beagle, según reseña en una de sus cartas. Esas  misivas son parte del archivo del proyecto Darwin, auspiciado por la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, que fueron revisadas por este Diario.

El 15 de septiembre de 1835, el navío llegó a Galápagos, tras haber navegado por las costas de Brasil, Argentina, Chile y Perú. Especialmente por la Patagonia, la región más austral del continente. Los detalles de esta aventura fueron relatados por Darwin en su libro ‘El Viaje del Beagle’. Se trata de una minuciosa bitácora donde detalló todas las observaciones científicas y vivencias, así como las conversaciones que tuvo con diferentes personas y especialistas en esa época.

Lo primero que le sorprendió al naturalista fue la formación de rocas volcánicas y cráteres del archipiélago, en un período relativamente reciente (5 millones de años). Y sobre todo sus especies, en buena parte endémicas (únicas).  “El rasgo más notable de la historia natural de este archipiélago es que las 13 islas, en una extensión considerable, están habitadas por conjuntos distintos de seres orgánicos”.

Durante cinco semanas, el visitante, junto con la tripulación del Beagle, recorrió las islas Isabela, Floreana, San Cristóbal y Santiago. En esta última isla permaneció siete días, con provisiones y una tienda para acampar. Allí se encontró con un grupo de españoles que había llegado de otra isla para salar pesca y carne de tortuga. “Solo comimos tortuga, el asado con su caparazón, como la carne con cuero de los gauchos, es un bocado sabrosísimo y las tortugas jóvenes nos servían para hacer una excelente sopa”, relató. Hoy esa isla está deshabitada, y solo recibe visitas esporádicas de turistas y científicos.

Por décadas, las tortugas gigantes fueron depredadas por piratas y bucaneros, que desde el siglo XVI llegaban al archipiélago, que utilizaban como refugio y descanso, luego de atracar a los galeones de la armada española.  

Se estima que en esa época había unos 300 000 quelonios en diferentes islas y fueron reducidos a unos 20 000 ejemplares, recalca Arturo Izurieta, director del Parque Nacional Galápagos. La población se ha recuperado y actualmente bordea las 36 000 galápagos, gracias a trabajos de criaderos y a la eliminación de especies introducidas, como los chivos.  

El paso del científico puso en el mapa de la ciencia a las islas, que luego fueron visitadas por más estudiosos y exploradores interesados en la conservación de las especies.

Este fenómeno fue más notorio -apunta Izurieta- después de que se publicó ‘El Origen de las Especies’. Las islas se volvieron uno de los epicentros científicos del planeta.  

La anexión de Galápagos

La llegada de Darwin ocurrió tres años después de que la naciente República del Ecuador, con el general Juan José Flores como su primer presidente, decidiera anexar oficialmente al archipiélago de Galápagos a su territorio.

En abril de 1832 se realizó la primera colonización. El grupo de ecuatorianos que llegó a Floreana estaba compuesto, en parte, por soldados sublevados y condenados a muerte. A ellos se les conmutó la pena a cambio del destierro, gestionado por el general José Villamil, uno de los próceres de la Independencia, quien fue nombrado gobernador general del archipiélago.

El investigador se reunió con Villamil, quien entre otras cosas le comentó que de una isla a otra también había diferentes tipos de tortugas.

En las islas acopió especialmente pájaros, peces, insectos y plantas para su colección, que sumó 5 000 piezas recolectadas en toda la travesía.

Precisamente, la observación de los pájaros cucubes y pinzones fue considerada por el investigador británico uno de los eslabones que le permitieron desarrollar posteriormente su teoría, que explica la evolución por una selección natural, donde los más aptos prevalecen para perennizar su especie. “Si todas las especies de la Tierra son inmutables ¿por qué los picos de los pinzones, por lo demás muy parecidos, que habitan islas separadas por 80 o 100 kilómetros de océano, varían tan espectacularmente? ¿Por qué en una isla los picos de los pinzones son pequeños, estrechos y puntiagudos y en la isla siguiente son más grandes y curvados como el de loro?, se preguntaba en sus apuntes sobre el viaje del Beagle.

El 20 de octubre, el Beagle zarpó de Galápagos llevando innumerables y preciadas evidencias científicas a Inglaterra, incluidos fósiles hallados en la Patagonia. Los siguientes 20 años, el científico se empleó a fondo para acopiar nuevas evidencias y confirmar su hipótesis. Para esto recurrió a sus 1 500 páginas de notas y a otros expertos que analizaron las muestras y ratificaron que se trataba de especies únicas en el planeta y que efectivamente había variaciones importantes entre una y otra. Lo fantástico de este personaje -según Godfrey Merlen, que vive en Galápagos desde hace 44 años- fue su capacidad de pensar lógicamente y superar todos los dogmas de su tiempo, en el que prevalecían las creencias religiosas para explicar el origen de las especies. “A partir de un análisis global, que le permitió el viaje del Beagle, tuvo una gran convicción de que era posible desarrollar nuevas especies y que había un proceso de cambios constantes, de que todo estaba conectado”.

La encrucijada familiar

El científico también vivió dilemas éticos y religiosos personales que debió conciliar con su fe religiosa y la de su esposa, Emma Wedgewood, quien lo criticaba por no creer en nada hasta poder demostrarlo. La correspondencia familiar registra sus discusiones.

En este período, el investigador sufrió la temprana muerte de su hija Annie, de 10 años. Ella murió un 23 de abril de 1851. Este drama familiar es descrito por su tataranieto Randal Key­nes en el libro biográfico ‘La caja de Annie’, que también inspiró la película sobre el científico. Darwin siempre había temido que Annie heredara su quebrantada salud y no pudo evitar cierto sentido de culpabilidad: “Él se sentía responsable de aquella muerte pero era improbable: Annie murió de tuberculosis, una enfermedad muy temida en la época, pero en modo alguno hereditaria”.

En el terreno científico, Darwin no era el único que trataba de descifrar los secretos de la evolución. Había otros naturalistas que seguían las mismas pistas. El más destacado fue Alfred Rusell Wallace, quien escribió un ensayo elogiado por Darwin. De hecho, él le comentó que su línea de estudio iba en esa misma dirección, según consta en la correspondencia que ambos mantuvieron. A la postre, entre los dos se impuso un pacto de caballeros. Incluso decidieron publicar en la misma revista -Proceedings- los hallazgos de su trabajo, para que la comunidad científica los juzgara.

No obstante, el viajero del Beagle fue más lejos: emprendió la tarea de escribir el libro que iba a desatar tantos conflictos, especialmente con las alas clericales más conservadoras. El 24 de noviembre de 1859 publicó ‘El origen de las especies’. Los libreros se disputaron la primera edición de 1 250 ejemplares. En su parte medular el texto señala: “La naturaleza selecciona las plantas y los animales que según cree están adaptados más favorablemente que sus congéneres; estos seres afortunados se reproducen preferentemente, dejan más descendencia y, a medida que pasa el tiempo, eliminan a la competencia. La selección artificial que ha emprendido el hombre para modificar razas de animales domesticados nos ayuda a comprender cómo funciona la selección natural”.

El visitante más célebre de las islas Galápagos había tenido extremo cuidado en hacer una sola referencia al hombre en todo el libro: “Esto arrojará luz sobre el origen del hombre y su historia”. 

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