Quito y la rebelión de

los forajidos

La semana en la que el gobierno de Lucio Gutiérrez
se desplomó y ascendió un nuevo actor político.

La estabilidad económica y los ‘aliados’ internacionales que había construido el coronel Lucio Gutiérrez no pudieron detener el estrepitoso final de su gobierno, la tarde del 20 de abril del 2005.

Su pacto con Abdalá Bucaram, que derivó en la reestructuración inconstitucional del Poder Judicial aquel 8 de diciembre del 2004, marcó su carta de defunción. Lo de Gutiérrez no fue un suicidio político deliberado. En realidad, el pacto con el PRE y el Prian de Álvaro Noboa fue visto como una tabla de salvación ante la arremetida del socialcristianismo, la ID y Pachakutik que, desde el inicio del Gobierno, en enero del 2003, hicieron todo lo posible por desestabilizar al coronel.

La venganza de los indígenas por la ‘traición’ de la alianza que los llevó al poder, el temor de la ID a que Sociedad Patriótica emergiera como la nueva fuerza de la sierra y el afán del diputado León Febres Cordero por seguir controlando la Justicia acorralaron a un Gobierno sin bases políticas sólidas.

Gutiérrez nunca pudo explicar a los capitalinos por qué trajo a Abdalá Bucaram, anulando de un solo plumazo sus juicios pendientes. La ira popular, alimentada también por sectores que medraron políticamente del repudio al coronel, crecía poco a poco. El 13 de abril del 2005, cuando el alcalde de Quito, Paco Moncayo, no logró capitalizar el descontento social, los ciudadanos se tomaron las calles. La rebelión de los forajidos marcó un antes y un después en la convulsionada historia política de esta nación. Sus secuelas todavía persisten.