‘No se escapa de la cárcel personal’

Jorge Velasco Mackenzie va cada día de 10:00 a 17:00, a escribir, a la Biblioteca de la CCE, en Guayaquil. Tiene una novela por publicarse y algunas ideas sobre el encierro, que ha vivido en carne propia.

30 marzo 2014.

ENo es su oficina ni el lugar donde trabaja, es el lugar donde investiga y escribe. Para Jorge Velasco Mackenzie escribir no es trabajar, es una forma –la única posible– de vivir. No es su oficina, es más que eso, es como si fuera su casa. Es el sitio “donde me hacen las entrevistas”, dice cuando concertamos la cita telefónicamente, para sentarnos a hablar del encierro, esa circunstancia que él ha vivido en contra de su voluntad, pero a favor de sí mismo. Para no dejarse vencer por “la enfermedad”, que es como llama al alcoholismo que lo aqueja.

Y se antoja paradójico estar hablando del encierro junto a unos ventanales, de piso a techo, que permiten una vista envidiable del Parque Centenario (Guayaquil). A ratos parece que sobrevoláramos las copas de los árboles, mientras la luz de una tarde de marzo, caliente y húmeda, entra a la Biblioteca de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, y Velasco Mackenzie recuerda con nostalgia las tres bibliotecas que ha perdido en las separaciones con sus parejas.

Pero también hay espacio para la ilusión: “Ahora que estoy solo, intento armar una nueva biblioteca. El otro día la veía y me daba gusto porque está creciendo, ya tengo unos 800 libros”. Y lugar para las bromas: uno de sus ‘colegas’ de la Biblioteca se acerca con un cepillo viejo para insinuarle que se peine para las fotos e inmediatamente después finge que le toma una con un Nokia tan antiguo como destartalado. Solo después de que la foto ficticia ha sido tomada por el ‘colega’ empezamos a conversar (al ritmo que impone la mente dispersa de Velasco Mackenzie, que parece no querer pensar en ciertas cosas).

¿Cómo se hace para escapar de las cárceles personales en las que todos vivimos? No se puede; escapar de la cárcel personal es imposible. Sobre todo en el caso mío, que soy un escritor; mi cárcel es mi escritura, inventar cosas.

Como decía Capote: “Cuando dios te da un don también te da un látigo”. Tenía muchísima razón. Pero Capote se olvidó de mencionar a una cárcel mucho más fuerte.

¿Cuál? La cárcel del lenguaje. Nosotros los escritores vivimos encerrados en una cárcel de palabras también. Dependemos del lenguaje.

Pero no parecería una cárcel tan indeseable esta de las palabras, ¿o lo es?Depende de cómo se lo tome. Por ejemplo, yo admiro mucho a Rimbaud, y él hablaba de la cárcel del lenguaje y terminó abandonando la escritura siendo todavía muy joven.

Aprovechemos sus dotes narrativas para que describa el encierro físico, ¿qué es? Es un espacio en el que uno no solo pierde la libertad sino la voluntad de vivir.

¿Qué diferencia al encierro físico del encierro emocional? ¿O son lo mismo? Los dos son aliados.

¿Es inevitable entender al encierro, al aislamiento, como un castigo? Yo no lo tomé nunca como un castigo, pero creo que en los reclusorios penitenciarios el encierro sí es un castigo.

Entonces, ¿sinónimo de qué es el encierro? De la pérdida de libertad, pero en mi caso asociado a la cura de mi enfermedad.

¿Qué opina de las personas que buscan voluntariamente el encierro y el aislamiento, como los monjes? Ellos llegan a ese punto en busca de la espiritualidad y eso es muy diferente. Pero aunque sea voluntario también tiene su nivel de sacrificio, porque ellos se están sometiendo para encontrar una especie de rehabilitación por la vía espiritual.

¿No cree que de alguna manera todos sufrimos algún tipo de encierro; estamos atrapados en alguna emoción, en una circunstancia, en un recuerdo? El encierro es algo que nos pasa a todos. Puede ser un encierro de orden familiar. Un encierro por carecer de afecto o por dedicarse exclusivamente a los hijos y vivir poco.

¿Y qué cosas cree que podemos hacer para no ser víctimas del encierro? Abordar todo desde afuera. Ver las cosas desde afuera.

¿Como si fuera la vida de otra persona? Y es que es la vida de otro. Ya ve, lo escritores novelamos la vida de otros.

¿La fórmula también sirve para los no escritores? No lo tengo muy claro. Porque pretender que no nos afecte lo que nos pasa es imposible. De todas formas, al nacer y al estar en la vida nos convertimos en testigos y personajes de ese entorno en el que vivimos. Es el ananké griego, el destino, estamos condenados a eso.

¿Qué se llega a comprender desde el encierro? La necesidad de estar limpio, la obligación de estar limpio.

¿Lo peor del encierro, a más de perder la libertad? Lo más duro que yo viví las veces que estuve en esa clínica fue no poder comunicarme con las personas que quiero. De una manera simbólica, le quitaron la palabra. Exacto. Pero yo comencé a escribir. Aunque nunca pensé escribir una novela sobre ese tema, me di cuenta de que algo tenía que quedar de eso.

¿Se puede rescatar algo bueno de esa vivencia? En mi caso, la novela; hay una posibilidad de crear ahí.

¿A quién usted sí le desearía el encierro? Al dueño de la clínica.

¿Y a quién nunca se lo desearía? A ninguno de mis hijos.

¿A usted para qué le ha servido el encierro? Dicen que para alejarme de mi enfermedad, para curarme un poco.

Eso dicen, ¿usted qué cree? No mucho.

¿Qué se necesita para salir vivo del encierro? Algo que no tenemos los que padecemos una adicción y todo el mundo te pide que lo tengas. Mis amigos me dicen: todo es cuestión de fuerza de voluntad. Pero eso es lo que no tiene un adicto. Pero usted logró salir del encierro. Estoy saliendo, querida, estoy saliendo... No he podido salir completamente, como yo quisiera.

Ivonne Guzmán 
iguzman@elcomercio.com

Jorge Velasco Mackenzie

Nació en Guayaquil en 1949. Fue 34 años profesor de la U. de Babahoyo. Hace tres años está jubilado y ahora se dedica en exclusiva a escribir. En abril presentará su más reciente novela: ‘La casa del fabulante’, que ficciona su paso por una clínica de rehabilitación de adicciones. Ha publicado 8 novelas, 8 libros de cuentos, 1 de ensayos y 2 obras de teatro.

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