‘Gabo’ ascendió a Macondo para encontrar al patriarca

La figura del coronel Nicolás Márquez, abuelo materno del escritor, fue determinante en sus obras monumentales

20 abril 2014.

Se cumplió el peor de sus temores: la muerte. Construir una historia en torno a un cadáver insepulto fue una constante en la obra del escritor Gabriel García Márquez. Su vida se apagó este Jueves Santo, como si se cumpliera el más paradójico de sus relatos mágicos. Al arquitecto de Macondo le atravesó -como hierro ardiente- ese terror primordial: el miedo a sepultar a otros y, peor aún, ser enterrado. No fue casual que tras su deceso en México no hubiese funerales y que sus restos fueran cremados. Esa fijación necrológica se evidenció desde su primer relato, titulado ‘La tercera resignación’, que esbozó al siguiente día de leer ‘La Metamorfosis’, de Kafka. Cursaba su primer año de Leyes en la universidad.

Entre las muertes, ninguna tan devastadora como la de su abuelo, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, en 1937. Desde su nacimiento, ‘Gabito’ se quedó al cuidado de sus abuelos maternos: el nostálgico coronel Márquez y su esposa Tranquilina Iguarán Cortez, en la polvorienta y calurosa Aracataca. Con ellos vivió sus primeros diez años, recreados minuciosamente por el inglés Gerard Martin en su biografía: ‘Gabriel García Márquez, Una vida’. Los padres del escritor, Gabriel Eligio García y Luisa Márquez, lo dejaron y se marcharon hacia Barranquilla en busca de una mejor suerte. El escritor Mario Vargas Llosa sostuvo que fue el propio coronel quien insistió en que la pareja viviera lejos. El pequeño creció en la casona de sus abuelos. Allí nació el domingo 6 de marzo de 1927, tras un parto complicado porque el cordón umbilical rodeaba su cuello. A ese hecho atribuiría luego el origen de sus miedos claustrofóbicos.

El coronel Márquez, quien entonces tenía 63 años, celebró el nacimiento de su ‘Napoleoncito’. Él era un militar liberal que luchó en la Guerra de los Mil Días, entre 1899 y 1902, contra las fuerzas conservadoras del país. El abuelo fue héroe, sabio y maestro. Compartió con el pequeño mil y una historias sobre gestas triunfales. También sus derrotas. Le enseñó a probar el sabor de la amarga soledad de los vencidos: “el bien no siempre triunfa en el reino de este mundo”. El viejo le dio su más preciado regalo, un diccionario. “Este libro no solo lo sabe todo, es el único que nunca se equivoca”, dijo el abuelo. “¿Cuántas palabras tiene?”, preguntó el niño. “Todas”, escribió luego el ‘Gabo’ en sus memorias. El Coronel fue su antena al mundo. La imagen de su primer contacto con el hielo fue real: el anciano lo llevó al almacén de la bananera transnacional Fruit Company y le mostró el pescado congelado.

“Lo toqué y sentí que me quemaba, pero en esa primera frase de la novela (‘Cien años de soledad’) yo necesitaba el hielo, porque en un pueblo que es el más caliente del mundo, la maravilla es el hielo. Si no hace calor, no me sale el libro. Tanto calor hace, que ya no hizo falta volver a mencionarlo, estaba en el ambiente”, recordaría mucho después. La figura patriarcal del abuelo es una pieza omnipresente en buena parte de su obra. Esa es la revelación crucial de la biografía de Gerald Martin, que le tomó 17 años de investigación. “No cabe duda que mereció la pena educar al muchacho: el devendría en heredero de los recuerdos del anciano, de su filosofía de vida y su moralidad política; en definitiva, de su visión del mundo. El Coronel seguiría viviendo a través de él”, escribe Martin.

La literatura garciamarquiana refleja un deseo irrefrenable de volver al mundo del abuelo. Esa huella atraviesa ‘La Hojarasca’, ‘El Coronel no tiene quien le­escriba’, ‘Cien años de soledad’, ‘El otoño del patriarca’. Nicolás Márquez era su pie a tierra, mientras las mujeres de ese hogar -empezando por su abuela- eran la fuente inagotable de su fantasía, habitada por espíritus que vagaban en las noches. En ese universo se funden todos los personajes de su vida infantil, plagada de miedos y supersticiones. La influencia de la figura patriarcal marcaría sus relaciones posteriores con el poder. Admiró la inteligencia “tranquila de Stalin”. Justificó la represión a una abortada sublevación húngara, a cargo de Janos Kadar. Como reportero visitó Vietnam y su trabajo se limitó a registrar la versión oficial del gobierno comunista, critica el historiador mexicano Enrique Krauze, en el libro ‘Redentores, ideas y poder en América Latina’. Luego mantuvo una cercanía estrecha con el dictador cubano Fidel Castro, advierte Krauze, quien es tildado de intelectual derechista, conservador. “Después de representar al patriarca en la literatura, era hora de buscarlo en la vida real. Martin lo confirma: era Fidel Castro, representación de su propio abuelo, el único hombre a quien García Márquez no podía, no pretendería y ni siquiera quería vencer”. Tampoco criticó los abusos del castrismo contra los disidentes en la Isla, cuando intelectuales del mundo cuestionaron los excesos. En su memoria guardaba el relato del abuelo, quien en un duelo mató a un hombre joven. “No sabes cuánto pesa un muerto”, diría el anciano. “Pero si fuera necesario lo volvería a hacer”. La universalidad de su legado literario trasciende la polémica de sus afinidades políticas, sus simpatías y contradicciones. El Jueves Santo volvió a Macondo a encontrarse con su inspirador, el patriarca Nicolás.

Arturo Torres. Editor

En 1982 recibió el Nobel de Literatura por su fecunda obra, en la que se incluye ‘Cien años de soledad’.

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