Cristóbal Zapata no para: edita libros, escribe poesía, hace crítica de arte y hace pocos días acaba de curar una muestra de arte contemporáneo en Cuenca. Y, además, se da tiempo para hablar del goce.
06 abril 2014.
Entre las varias maneras de desentrañar el goce –de manera teórica– está la de sentarse a hacerle preguntas a un poeta. El poeta, que en este caso es Cristóbal Zapata, responderá con prurito por decirlo todo de la forma más precisa posible y también lo hará con sentido del humor. Y de alguna manera, entre palabras sesudas y preguntas absurdas, se producirá una situación gozosa.
El goce. No parece el tema más apropiado para una ajetreada mañana de martes en el café Cinema de la Casa de la Cultura del Azuay, donde el 99 por ciento de la clientela –que entra y sale constantemente– saluda con Cristóbal. Pero él no se sale del tema; devuelve cada “hola, qué tal” sin perder el hilo de la conversación y fuma acompasadamente, envolviendo con humo todo lo que dice.
¿En cada posibilidad de goce viene incorporada la semilla del dolor?
Hasta cierto punto sí. Es decir, ciertas experiencias, como las sexuales, involucran también el dolor eventualmente, que en el contexto del gozo se retransfigura como placentero.
¿Y en otros ámbitos?
En las experiencias extáticas de los místicos, el componente del martirio es parte de esa experiencia beatífica. En muchas cosas importantes en la vida, los bordes entre gozo y dolor son absolutamente porosos.
Como en esa frase que dice: No hay beso que no sea principio de despedida; incluso el de llegada.
Bueno, un beso, como un abrazo y como muchas otras expresiones del cuerpo, inaugura algo que trae inscrita una fecha de expiración.
¿Eso que nos produce placer, en algún punto nos va a ocasionar dolor?
La lógica de los afectos está sometida a esa dialéctica.
Que es la misma que la de la borrachera.
Sí, bueno…
Estamos ya muy cristianos con esto de la culpa.
Con esto del arrepentimiento, de la expiación, que es lo que sucede precisamente al desenfreno, a la fiesta y a todas estas experiencias de lo absoluto en las que el cuerpo participa de una experiencia de otro orden.
Menciona 2 misterios gozosos paganos que ningún mortal se debería perder.
La experiencia sexual.
Supongo que estás hablando de una manera más suelta y abierta de vivir el sexo.
Sin duda. Es una experiencia, como decía Mircea Eliade, verdaderamente integral, porque no solo te comunica con el otro, sino que en ese trance de algún modo te comunica con el orden de lo sagrado.
¿Y el segundo?
Quizá la ebriedad; cuando está atravesada por una energía vital, erótica, no tanática, no destructiva.
¿En qué ámbitos la sociedad sigue valorando al sufrimiento por encima del goce?
Eso pasa mucho todavía en las religiones, que han satanizado la dimensión gozosa del cuerpo y lo piensan básicamente en función de su rentabilidad y no en función de sus impulsos más vitales, de sus apetencias. Me parece que la iglesia pretende seguir administrando todo este conjunto de signos y de expresiones vitales del cuerpo.
Esta sociedad ha creado nuevas religiones, como la de la productividad, y en las oficinas se sigue premiando al trabajador más ‘sacrificado’, al que no tiene vida.
El capital quiere individuos productivos, capaces de multiplicar capitales y de insertarse en la dinámica del comercio, la especulación y el consumo. Y frente a esta ideología bancaria lo interesante es crear una especie de contradiscurso: del derroche, del exceso. Ciertamente el ámbito de lo laboral mira con recelo toda expresión que desborde lo meramente productivo y utilitario.
¿Una sociedad hedonista necesariamente goza más?
Es complicado… (Gilles) Lipovetsky dice que estamos en una sociedad eminentemente hedonista y tal vez es así, porque queremos un placer fácil, instantáneo, y quizás por eso mismo hemos perdido otros dispositivos ligados al placer.
¿Estamos confundiendo diversión con goce?
Sí, hay un grado de enorme infantilismo en la sociedad contemporánea. Al placer instantáneo le falta espesor y profundidad. Es decir, hemos perdido esa conexión con el horizonte de lo sagrado, que a mí me parece muy importante. Pero eso no quiere decir que todo deba someterse a una determinada ritualidad.
¿Qué espacios de goce cotidiano estamos dejando pasar desapercibidos?
El de la comunicación en sus distintas manifestaciones. Hemos perdido el gusto por comunicarnos.
¿A fuerza de una hiperconectividad?
Esa es una de las paradojas de la era digital: estamos llenos de dispositivos que supuestamente optimizarían la comunicación, pero me temo que nunca hubo sociedad más incomunicada que la actual. Cuando asisto a una reunión de jóvenes y veo que cada uno está subsumido en su iPad, iPod, chateando, etcétera, la conclusión a la que llego es que la coyuntura es trágica.
Y así nos estamos perdiendo del placer de una buena conversación.
Definitivamente. Porque nada reemplaza el mano a mano.
Por una de sus acepciones, se suele asociar mucho el goce con el ‘tener’, ¿con qué otros verbos podríamos empezar a asociarlo?
Con los que derivan de la imaginación, de la fantasía.
Para terminar, menciona un gozo sagrado.
La lectura y la escritura.
Uno culposo.
El cigarrillo.
Uno que recomiendes.
Leer a (Fernando) Pessoa, con una copa de vino.
Uno menos intelectual, accesible a todos.
Ofrecer la esposa al huésped.
Ese ya es extremo, ¿no?
(carcajadas) Creo que está al alcance de todos, si es que tienen el coraje de hacerlo.
Ivonne Guzmán
iguzman@elcomercio.com
Cristóbal Zapata
Cuenca, 1968. Escritor y crítico. Su primer poemario fue Corona de cuerpos (1992); entre otros también ha publicado No hay naves para Lesbos (2004), La miel de la higuera (2012) y el libro de cuentos El pan y la carne (2007 y 2013). Sus textos constan en antologías de poesía, cuento y ensayo ecuatorianos. Director del Dep. Editorial de la CCE Núcleo del Azuay y director del Festival de la Lira.