Si estudiamos la ciudad como organismo, podemos comprender el valor de sus diversos sistemas internos, analizar las causas y soluciones para el deterioro del tejido urbano e intervenir para mejorar los flujos de ideas, bienes y creatividad.
06 abril 2014.
En ocasiones, las rocas cuentan historias que son suficientemente interesantes como para basar en ellas una estrategia de desarrollo urbano. Se preguntarán qué tiene que ver una roca con el desarrollo de la ciudad, a lo que contesto de antemano que si comprendemos la ciudad como una red, entenderemos que su desarrollo está ligado con la continua búsqueda de vínculos entre elementos aparentemente irrelevantes. Específicamente la localización de monolitos en puntos estratégicos es una manifestación artística que se conoce como ‘litopuntura’. Esta historia se revela cuando hurgamos en el lugar donde se cruzan la medicina, el arte de la litopuntura y el diseño urbano.
El urbanismo que se practica hoy en –casi– todos los círculos profesionales y urbanos del mundo coincide en trascender la tradicional autosegregación de los profesionales, cómodos en sus silos, hablando al viento desde visiones demasiado unidimensionales de la realidad. La riqueza está en las intersecciones. No solo donde se cruzan calles de la ciudad, sino donde colisionan disciplinas aparentemente disímiles entre sí. Al estudiar la manera en que un médico diagnostica y cura a su paciente, se me ocurre que en la ciudad el protocolo es el mismo. Resulta entonces que donde coinciden el diseño urbano y la medicina, encontramos una intersección especialmente interesante.
Lo primero que aprende un estudiante de medicina es anatomía. En esas primeras materias, se estudian los componentes del organismo. Luego, se pasa a la fisiología, que nos enseña cómo funcionan las partes y nos enteramos que el todo no es una suma, sino una multiplicación de las relaciones entre cada una de las pequeñas células, tejidos y órganos que componen nuestro cuerpo. Finalmente, se estudia patología, es decir, las maneras en las que el cuerpo se enferma y qué se puede hacer para detener o revertir ese proceso. Más allá de la formación básica, hay una corriente especialmente interesante en la medicina china, conocida como “acupuntura”. Esta práctica estudia las anomalías energéticas del cuerpo y las corrige mediante la aplicación de agujas en puntos específicos, con el fin de recuperar el flujo de energía: Qi (se pronuncia chi).
El urbanismo tiene todavía mucho que aprender de otras ciencias. Si estudiamos la ciudad como organismo, conociendo sus componentes y funcionamiento, podríamos comprender el valor de las relaciones entre ellos, analizar las causas y soluciones para el deterioro del tejido urbano e intervenir para mejorar los flujos de ideas, bienes y creatividad. Esta complicada tarea requiere ayuda de las áreas más diversas del conocimiento. Ingenieros, arquitectos, planificadores, economistas, abogados y empresarios intervienen en la construcción de la ciudad desde los aspectos técnicos, como contraparte de cada uno de los ciudadanos, que lo hacen desde el aspecto humano. A pesar de la similitud en los comportamientos del paciente humano y del paciente urbano, pocas veces recurrimos a los saberes de la medicina para enriquecer la práctica del urbanismo.
Cuando logramos mirar a la ciudad con ojo médico e intervenir mediante una estrategia de acupuntura, las cosas parecen caer por su propio peso. La ‘acupuntura urbana’ es un término que se utiliza para describir intervenciones muy pequeñas y puntuales sobre la ciudad, cuyo efecto es rápido, muy visible y sostenible en el largo plazo. Ese fue el tipo de intervención que realizó hace unos años el escultor esloveno Marko Pogacnik en Quito. Su trabajo se basó en identificar puntos energéticos sucesivos en un eje norte-sur. Este eje, sin haberlo planificado ni georeferenciado previamente, une con una línea recta varios espacios emblemáticos que ya funcionaban como espacios comunitarios hace muchos siglos. Algunos están dentro del perímetro urbano de Quito, como La Magdalena, El Panecillo, el parque Matovelle y la Plaza Grande, y otros en lugares tan familiares pero no tan cercanos como Guayaquil y otros tan remotos como San Juan, en las Antillas. A lo largo de este eje urbano, en cada uno de los puntos energéticos que identificó, Pogacnik colocó monolitos tallados por él, excepto en la Plaza Grande, donde por el valor patrimonial del espacio solo colocó una placa.
El arte, desde lo simbólico, en el siglo XX, identificó un patrón que fue evidente para quienes designaron esos espacios públicos en distintos momentos de nuestra historia.
Mucho más allá del valor artístico de la propuesta de Pogacnik, que se desenvuelve en un campo un poco etéreo y muy simbólico, su ejercicio de acupuntura urbana o litopuntura nos deja una lección muy importante. La planificación de la ciudad no necesariamente corresponde a la acción puntual de una persona o grupo de personas iluminadas, sino que requiere de un sinnúmero de componentes y de visiones distintas, que pueden guardar una relación muy íntima con las soluciones urbanas, a pesar de una aparente irrelevancia.
Los constructores de ciudad que ocupan espacios de decisión y que dan forma a nuestro hábitat tienen la obligación de dejar de mirar solo desde su experiencia o especialidad, y comprender que una ciudad no se construye desde un escritorio o desde un computador con la última versión de AutoCAD, sino desde la historia, desde el arte y desde las lecciones de la medicina, de la astronomía o de las leyes de la naturaleza. Solo rompiendo los silos e integrando visiones podremos dimensionar y equipar nuestras ciudades de tal manera que cientos o miles de años después, la lógica de nuestros espacios sea tan visible y tan legible como la de los espacios públicos de esta historia, ubicados por pueblos antiguos con una sabiduría que definitivamente no se aprende en cinco años de universidad.
Jaime José Izurieta*
* Arquitecto y urbanista
Los monolitos del escultor esloveno Marko Pogacnik están ubicados en diversas partes de Quito, las consideradas ancestralmente energéticas; en esta imagen el que está en El Panecillo.